Por Martina de la Esperanza Paredes Muñoz (Ecuador)
Boicotear como una manera de detener abruptamente el actual estado de cosas, como un arma de declinación de la explotación, como una técnica para no seguir sosteniendo lo que no se puede ni se quiere aguantar más. Boicotear, una y otra vez, para encontrarse con quienes ya no quieren más y se juntan para decir basta. Vir Cano, Borrador para un abecedario del desacato.
Estoy segura de que tengo demasiada rabia adentro para estar viva y que, a la vez, esta rabia me mantiene viva. No sé si me explico.
María Fernanda Ampueros, Visceral
Me di cuenta de su reciente brote ayer por la mañana. Es curioso: nunca termino de despertarme apenas me levanto de la cama. Suelo hacerlo unos minutos después, cuando sostengo la taza del café del desayuno entre las manos y las noticias de la madrugada empiezan a colarse entre la conversación familiar.
—Hoy juzgan a Pabel Muñoz —dice mi mami.
—Mmm, tras ello se va a ir. El gobierno le va a quitar la alcaldía y va a entrar Yunda —responde mi abuelo.
Entonces, hago silencio. Me indigno un poco y sigo comiendo. Hay una sensación extraña que empieza a instalarse en mi cuerpo. El café tiene un sinsabor a costumbre. Una bomba ácida que estalla en el vientre, pero se extingue casi de inmediato. Le sofoca la utopía. Ese mecanismo casi automático que intenta tranquilizarme diciéndome que algún día nos hartaremos de tanta injusticia y haremos algo. Que algún día las cosas serán distintas. Algún día…
Me aferro al fantasear. Me sostengo de él y recurro a él cuando la realidad es un fantasma que muerde. Sin embargo, y muy a pesar de todas las bondades que este ejercicio me proporciona, tengo miedo de la recurrencia con la cual acudo a mis pensamientos utópicos. Porque han dejado de ser una posibilidad, una idea encaminada a la acción, para transformarse en una burbuja. Un refugio en el cual esconderse para evitar los mordiscos del fantasma. Y lo cierto es que no puedo evitar pensar: ¿de qué me sirve el fantasear si en la práctica no está produciendo cambios en mi realidad directa?
Ser adolescente y decidir hacer algo para mejorar este mundo lleno de caos es cada vez más complicado. Las pantallas, las redes sociales, la televisión, las pasiones banales, las gratificaciones fáciles, el materialismo excesivo como fuente de felicidad y la creencia de que el amor es un bien inalcanzable, nos consumen con sigilo. Mejor dicho, nos ciegan. Nuestras mentes están tan preocupadas por satisfacer nuestras necesidades individuales que pasamos por alto todo lo que ocurre a nuestro alrededor. A veces el aburrimiento es tanto que lo fácil es navegar entre publicaciones insignificantes. Tal vez ni queremos deslizar tanto nuestras pantallas, pero, ¿qué opciones más atractivas tenemos?
Personalmente, me frustra que siempre nos digan que, como jóvenes, somos capaces de movilizar muchísimas masas para producir cambios. Que tenemos la energía suficiente para hacernos escuchar y producir conciencia. Pero ¿cómo producimos conciencia en una sociedad que nos impulsa a ignorarla? Quizás el problema no sea solamente la indiferencia. Quizás sea algo todavía más desapercibido: la costumbre. En cierto punto, como vengo mencionando, una llega a sentir cotidiana a esta desazón, a esta sensación de impotencia —y se lo conlleva mediante distintos mecanismos, en mi caso la ficción—. Una se vuelve parte del paisaje y espera que suceda lo mejor. Y justamente ello, considero, es el mayor triunfo de cualquier sistema opresor: no que logre convencernos de que es el único modo de vivir, sino que consiga que dejemos de sorprendernos por lo que ocurre en esa vivencia. Pienso en esta sensación como una especie de muerte emocional. Una apatía generalizada que hace que los golpes que recibimos del mundo dejen de doler. Pero, como bien sabemos, que ya no duela no significa que esté bien. Me pregunto si no estaremos construyendo nuestro propio escudo. Ya sea evadiendo la realidad —con o sin intención— o refugiándonos en burbujas que nos permiten seguir adelante sin dejarnos afectar demasiado por lo que ocurre a nuestro alrededor. Aceptamos la injusticia porque deja de sorprendernos. Aceptamos la violencia porque termina pareciéndonos cotidiana. Aceptamos la desesperanza porque, de tanto convivir con ella, olvidamos que alguna vez nos incomodó. Y aceptar, poco a poco, también es una forma de acostumbrarse.
Hace un par de días, en una reunión, me invitaron a ejercitar la curiosidad como forma de sensibilización. Me propusieron un reto: aprender a mirar la realidad que me cerca. Al comienzo no estaba muy segura del impacto que podría tener aquel acto, así que se lo pregunté a alguien con mucho criterio en mi opinión. Y esta persona respondió lo siguiente: “No sé si los detalles cambien el mundo, pero sí hacen que nos detengamos y eso sí puede ser visto como un cambio”.
A partir de ello repienso el mirar no como quien observa un paisaje desde la ventana del bus, sino como quien se deja alcanzar por él. Mirar con la disposición de que algo cambie dentro de uno mismo. Mirar las conversaciones cotidianas, los gestos mínimos, las palabras que repetimos sin cuestionar, las pequeñas injusticias que sostienen a las grandes. Mirar hasta que aquello que parecía normal vuelva a parecernos insoportable. Porque aprender a mirar es, pienso, una forma de resistirse a la costumbre. Mirar es impedir que la realidad deje de dolernos. Es negarse a que el dolor ajeno se convierta en una noticia más, a que la violencia se vuelva paisaje y a que la desesperanza termine por parecernos sensata. Y tal vez, sea justamente ahí donde la utopía recupere el sentido que yo misma le había quitado. Ya no quiero habitarla como un refugio desde el cual soportar el presente. Quiero habitarla como un lugar desde el cual regresar a él con otros ojos. Que imaginar un mundo distinto no me sirva para escapar de este, sino para volverme incapaz de aceptarlo como inevitable. Que cada ejercicio de imaginación ensanche también mi sensibilidad. Porque esa, quizá, sea su verdadera fuerza política: impedir que nos acostumbremos. Recordarnos que la realidad no es un paisaje inmóvil, sino una construcción que puede ser cuestionada. Que toda transformación comienza mucho antes que una consigna o una movilización. Comienza cuando una mirada se detiene donde antes solo pasaba de largo. Cuando decide sentir donde antes solo observaba.
Por ello, tú, niño, adolescente, joven, adulto, que lees esto: te reto a mirar. Te reto a ser aguafiestas. Te reto a apostar por lo incómodo. Te reto a dejarte interpelar. Te reto a sensibilizar a los demás. Te reto a no escapar de la realidad, sino a enfrentarla con uñas y dientes. Te reto a que el mundo siga pareciéndote extraño.
El desayuno terminó y con él, mis ganas de seguir escondida. El café ya no tiene el mismo sabor. Sigue siendo amargo, pero ya no por la costumbre, sino porque me recuerda que la realidad aún tiene la capacidad de dolerme. Y mientras eso ocurra, mientras la realidad siga teniendo el poder de incomodarme, la utopía tendrá sentido…
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