El trabajo de un polluelo de águila para salir del huevo es un proceso lento y, al mismo tiempo, fascinante y desafiante. Gui era muy frágil y aún no tenía plumas, pero tenía una enorme fuerza de voluntad. Así, enfrentó valientemente la lucha contra la resistencia de la cáscara. Intentó una vez, y… ¡nada! Y continuó insistiendo dos, tres, muchas veces, con persistencia, hasta lograr hacer la primera grieta. Animado con ese pequeño éxito, Gui continuó picoteando el huevo hasta abrir un agujero que le permitiera pasar.
Muy feliz, saltó a su nuevo hogar, cuidadosamente preparado por sus padres. Era un nido completamente diferente a los demás: la hendidura de una roca en la cima de la montaña había sido el lugar elegido. Era necesario garantizar protección contra los depredadores y refugio contra la furia de los vientos. El papá había traído materiales, como ramitas, hojas e incluso plumas caídas de su propio cuerpo. La mamá águila lo había arreglado todo con mucho cariño y buen gusto para hacer una camita muy acogedora, suave y segura.
Durante varias semanas, la mamá y el papá se turnaban para procurarle comida a Gui, trayéndole pequeños mamíferos, aves y peces. Además, recibía la comida ya predigerida directamente del pico de sus padres, quienes también se encargaban de mantenerlo siempre bien abrigado.
“¡No puede haber mejor vida!”, pensaba Gui.
Sin embargo, un día, el polluelo se despertó con la mamá águila gritando: “¡Despierta, dormilón! ¡Es hora de aprender a volar para buscar comida!”.
“¿Cómo? ¿Papá ya se ha ido a cazar hoy?”, dijo bostezando.
La mamá, ya impaciente, comenzó a batir las alas, sacudiendo el nido, para despertar a su hijo. Luego, retiró todas las hojas y plumas, dejándolo sin la menor comodidad.
Muy triste, Gui se quedó dando vueltas sobre los palos, pensando: “¿Será que mi mamá ya no me quiere?”.
De repente, recibió un empujón tan fuerte que lo hizo saltar al borde del nido.
“¡Vamos!”, lo animó la mamá águila, muy animada. “¡Esta es tu primera clase de vuelo!”.
Batiendo vigorosamente las alas, empujó a Gui hacia fuera. En cuestión de segundos, el polluelo se vio precipitando vertiginosamente por el acantilado.
“¡Ahora voy a morir aplastado contra estas rocas! ¿Por qué me ha hecho mi mamá esto?”, se lamentó, sintiéndose rechazado.
“¡Papá, socorro!”, gritó desesperado.
En ese momento, ágiles como flechas, el papá y la mamá águila volaron por debajo de su cría, impidiendo la caída fatal. Sujetándolo suavemente por las alas, lo llevaron de vuelta a casa. Y así continuó el entrenamiento. Cada día, las alas de Gui se hacían más fuertes y él comenzó a comprender los secretos del vuelo.
Un buen día, Gui logró extender completamente las dos alas, ahora fortalecidas por el rigor del ejercicio diario. Al conquistar las alturas, comenzó a ver el sentido de la actitud de sus padres.
Ahora, libre y feliz, desde lo alto, puede contemplar toda la belleza del paisaje desde un ángulo privilegiado. Gui finalmente conquistó su libertad y autonomía. ¡Valió la pena la dureza del entrenamiento!



