En peligro – El manto de humo que cubrió Brasil en septiembre pasado no solo alteró el paisaje; también es un alarmante reflejo de la crisis ambiental que enfrenta el país y el continente. Con más de 5 millones de km² de territorio afectado y una calidad del aire que alcanzó niveles peligrosos, los incendios forestales en la Amazonía y otras regiones han desencadenado una serie de consecuencias devastadoras para los ecosistemas, la salud pública y el clima global. Este fenómeno resalta la necesidad urgente de una respuesta integral para abordar los efectos catastróficos de la destrucción ambiental.
Por Edison Barbieri (Brasil)*
El denso humo proveniente de los incendios forestales que se propagaron por Brasil durante el mes de septiembre transformó el sol en una esfera rojiza y oscureció el azul del cielo. Este fenómeno visual representa un grave alerta sobre la crisis ambiental en curso, con implicaciones profundas para los ecosistemas, la salud pública y el cambio climático. Según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), alrededor de 5 millones de km² de Brasil estuvieron cubiertos por humo, lo que equivale al 60% del territorio nacional. La nube de hollín fue tal que se extendió hasta Uruguay y la región central de Argentina, incluyendo las capitales de Montevideo y Buenos Aires. En San Pablo, la calidad del aire fue clasificada como mala y muy mala, con la ciudad ocupando el primer lugar en el ranking de peor calidad del aire durante seis días consecutivos, según el sitio suizo IQAir.
El aumento récord de quemas en Brasil, especialmente en la Amazonía, que registró el mayor número de focos de incendio en los últimos 19 años, fue motivo de gran preocupación. Los expertos alertaron que el humo generado en el sur de la Amazonía fue transportado por corrientes de aire hacia el sur del país y hasta el extremo sur de América del Sur. Además de los incendios en la Amazonía, hubo focos significativos en otras áreas, como el interior de San Pablo, el Cerrado de Goiás y el Pantanal, resultando en una densa cobertura de humo que oscureció el cielo azul en muchos Estados. Estos incendios forestales devastaron grandes extensiones de vegetación, destruyendo hábitats y forzando el desplazamiento de comunidades enteras. El humo generado por estas quemas no se restringió únicamente a las regiones directamente afectadas; se dispersó hacia áreas distantes, impactando en la salud de poblaciones a miles de kilómetros de los focos de incendio. Lo que ha ocurrido en Brasil y en otros países de América del Sur es un ejemplo alarmante de este fenómeno.
En Brasil, especialmente en áreas ecológicamente sensibles como la Amazonía, el Cerrado y el Pantanal, las quemas han generado graves problemas ecológicos. La devastación de grandes áreas de vegetación comprometió hábitats esenciales para la fauna y la flora, pudiendo llevar a la extinción de especies que dependen de estos ambientes para sobrevivir. El fuego provoca alteraciones profundas en los ecosistemas, resultando en la reducción de la biodiversidad y poniendo en riesgo, en particular, a las especies endémicas y raras. Además, la quema de vegetación reduce la fertilidad del suelo y compromete su capacidad de regeneración, mientras que los animales desamparados enfrentan la pérdida de hábitat y la escasez de alimentos, lo que puede llevar a su muerte.
La pérdida de la cobertura vegetal también deja el suelo expuesto, intensificando la erosión y contribuyendo al calentamiento de ríos y arroyos, lo que impacta negativamente en la calidad del agua. Las comunidades locales, que dependen de los recursos naturales para su subsistencia, también se ven afectadas, con perjuicios tanto para las tierras agrícolas como para la calidad del aire. Además, la destrucción causada por las quemas puede favorecer la invasión de especies exóticas, que compiten con las nativas, exacerbando la degradación ambiental. Las quemas recurrentes alteran los ciclos naturales de los ecosistemas, perpetuando un proceso continuo de degradación.
Las quemas emiten grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂) y otros gases de efecto invernadero, como metano (CH₂) y óxidos de nitrógeno (NO₂), acelerando el calentamiento global. La liberación de estos gases intensifica el efecto invernadero, contribuyendo al aumento de las temperaturas globales y a cambios climáticos significativos. La quema de biomasa libera no solo CO₂, uno de los principales gases de efecto invernadero, sino también metano, que tiene un potencial de calentamiento mucho mayor que el CO₂ en un período de 20 años. Además, los bosques y otros ecosistemas vegetales, que actúan como sumideros de carbono al absorber CO₂ durante la fotosíntesis, pierden esta capacidad después de ser quemados. Esto resulta en una doble consecuencia: la liberación del carbono almacenado y la reducción de la capacidad de absorber CO₂ del área afectada.
Las quemas también impactan el ciclo hidrológico global, dado que la vegetación juega un papel crucial en la evapotranspiración, proceso por el cual el vapor de agua es liberado en la atmósfera. La pérdida de vegetación disminuye la evapotranspiración, afectando la formación de nubes y precipitaciones, lo que puede agravar las sequías y alterar los patrones climáticos tanto regionales como globales. La combinación de la liberación de gases de efecto invernadero, la reducción de la capacidad de secuestro de carbono y las alteraciones en el ciclo hidrológico contribuyen al aumento de las temperaturas globales, resultando en eventos climáticos extremos más frecuentes e intensos, como olas de calor, tormentas violentas y cambios en los patrones de precipitación.
Además, la quema de vegetación altera el albedo de la superficie terrestre (la cantidad de luz solar que se refleja de vuelta al espacio por la superficie terrestre, sin ser absorbida), es decir, la capacidad de reflexión de la luz solar. Aunque las áreas quemadas presentan un albedo más alto, reflejando más luz solar de vuelta a la atmósfera, el efecto dominante de la liberación de gases de efecto invernadero y la pérdida de vegetación es un aumento significativo en el calentamiento global. Las quemas también pueden desestabilizar ecosistemas enteros, resultando en la degradación del suelo y cambios en la composición de la vegetación, lo que afecta la biodiversidad y los procesos naturales que regulan el clima, como el ciclo de nutrientes y la regulación de la temperatura local.
La combinación de estos factores puede crear ciclos de retroalimentación que intensifican aún más el cambio climático. Por ejemplo, las áreas que han sido quemadas pueden volverse más susceptibles a futuras quemas debido a los cambios en la vegetación y el clima, perpetuando un ciclo de degradación ambiental y calentamiento global.
Además de los impactos ambientales, las quemas conllevan consecuencias significativas para la salud pública. El humo generado contiene partículas finas y contaminantes que pueden causar o agravar problemas respiratorios, como asma y bronquitis, afectando especialmente a niños y ancianos. La inhalación de estos contaminantes también puede aumentar el riesgo de enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares. La quema de vegetación libera toxinas nocivas, como dioxinas y furanos, que pueden tener efectos a largo plazo, incluyendo un aumento en el riesgo de cáncer. La exposición al humo puede provocar irritación ocular, incomodidad y conjuntivitis. Además, la contaminación del aire y la degradación ambiental pueden impactar la salud mental, contribuyendo al surgimiento o agravamiento de cuadros de ansiedad y depresión. Las personas con condiciones de salud preexistentes son particularmente susceptibles a la exacerbación de sus síntomas debido a la contaminación. Los niños, en particular, son vulnerables a los efectos adversos de la mala calidad del aire. El humo resultante de las quemas deteriora la calidad del aire, desencadenando problemas de salud pública y sobrecargando los sistemas de salud. Las comunidades con acceso limitado a atención médica se ven desproporcionadamente afectadas, y la exposición prolongada a contaminantes puede tener consecuencias duraderas para la salud de la población.
Estos efectos interconectados demuestran que las quemas no solo causan impactos locales, sino que también tienen consecuencias globales significativas para el cambio climático y la salud pública. La mitigación de estos impactos requiere esfuerzos amplios, incluyendo la prevención y el control de incendios forestales, la protección y restauración de ecosistemas, y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Mientras las autoridades buscan controlar los incendios y responsabilizar a los culpables, la situación expone las serias consecuencias ambientales y de salud pública derivadas de la degradación ambiental. La crisis ambiental y de salud pública provocada por la contaminación del aire requiere una respuesta urgente para mitigar sus efectos y proteger la salud de las poblaciones afectadas. La intensificación del efecto invernadero, causada por la liberación de CO₂, CH₄, entre otros, debido a los incendios, hace aún más urgente la necesidad de acciones eficaces para combatir el cambio climático y proteger el planeta •
*El autor es colaborador de la red EcoOne

