En un barrio atravesado por la vulnerabilidad y los consumos problemáticos, una experiencia educativa muestra que enseñar también es abrir la puerta, escuchar y acompañar más allá del aula.
por Noelia Rivero (Argentina)
Hace ocho años nos mudamos al barrio que, para la Municipalidad de Rosario, Santa Fe, Argentina, se llama Barrio España y Hospitales, pero que para todos es Villa La Lata. A dos cuadras de casa está la parroquia, inmersa en el corazón del barrio y en el corazón de sus dolores.
Pensando en la población y en las heridas que atraviesan a esta comunidad, la parroquia puso el foco en acompañar a personas en situación de consumos problemáticos. Allí, todas las tardes funciona un centro de vida terapéutico, un centro de niñez, un club parroquial con futsal masculino y femenino, taekwondo y espacio deportivo, y también un aula radial de primaria para adultos. Además, recientemente comenzó a funcionar un aula del E.E.M.P.A.P.I. “Papa Francisco” (Escuela de Enseñanza Media Para Adultos Particular Incorporada), un proyecto con aulas dispersas en barrios vulnerables y periféricos de la ciudad, creado para acompañar los procesos de quienes se acercan a los centros de vida buscando tratamiento y recuperación.
Es en ese lugar donde trabajamos Maxi (mi esposo) y yo. Es la única escuela –de las muchas en las que damos clase– que compartimos. Él es profesor de Ciencias Sociales; yo, de Matemática. Cada uno tiene su espacio en el aula, claro. Pero lo que se vive allí va mucho más allá del contenido curricular.
Muchas veces nuestros hijos nos acompañan y juegan con los hijos de nuestros estudiantes. En la merienda estamos todos juntos. Se generan charlas, risas, silencios compartidos. Se comparte la vida. Los vínculos que nacen exceden el aula y el horario escolar. Incluso, a la salida, varios estudiantes vuelven por el mismo camino que nosotros, y muchas veces regresamos caminando juntos.
Somos los únicos docentes del aula que vivimos en el barrio. Y eso, con el tiempo, también dice algo.
Un sábado muy temprano, hace un tiempo, sonó el timbre de casa. Cuando Maxi abrió la puerta, se encontró con un exalumno. Lo hicimos pasar, le ofrecimos algo para tomar y para comer. Le preguntamos cómo estaba, qué necesitaba.
Nos dijo que estaba en “recaída” –así lo llaman ellos a volver a consumir–, que no sabía qué hacía en casa, que no quería estar solo para no volver a caer, que no tenía con quién hablar. Salió sin rumbo y al pasar por nuestra casa, pensó: “Voy a hablar con los profes”. No sabía bien por qué estaba ahí, pero estaba.
En ese momento no había grandes discursos para dar. Era tiempo de hacer silencio, de escuchar, de romper juicios y prejuicios. De vaciar el corazón para entender cómo acompañar a este Jesús concreto que estaba pidiendo ayuda.
Maxi llamó al psicólogo del centro de vida de la parroquia. También hablamos con personas del E.E.M.P.A.P.I y de la comunidad. Cuando el chico dijo que ya se iba, que vería qué hacer, Maxi se ofreció a acompañarlo hasta su casa. Quedaron en que el lunes lo pasaría a buscar para ir juntos a la parroquia en el horario del centro de vida.
Y así fue. El lunes, cuando Maxi lo buscó, el chico le contó que había estado encerrado todo el fin de semana para no “mandarse ninguna macana”. Con decisión y mucho esfuerzo, retomó el tratamiento. Hoy participa todos los días de los grupos de ayuda, de las terapias y de las actividades del centro. Y como ya retomamos las clases del E.E.M.P.A.P.I, después del horario del centro, se queda en la parroquia ayudando a la preceptora, colaborando en lo que haga falta, para no volver temprano a su casa y no exponerse otra vez.
Sabemos que esta lucha es día a día. Que puede haber nuevas caídas. Que no hay soluciones mágicas. Que el amor que se ofrece a personas que viven realidades de consumo problemático es gratuito, sin certezas sobre el mañana, haciendo con sencillez todo lo que se puede en el momento presente.
Hemos visto a muchos estudiantes atravesar procesos difíciles. Pero también sabemos que educar, en un lugar así, no es solo explicar Matemática o Ciencias Sociales. Es acompañar. Es estar disponibles. Es hacer de la cercanía un puente.
Tenemos muy claro que queremos que nuestra casa, nuestra familia, sean un lugar cercano. Un lugar donde puedan tocar el timbre. Donde puedan pedir ayuda. Donde puedan tomar un mate y sentirse mirados sin condena.
En un barrio herido, la educación y el acompañamiento no son teorías: son puertas que se abren, caminos que se transitan juntos y la convicción profunda de que nadie se salva solo •



