Recogido por la redacción
A raíz de un encuentro sobre Sinodalidad organizado por la Obra de María para sacerdotes y diáconos de dos diócesis vecinas, Neuquén y Alto Valle de Río Negro, dos voluntarios del Movimiento de los Focolares, uno de Cipolletti y otro de Roca, oficiamos de cocineros. El Obispo de nuestra diócesis, que participó el primer día hasta el almuerzo, nos preguntó si podíamos ocuparnos también de la cocina durante las cuatro cenas del Retiro Anual del Clero Diocesano a realizarse unas semanas después y nos dio unos días para responder. Al consultarnos entre nosotros, vimos que el voluntario con mayor experiencia para esa tarea vive en una localidad vecina distante a unos 40 km, pero por razones familiares no podía y los que vivimos en la localidad nunca habíamos cocinado para tantos o lo habíamos hecho bajo la guía de personas expertas. Consultamos también a otros, pero por diversos compromisos ya asumidos no podían. Por lo tanto, aceptar esa responsabilidad suponía un desafío que no sabíamos si podríamos afrontar bien.
Al pasar los días, el Obispo reiteró el pedido. Como nos dijo que la comida estaría preparada de antemano, y bastaba calentarla, decidimos asumir la tarea. En el retiro habría veinte personas y llegando cada día a las 19hs, tendríamos que tener todo preparado para las 20:30hs. En principio pensamos que uno de nosotros podría ir lunes y martes, y el otro podría cubrir los dos días restantes.
El primer día fuimos juntos. El Obispo nos dio las indicaciones y se fue para rezar la misa. En ese momento nos dimos cuenta de que no era una tarea para uno solo, ya que requería preparar la mesa, la cena y después lavar. La hora y media que teníamos disponible apenas si alcanzaba para tener todo listo. Decidimos ir los dos todos los días.
Para el segundo día, uno de nosotros no podía estar, y fue a ayudarnos una persona de la comunidad con mucha experiencia en cocinar para grupos. Empatizando con los desafíos que estábamos asumiendo, se ofreció para que la llamáramos si teníamos dudas sobre cómo preparar los alimentos los dos días siguientes. Así fue que la llamamos para despejar dudas. No siempre fue fácil, especialmente el último día en que teníamos que hacer pizzas de cuatro sabores distintos. Esa noche no llegamos a poner la mesa porque la preparación nos insumió todo el tiempo, y pasamos momentos de mucho nerviosismo, que no siempre ayudó a la unidad entre nosotros. Sin embargo, todo salió bien. El Obispo, los sacerdotes y diáconos estuvieron muy agradecidos por nuestro servicio. Al final, nos dimos cuenta de que había sido una oportunidad para vivir la Palabra de Vida del mes: “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” •
Poli Labastía, Antonio Cid y Gustavo Bonader


