Una experiencia esencial para crecer juntos

Lejos de ser un pasatiempo menor, el juego es una experiencia fundante en la vida de niños y adultos. En el tiempo de vacaciones se vuelve una oportunidad privilegiada para fortalecer vínculos, descubrir el mundo y redescubrirnos. Jugar no es perder el tiempo: es habitarlo plenamente.

Por Alejandra Liceda (Argentina)*

El juego es lo más importante en el desarrollo de los niños. Desde que nacemos –y durante toda la vida– lo que hacemos es jugar. Pero es sobre todo en la infancia y en la primera infancia donde todo se conoce, se descubre y se aprende a través del juego. El mundo se nos revela jugando.

Primero jugamos con nuestro propio cuerpo para descubrirnos a nosotros mismos. Luego, con los objetos, para empezar a comprender el mundo que nos rodea. Ese mundo se va ampliando progresivamente a través de la interacción con las cosas, pero también –y de manera fundamental– a través del encuentro con los otros: primero los más cercanos, luego los grupos que aparecen con la asistencia al jardín, a la escuela, a los distintos espacios comunitarios.

En el tiempo de vacaciones, cuando hay más horas libres, otros ritmos, más descanso y mayor disponibilidad, el juego adquiere una riqueza especial. No solo nos permite divertirnos, relajarnos y disfrutar más tiempo juntos, sino también abrirnos a conocer cosas nuevas, a mirar de otro modo lo que nos rodea.

Tal vez vivimos en una casa pequeña, en un departamento o en la ciudad. Aun así, dedicar algunos momentos del juego al aire libre puede ser una experiencia profundamente formativa. La naturaleza –tan cotidiana y a veces tan poco observada– se convierte en un campo inmenso de descubrimiento: mirar una flor detenidamente, reconocer sus colores, observar si todas las hojas son iguales o diferentes, jugar con sus nervaduras, clasificarlas. El juego abre una mirada más atenta y agradecida sobre lo simple.

Es importante recordar que, para los niños, el juguete más preciado no es un objeto, sino la presencia amorosa del adulto que acompaña. Por supuesto que los pares son fundamentales, pero la disponibilidad del adulto –que en vacaciones tal vez cuenta con más tiempo– es insustituible.

Existen muchas propuestas de juego compartido: colonias de verano, piletas, espacios recreativos, tanto en grandes ciudades como en localidades pequeñas. Son ámbitos valiosos, pensados y cuidados por personas especializadas. Pero también existe un enorme patrimonio de juegos que habita en nuestra memoria.

Jugar nos conecta con nuestra propia infancia. Recuperar esos juegos que no tienen que ver con la tecnología, traerlos del recuerdo y compartirlos con los niños es una experiencia profundamente vincular. Sin ser detractores de las pantallas, es importante recordar que jugar implica poner el cuerpo en acción. Frente a una pantalla, el movimiento corporal es mínimo. En cambio, el desarrollo físico, emocional e intelectual está íntimamente ligado al juego corporal y compartido.

Ya algunos pensadores reflexionaron sobre esto. Aristóteles entendía el juego dentro de la lógica del trabajo, como un descanso de lo serio. La pedagogía tradicional muchas veces separó el juego de la adquisición de conocimientos. En cambio, san Agustín reconocía en el juego una experiencia eminentemente educativa: el motor de la curiosidad, el principio de todo descubrimiento y de toda creación.

Los juegos de cartas, de memoria, los rompecabezas, los juegos de observación o de descubrimiento –especialmente en la naturaleza– no solo entretienen: amplían la mirada, afinan la atención y despiertan la creatividad. Los juegos que involucran todo el cuerpo, como representar una frase o una escena, ponen en acción la observación, la comunicación, la imaginación y, casi siempre, las risas compartidas.

En lo posible, es importante separar el juego de la lógica de la competencia. En vacaciones, podemos permitirnos jugar por jugar: sin ganadores ni perdedores, donde todos ganan porque lo que se busca es compartir, divertirse y conocerse más. Los niños disfrutan especialmente ver a los adultos jugar: nos descubren desde un lugar más auténtico, más cercano, más sencillo. El vínculo se fortalece.

Cuando jugamos, el lazo entre las personas se hace más profundo: se acuerdan reglas, se dialoga, se ríe, se propone. El juego une porque nace de la alegría compartida.

El juego está íntimamente ligado al tiempo libre porque, ante todo, es una actividad libre. Nos sumerge en mundos de fantasía donde, a través del diálogo, construimos acuerdos y sentidos. Una tela puede ser una casa, un barco o una nube. No se trata de jugar para aprender algo específico, sino de jugar por la alegría de estar juntos, de conocernos, de dejarnos sorprender.

Cuando aparece el tiempo libre y la frase repetida “estoy aburrido”, el juego se vuelve posible si estamos disponibles. Disponibles para poner el cuerpo, las ganas y las emociones al servicio de ese espacio sagrado.

En estas vacaciones, propongámonos jugar por el simple hecho de jugar. Como cuando éramos chicos. Y disfrutar.


*Profesora de nivel inicial, directora del Jardín Maternal Oliveros (Santa Fe) desde hace 20 años, Estimuladora Temprana e Instructora de Yoga para niños. 

Una experiencia esencial para crecer juntos
Comparte en tus redes sociales

Un comentario en «Una experiencia esencial para crecer juntos»

  1. Hermosa nota, trataremos de incentivar el juego con los nietos, jugar por jugar no por competir. gracias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll hacia arriba