En el mundo infantil, específicamente la educación, ha tomado especial importancia la inclusión en la sala de clase. En este aspecto, en Chile, la inclusión de estudiantes con autismo ha adquirido una relevancia creciente.
Por Tomás Araya (Chile)
A tres años de la promulgación de la Ley N.º 21.545 (Ley TEA), el sistema educativo ha debido ajustar sus prácticas, sus apoyos y, sobre todo, la forma en que las comunidades escolares acompañan a niños, niñas y adolescentes dentro del aula.
En las últimas décadas, la Ley TEA, el Decreto N.º 83, la Ley de Inclusión y el Programa de Integración Escolar (PIE) han marcado hitos relevantes para avanzar hacia una educación que reconozca la diversidad de los estudiantes y otorgue apoyo a quienes presentan necesidades educativas especiales. Según cifras del Ministerio de Educación, la presencia de estudiantes con autismo en el PIE pasó de 10.720 en 2019 a 53.942 en 2024, lo que evidencia un desafío cada vez mayor para escuelas, docentes, familias y equipos de apoyo.
Para comprender cómo se vive hoy esta realidad, conversamos con Angélica Herrera, educadora diferencial y magíster en Educación, con más de 25 años de experiencia en establecimientos públicos, subvencionados y particulares. Actualmente trabaja en un colegio privado sin PIE, donde participa en un equipo de apoyo que acompaña a docentes, estudiantes y familias. Desde esa experiencia, plantea que la inclusión no depende únicamente de una ley o de un programa formal, sino de una comunidad capaz de mirar, escuchar y actuar en conjunto.
Una mirada que va más allá del diagnóstico
Para Angélica, adecuar la experiencia escolar de un estudiante con autismo exige partir desde un enfoque biopsicosocial, inclusivo y respetuoso de la neurodiversidad. “Más que centrarse en el diagnóstico, es fundamental comprender las fortalezas, necesidades y características individuales de cada estudiante para ofrecer los apoyos que favorezcan su participación, aprendizaje y bienestar”, explica.
En relación con los retos, advierte: “Considero que uno de los principales desafíos es la falta de conocimiento y formación de las comunidades educativas respecto de la Ley N.º 21.545 (Ley TEA), la normativa vigente sobre educación inclusiva y los principios del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA). Esta falta de preparación puede dificultar la implementación de estrategias oportunas y pertinentes. Resulta indispensable que toda la comunidad educativa fortalezca sus conocimientos sobre autismo, incorporando metodologías flexibles, andamiajes pedagógicos, ajustes razonables, apoyos visuales, anticipación de rutinas, adecuaciones en la evaluación, regulación sensorial y estrategias que favorezcan la comunicación, la participación y el aprendizaje significativo. Estas medidas deben responder a las necesidades particulares del estudiante y no basarse en intervenciones generales”. Por eso, insiste en que las adecuaciones deben construirse caso a caso, evitando intervenciones estandarizadas.
Como detalle, indica algunas de las adecuaciones que se pueden implementar, como las de acceso: “Entre ellas se encuentran el uso de apoyos visuales, la anticipación de actividades y cambios de rutina, la organización y estructuración del ambiente, la flexibilización de los tiempos de trabajo y evaluación, la adaptación de los recursos pedagógicos, la disminución de estímulos sensoriales cuando sea necesario y la utilización de sistemas de comunicación acordes con las características del estudiante”.
Agrega que cuando estas no bastan, se pueden usar adecuaciones curriculares: “Implican ajustes más específicos en los objetivos de aprendizaje, los contenidos, las metodologías y los procedimientos de evaluación. Estas adecuaciones buscan favorecer el acceso al currículo, evitando la sobrecarga y la fatiga cognitiva, y permiten que el estudiante progrese de acuerdo con sus características, fortalezas y ritmo de aprendizaje”.
Estas medidas, recalca la educadora, no deben entenderse como privilegios, sino como ajustes razonables que permiten garantizar el derecho a una educación inclusiva y de calidad. Para planificarlas y hacer seguimiento, instrumentos como el Plan de Apoyo Individual (PAI) y el Plan de Adecuación Curricular Individual (PACI) resultan fundamentales.
Recursos, equipos y cultura escolar
La trayectoria de Angélica le permite comparar realidades distintas. En establecimientos públicos y particulares subvencionados, señala, es más común encontrar Programas de Integración Escolar1, equipos multidisciplinarios y prácticas de codocencia entre profesores de asignatura y educadoras diferenciales. Estos recursos facilitan una atención más sistemática, con profesionales como psicólogos, fonoaudiólogos, terapeutas ocupacionales y psicopedagogos.
En cambio, esta realidad es diferente en colegios particulares, donde los apoyos dependen en gran medida de los recursos propios del establecimiento y del compromiso de sus equipos. “La ausencia de un programa formal representa una limitación importante, pero no impide generar prácticas inclusivas”, sostiene. En esos contextos, su labor consiste principalmente en orientar a docentes, observar el funcionamiento del estudiante en el aula, proponer ajustes razonables y acompañar situaciones específicas, como procesos de adaptación o episodios de desrregulación.
Para ella, la diferencia más profunda no siempre está en el tipo de establecimiento, sino en la cultura inclusiva que se construye dentro de la comunidad educativa. Cuando existe capacitación, coordinación y disposición, es posible ofrecer apoyos pertinentes incluso con recursos limitados. La inclusión, insiste, no se resuelve solo con especialistas: requiere docentes comprometidos, equipos directivos presentes, familias informadas y compañeros que aprendan a convivir desde el respeto.
Desrregulación y acompañamiento
Uno de los temas que más inquieta a las comunidades escolares es cómo actuar frente a episodios de crisis emocional o conductual. Angélica explica que el primer paso es identificar posibles factores gatillantes: cambios inesperados en la rutina, falta de anticipación, sobrecarga sensorial, exigencias académicas o situaciones personales y familiares que puedan afectar al estudiante.
Desde ahí, el abordaje debe ser preventivo y respetuoso. Disminuir estímulos, usar una comunicación clara, otorgar tiempo para recuperar la calma y evitar intervenciones que aumenten el estrés son medidas clave. En su colegio, esta tarea se realiza junto a la profesora, su asistente, el equipo de apoyo, la psicóloga, el orientador y el equipo directivo.
Respecto de la figura del profesor o tutor “sombra”, aclara que no siempre existe como cargo formal. En algunos niveles, parte de esa función puede ser asumida por asistentes de aula, pero desde una lógica inclusiva: no como apoyo exclusivo para un estudiante, sino como acompañamiento al curso. Cuando un niño o niña requiere mayor apoyo, la asistente puede ayudar a anticipar actividades, organizar tareas o favorecer la regulación emocional, sin perder de vista la autonomía del estudiante ni el aprendizaje de todo el curso.
Familias y curso: una red necesaria
El trabajo con las familias es otro pilar central. Para Herrera, la comunicación con los apoderados permite conocer mejor las fortalezas, necesidades y desafíos del estudiante, además de dar continuidad entre lo que ocurre en la escuela y en el hogar. En establecimientos sin PIE este vínculo cobra aún más importancia, porque muchas veces los apoyos deben construirse de manera conjunta con profesionales externos como psicólogos, terapeutas ocupacionales o fonoaudiólogos. Escuchar las inquietudes de las familias, comprender sus expectativas y definir objetivos alcanzables permite sostener un proceso más coherente y realista.
Pero la inclusión no ocurre únicamente entre adultos. El curso también cumple un rol esencial. Promover una cultura de respeto por la diversidad, la empatía y la comprensión de las diferencias individuales ayuda a que el estudiante no solo esté presente en la sala, sino que participe, aprenda y se sienta parte de la comunidad.
La inclusión como responsabilidad compartida
Al hablar de una inclusión correcta u óptima, Angélica vuelve a una idea central: no basta con que el estudiante esté físicamente en la sala de clases. Una inclusión real es aquella donde puede participar, aprender, sentirse seguro, respetado y reconocido. Para lograrlo, se requiere conocimiento, ajustes razonables y una mirada integral que entienda que muchas barreras no están en el estudiante, sino en el entorno.
La experiencia demuestra que las leyes y los programas son indispensables, pero no suficientes por sí solos. La inclusión se vuelve concreta en los gestos cotidianos: en el profesor que anticipa una actividad, en el equipo que se reúne previniendo la crisis, en la familia que confía, en el compañero que espera, en la comunidad que no deja solo a nadie.
Por eso, el desafío de la educación inclusiva no se limita a implementar adecuaciones, sino a construir vínculos. La escuela necesita recursos, formación y protocolos, pero también necesita cercanía: adultos disponibles, comunidades sensibles y una presencia capaz de reconocer a cada estudiante en su singularidad. Porque solo desde esa cercanía la inclusión deja de ser una norma escrita y se transforma en una experiencia compartida •
Nota 1: El Programa PIE implica apoyos gubernamentales, por eso aplica a escuelas públicas y subvencionadas. Los colegios particulares deben financiar sus propios programas o a través de los familiares del alumno.



