Durante mucho tiempo, la mirada en el crecimiento y desarrollo de los niños tenía el foco puesto casi exclusivamente en la educación intelectual: leer, escribir, calcular, memorizar. Las emociones, en cambio, quedaron relegadas a un segundo plano, como si fueran algo que “se adquiere solo con el paso del tiempo”. Hoy, gracias a los aportes de varias disciplinas, podemos decir que no es así.
Por Lic. Cintia Stuller* (Argentina)
La educación emocional es el proceso mediante el cual se enseña, de manera sistemática y continua, a identificar, comprender, expresar y regular las emociones propias y ajenas, con el objetivo de potenciar el bienestar personal y social. No se trata de una moda pedagógica ni de un “extra” para cuando sobra tiempo en el hogar, en el aula o en el club: es una competencia tan fundamental como otras, porque atraviesa absolutamente todo lo que un niño o una niña hace, piensa e influye en el modo en que la persona se vincula.
¿Qué es la educación emocional y por qué educar desde la infancia?
El concepto se popularizó a partir de los trabajos de Daniel Goleman, quien en su libro Inteligencia emocional (1995) planteó que el éxito personal y social dependen en gran medida de habilidades como el autoconocimiento, la autorregulación, la motivación, la empatía y las habilidades sociales, y no únicamente del coeficiente intelectual. Ya H. Gardner, con su Teoría de las Inteligencias Múltiples, describió la inteligencia intrapersonal como la capacidad de conocerse a uno mismo y la inteligencia interpersonal como la capacidad de comprender y relacionarse con los demás. A partir de estos aportes, especialistas como R. Bisquerra, creador de programas de educación emocional en el ámbito escolar, y R. Bar-On, creador del concepto de “cociente emocional”, profundizaron en cómo estas competencias pueden y deben enseñarse de forma deliberada, con objetivos claros y actividades concretas, pensando en el desarrollo futuro de los chicos.
La infancia es un momento adecuado para hacerlo. El cerebro de un niño o una niña está en pleno proceso de maduración, y los circuitos neuronales vinculados con la regulación emocional se construyen y refuerzan a partir de la experiencia y el modelado que reciben de los adultos del ambiente que los rodea. Cuanto antes se ofrezcan herramientas para nombrar lo que se siente, reconocerlo en el cuerpo y encontrar formas saludables de expresarlo, más sólida será la base emocional sobre la que ese niño construirá su personalidad, sus vínculos y su forma de enfrentar los desafíos de la vida adulta.
Conocer, expresar y autorregular: tres pilares con impacto directo en los vínculos
Cuando un niño o niña aprende a identificar qué siente, si es enojo, miedo, tristeza o alegría, y en qué parte del cuerpo se manifiesta, está desarrollando lo que se conoce como conciencia emocional, el primer escalón de toda la educación emocional. Sin esa autoconciencia, es imposible dar el paso siguiente: la expresión. Poner en palabras una emoción, en lugar de dejar que actúe impulsivamente (a través de un golpe, un grito, el silencio y el aislamiento), es una herramienta que transforma radicalmente la manera en que un niño o niña se relacionará con sus pares, sus hermanos, su familia, sus educadores. La persona que puede decir “estoy enojado porque siento que no me escuchan” en lugar de pegar o encerrarse, está favoreciendo el desarrollo de vínculos más sanos, basados en la comunicación asertiva.
El tercer pilar, la autorregulación, tiene gran impacto en la forma en que resolvemos los conflictos cotidianos. Regular una emoción no significa reprimirla ni negarla, sino poder actuar de forma constructiva a través de la información que viene a ofrecer. Esta competencia favorecerá una mayor capacidad de concentración, mejor rendimiento escolar y menores desajustes conductuales. Las posibilidades de gestión emocional ayudarán al niño a tener mayor tolerancia a la frustración frente a un resultado que no sale como se esperaba, y lo acercará a una convivencia social más armoniosa. Los niños que cuentan con estas herramientas desarrollan también mayor empatía, porque al que reconoce sus propias emociones le será más fácil luego identificar y comprender las de otro. Esa empatía, a su vez, es una de las principales competencias emocionales que puede disminuir el acoso escolar y las conductas violentas: un niño que comprende el efecto de sus actos sobre el otro tiene muchas menos probabilidades de dañarlo, y un niño que sabe reconocer sus propias señales de malestar tiene más recursos para pedir ayuda antes de que una situación lo desborde.
Salir de la vulnerabilidad: acceder a una respuesta constructiva frente a la incomodidad
Uno de los efectos más transformadores de la educación emocional temprana es el cambio de posición frente a las dificultades. Un niño sin herramientas emocionales puede vivir los conflictos desde un lugar de vulnerabilidad: no entiende bien qué le pasa, no sabe qué hacer con eso que siente y termina a merced de lo que decidan o hagan los demás. Cuando ese niño incorpora un vocabulario emocional amplio, aprende a reconocer su respuesta al estrés y descubre que existen otras formas de actuar ante una misma situación, deja de ser un sujeto pasivo de lo que le ocurre para convertirse en un protagonista activo de su propia experiencia. Poner en práctica habilidades emocionales le permitirá elegir cómo responder, en lugar de reaccionar en automático; pedir lo que necesita usando una comunicación clara y respetuosa, en lugar de callar o estallar; o poner límites sin necesidad de agredir y sostenerlos sin culpa.
Esta capacidad de actuar frente a la propia vida emocional es uno de los pilares de la autoestima y de la salud mental a largo plazo. Un niño o niña que se sabe capaz de hacer algo con lo que siente no dependerá de que el entorno sea siempre favorable para encontrarse en bienestar.
Cómo trabajarlo en la práctica: de la
teoría a la experiencia
Estos recursos para manejarse a sí mismo y para poder regular a otros, se pueden desarrollar y perfeccionar durante toda la vida. La educación emocional se desarrolla sobre todo a través de la experiencia vivencial, el juego y la repetición. Un programa de educación emocional debe darse de manera progresiva: primero trabajar el reconocimiento de las emociones básicas y de las sensaciones corporales asociadas con ellas. Luego avanzar sobre la identificación de patrones de comportamiento, para finalmente presentar un repertorio de respuestas posibles, priorizando la comunicación asertiva.
Una tercera etapa se enfocará en las habilidades sociales como el reconocer emociones en los demás o el saber ponerse en lugar de los otros.
Una forma de hacerlo vivencial es a través de juegos de intercambio de roles, donde el niño experimenta distintas posiciones frente a un mismo problema. La etapa de regulación emocional ofrecerá estrategias concretas de autocontrol, de motivación, de autoevaluación para que las habilidades emocionales puedan desarrollarse juntas de manera integral.
Un programa de educación emocional, sostenido en encuentros periódicos y con la participación de las familias en el proceso, permitirá acceder a cambios concretos en la forma de vincularse consigo mismos y con su entorno.
Mi compromiso profesional: la educación emocional
Como especialista dedicada a la educación emocional mi trabajo consiste en acompañar este desarrollo a través de charlas, talleres y programas específicos, tanto para niños y niñas como para educadores y familias. Invertir en el desarrollo emocional temprano es una de las decisiones más importantes que podemos tomar como sociedad. Formar personas capaces de conocerse, expresarse y regularse emocionalmente no es solo una herramienta para el bienestar individual: es la base de comunidades más empáticas y de relaciones interpersonales más sanas.
Dentro del programa de educación emocional que llevo adelante, una niña de 11 años expresa: “con mi mamá estamos las dos contentas, me trata mejor y yo la trato mejor”. Luego cuenta una situación de enojo en la escuela y dice “me pude controlar”, y que en una situación con su maestra pensó: “tengo que hablar y no quedarme callada”.
Escuchar frases como esta me hace ver lo importante que es el trabajo en el campo de la Inteligencia Emocional •
Referencias:
Goleman, D. (1995). Inteligencia emocional. Buenos Aires: Ediciones B.
Gardner, H. (1983). Teoría de las Inteligencias Múltiples.
Bisquerra, R. (1990). Educación emocional y bie-
nestar. Barcelona: Marcombo.
Bar-On, R. Modelo de inteligencia emocional y social.
*Kinesióloga con especialidad en Neurodesarrollo y Bioneuroemoción® Máster en Neurociencias. Diplomada en Inteligencia Emocional.



