Historias que la discapacidad me enseñó

Laura González es psicopedagoga y especialista en Educación Inclusiva. Hace más de 30 años trabaja en el ámbito del acompañamiento de niños y adolescentes con discapacidad, capacitando a docentes y a la comunidad educativa para la educación inclusiva. Un relato en primera persona sobre lo que describe como “la experiencia de caminar junto a personas con discapacidad y sus familias, quienes me enseñaron a mirar con el corazón”.

Por Lic. Laura González Martínez (Paraguay)

Existen profesiones que se ejercen desde el conocimiento y otras que solo pueden comprenderse cuando se viven desde el corazón. Mi experiencia como psicopedagoga dedicada al acompañamiento de personas con discapacidad me ha enseñado que cada niño, cada adolescente y cada familia representan una historia única, llena de desafíos, esperanzas y profundas posibilidades de crecimiento.

Durante más de tres décadas he tenido el privilegio de compartir el camino con niños y adolescentes que presentan diversas condiciones en el desarrollo, así como con sus familiares y cuidadores. Comprendí que la discapacidad no define a una persona; lo que verdaderamente marca la diferencia es el entorno que la recibe, la acompaña y le brinda oportunidades para desarrollarse plenamente.

El acompañamiento psicopedagógico va mucho más allá de una evaluación o de una intervención técnica. Significa construir vínculos de confianza, escuchar sin prejuicios, contener emocionalmente en los momentos de incertidumbre y celebrar cada pequeño avance como un gran logro. Detrás de cada diagnóstico existe una familia que también necesita ser acompañada. No es solo ofrecerles estrategias educativas, sino también esperanza, orientación y la certeza de que no están solos.

Trabajar con adolescentes representa otro hermoso desafío. Es una etapa donde aparecen preguntas sobre la identidad, la autonomía, la amistad y el proyecto de vida. Mi labor consiste en fortalecer sus habilidades, promover su autoestima y favorecer espacios donde puedan desarrollar sus talentos y sus aprendizajes.

Cada experiencia vivida junto a un niño, un adolescente o una familia ha dejado una huella imborrable en mi vida profesional y personal. Ser psicopedagoga me ha enseñado que acompañar no significa recorrer el camino por el otro, sino caminar a su lado, respetando sus tiempos, valorando sus fortalezas y sobre todo creyendo en sus posibilidades.

Aprender a mirar

Hay profesiones que se estudian en la universidad y otras que se aprenden caminando junto a las personas. La psicopedagogía me regaló ambas posibilidades. Me enseñó teoría, estrategias y metodologías pero, sobre todo, me permitió descubrir que el verdadero aprendizaje ocurre cuando uno se deja tocar por las historias de vida de quienes acompaña. 

Recuerdo una experiencia que aún hoy, después de tantos años, continúa estremeciendo mi corazón.

Estábamos trabajando con un grupo de adolescentes con discapacidad intelectual en el desarrollo de habilidades para la vida diaria, fomentando la autonomía. Habíamos preparado con mucho entusiasmo una salida por el barrio para que aprendieran a reconocer los lugares de la comunidad, identificar referencias, cruzar correctamente las calles y realizar una actividad cotidiana: comprar su merienda en una despensa cercana.

Cada uno llevaba cuidadosamente el dinero que habíamos preparado, y había practicado previamente cómo pedir un producto, esperar el vuelto, agradecer y despedirse. Para ellos no era solamente comprar un alimento; era aprender autonomía, desarrollar seguridad y sentirse parte de la comunidad.

El comerciante nos negó la entrada diciendo que eran “personas enfermas”. Intentamos explicar el objetivo educativo, pero nos cerró la puerta. Aquella mañana comprendí que la mayor barrera no era la discapacidad, sino el prejuicio, la actitud y la falta de información.

Mientras regresábamos, uno de los jóvenes necesitó ir al baño. Le pedimos esperar unos minutos. Entonces señaló a un hombre orinando en un árbol de la cuadra por la que íbamos caminando y preguntó: “Lauri, ¿por qué yo no puedo y el señor sí?”. Esa pregunta me enseñó que ellos aprenden observando nuestra coherencia. Construir ese puente de aprendizaje entre lo que enseñamos y lo que hacemos, entre lo que está bien y no, lo hacemos en la práctica.

Muchas crisis no son desobediencia, sino comunicación. Frente a una persona con compromiso cognitivo o dentro del espectro del autismo no ayuda repetir: “¡Dejá de gritar!” o “¡Decime qué te pasa!”, cuando justamente puede que no cuente con lenguaje verbal suficiente. Toda conducta comunica una necesidad. Antes de corregir debemos comprender.

La intervención exige serenidad: reducir estímulos, utilizar frases breves, apoyos visuales, respetar los tiempos de procesamiento y preguntarnos: “¿Qué necesita de mí en este momento?”. “¡Estoy aquí cuando me necesites!”. Esa mirada disminuye la ansiedad y favorece la autorregulación.

Con los años comprendí que mi profesión no consistía solo en enseñar, sino en aprender a mirar. Dejé de ver diagnósticos para descubrir personas. La inclusión es responsabilidad de toda la sociedad. Cada ciudadano puede abrir una puerta o levantar una barrera. 

Cuando miro hacia atrás, descubro que las personas con discapacidad no fueron solamente destinatarias de mi trabajo. Fueron maestras. Me enseñaron que el tiempo del amor nunca coincide con el tiempo de la productividad. Que una sonrisa puede ser un logro inmenso. Que una palabra pronunciada después de meses de silencio puede parecer un milagro.

La verdadera inclusión nace cuando somos capaces de vivir la proximidad. Cuando elegimos hacernos uno con el otro. Cuando descubrimos que el dolor del hermano también puede convertirse en nuestro dolor y su esperanza en nuestra esperanza. Tal vez esa sea la mayor enseñanza que la discapacidad deja grabada en mi alma. Desde esa mirada los invito a construir una nueva forma de relacionarnos con las diferencias, con las limitaciones, en definitiva, con la discapacidad, para juntos caminar a ese mundo unido que tanto soñamos.

La mirada de la inclusión

Hay miradas que se detienen en el límite
y otras que descubren el infinito.

El mundo cuenta lo que les falta.
Yo aprendí a descubrir todo lo que son.

Cada mañana vuelven a levantarse,
desafiando dolores invisibles,
y aun así regalan una sonrisa
capaz de abrazar el alma.

Quienes creemos haber venido a enseñar
terminamos siendo aprendices.

Porque la inclusión comienza
cuando el amor aprende
a hacerse cercano

Historias que la discapacidad me enseñó
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