Cuidar infancias y adolescencias hoy1
La revolución tecnológica, con sus acelerados cambios, ha transformado profundamente la manera en que nos vinculamos, muy especialmente cuando se trata de las relaciones intergeneracionales. Mientras buena parte del mundo adulto continúa pensando en clave “analógica”, chicas y chicos habitan un universo donde lo presencial y lo digital son una misma experiencia. En sus vidas no existen dos mundos, es uno solo.
Por Mgter. Amelia López* (Argentina)
Este cambio interpela a familias, escuelas y al conjunto de la sociedad. Aunque educar nunca fue una tarea sencilla, hoy aparecen preguntas nuevas. ¿Cómo acompañar a quienes aprenden, juegan, construyen amistades, descubren quiénes son y participan de la vida social en un entorno atravesado por redes sociales, videojuegos e inteligencia artificial? ¿Cómo transmitir valores, promover el respeto y enseñar hábitos de convivencia cuando los mensajes que reciben están guiados por algoritmos cuyo principal objetivo es captar su atención y estimular el consumo?
Sin embargo, corremos el riesgo de poner en el centro del debate a la tecnología y olvidar la pregunta más importante: ¿qué necesitan realmente las infancias para crecer?
La respuesta, seguramente es más sencilla de lo que imaginamos. Necesitan adultos presentes, que los miren, escuchen, los ayuden a poner nombre a lo que sienten, les ofrezcan límites cuando sea necesario y, sobre todo, que caminen a su lado mientras descubren el mundo. Cambian las herramientas, los escenarios, pero no cambia la responsabilidad del mundo adulto.
Desde la perspectiva de derechos, niñas, niños y adolescentes son personas iguales en dignidad que cualquier otra. No son “menores”. Son ciudadanas y ciudadanos desde el comienzo de sus vidas. Pero esa afirmación queda incompleta si olvidamos aquello que los hace únicos: son personas en desarrollo. Y precisamente allí radica la vulnerabilidad propia de esta etapa de la vida.
Vulnerabilidad que no significa incapacidad ni fragilidad. Significa que su autonomía se construye cada día y por eso necesitan adultos capaces de ampliar sus oportunidades, orientarlos frente a los riesgos y brindarles la confianza necesaria para que puedan construir paso a paso su propia historia de vida. Ese es el sentido profundo del principio de protección especial de la Convención de Derechos del Niño.
Pero, ¿qué significa proteger? Durante mucho tiempo entendimos la protección desde una mirada adultocéntrica: decidir por ellos, controlar, imponer, resolver en su lugar o limitar su autonomía en nombre de su propio bien. Pero proteger ayudando a crecer es lo contrario. Es crear las condiciones para que puedan ejercer plenamente sus derechos. Es acompañar sin invadir, orientar sin imponer y cuidar sin silenciar la voz de quienes están creciendo.
Se trata de un delicado equilibrio entre sostener y soltar. Escuchar antes de responder, creer antes de desconfiar y estar disponibles incluso cuando no tenemos todas las respuestas. Es extender las manos y el corazón para que cada niña, niño y adolescente pueda construir su propia historia, desarrollar su identidad, expresar sus opiniones y aprender a ejercer una libertad responsable.
Esta tarea es un ejercicio de hospitalidad humana. No podemos obligar a las nuevas generaciones a habitar aquello que conocimos y vivimos nosotros, ni tampoco permanecer como espectadores en un nuevo contexto, un mundo tecnologizado que muchas veces nos resulta ajeno. Se trata de animarnos a entrar también en el universo que ellos ya habitan para caminar a su lado. Porque acompañar no es indicar el camino desde lejos; es hacerse presente mientras construyen el suyo.
Y hoy ese acompañamiento también supone asumir que están desdibujadas las fronteras entre lo real y lo virtual. Para chicos y chicas la escuela continúa en un grupo de Whatsapp; una amistad puede comenzar en un videojuego y fortalecerse en el barrio; pero también una situación de acoso iniciada en el aula puede prolongarse a través de una pantalla. Del mismo modo, un gesto solidario, una campaña por una causa social o una oportunidad para aprender también pueden nacer en una plataforma digital y transformar la vida cotidiana.
Por eso los derechos deben ser respetados y protegidos en todos los espacios. Lo que vulnera derechos fuera de Internet también puede hacerlo dentro de ella. La violencia, el hostigamiento, la discriminación, la explotación, la manipulación o la difusión no consentida de contenidos producen consecuencias reales sobre la salud, la autoestima y el desarrollo. Pero también es enorme el potencial que ofrecen las tecnologías para aprender, crear, participar y construir comunidad. Ese potencial solo puede desplegarse plenamente cuando existen entornos seguros y respetuosos. La ciudadanía digital también se aprende. El respeto por las personas, la empatía y los límites no vienen incorporados en ninguna aplicación: nacen y crecen en los vínculos cotidianos.
Frente a este escenario, la respuesta no puede ser el miedo ni la prohibición permanente. Tampoco el abandono bajo la idea de que “ellos saben más de tecnología”. Saber utilizar una aplicación no significa estar preparado para enfrentar todos los desafíos del mundo digital. Como ocurre en cualquier otro aspecto de la vida, niñas, niños y adolescentes necesitan adultos que escuchen, dialoguen, orienten y acompañen.
Y ese acompañamiento tampoco puede descansar únicamente sobre las familias. El cuidado de las infancias es una responsabilidad compartida. Las familias tienen un papel irremplazable, pero también las escuelas, el Estado, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y, cada vez con mayor claridad, las propias empresas que diseñan los entornos digitales donde transcurre buena parte de la vida de millones de chicos y chicas. Todos compartimos la obligación de construir espacios que respeten y protejan sus derechos.
La tecnología seguirá evolucionando a una velocidad difícil de imaginar. Los algoritmos serán cada vez más sofisticados. Pero hay algo que ninguna innovación podrá reemplazar: la presencia de un adulto dispuesto a escuchar, contener, orientar y ofrecer confianza.
El mayor desafío de nuestro tiempo no es aprender a convivir con los algoritmos, sino recordar el valor de los abrazos y la cercanía amorosa. Porque los chicos y las chicas no necesitan adultos que tengan todas las respuestas sobre el mundo digital. Necesitan adultos que estén dispuestos a recorrer ese mundo con ellos.
Entre abrazos y algoritmos, cuidar significa ofrecer presencia. Construir espacios donde cada niña, niño y adolescente pueda sentirse visto, escuchado y respetado; espacios desde donde explorar el mundo –también el digital– con la certeza de que siempre habrá una mano tendida cuando la necesite.
Porque hay algo que no cambia, aunque cambien las tecnologías. Educar y cuidar nunca consistieron en elegir entre libertad o protección. La protección, cuando nace del respeto, la escucha y el acompañamiento, es el camino que hace posible una libertad cada vez mayor •
*Médica. Magister en derechos de infancias y adolescencias. Exdefensora de derechos de NNyA de la provincia de Córdoba. Ex ministra de educación de Córdoba.
1. La autora elige usar el plural haciendo referencia a una realidad heterogénea, ya que considera que no existe un solo modo de vivir y transitar la infancia y adolescencia, sino que la diversidad de condiciones en su desarrollo es una particularidad de estos colectivos.



