Capítulo 19 –Nuestra charla mensual con Alessandra (Ala) nos lleva hoy a los secretos del caminar, juntos, sin miedo y teniendo siempre presente en nuestra brújula el norte, el destino, la meta que no es otra que la fraternidad universal.
Por Alessandra (Italia) y Claudio Larrique (Uruguay)
—¿Cuál es la importancia de tener una meta clara en nuestro caminar?
—Si tengo un destino, significa que estoy en un viaje. A menudo el camino parece llevarnos a lugares muy alejados de esa meta. La idea misma de un destino sugiere avanzar constantemente. Sin embargo, el viaje a veces me exige detenerme o, por momentos, casi retroceder. El sendero parece desandar sus pasos, devolviéndonos a lugares y experiencias del pasado. Tal vez un dolor, agudo como una espina clavada en lo profundo, atraviesa el alma: un pesar, antiguo y nuevo a la vez, que amenaza con borrar el camino ya recorrido. En verdad, en aquel entonces había calculado mal aquella curva; había caído y vuelto a levantarme, herido. Ahora, al regresar a ese punto, me encuentro de nuevo con aquella caída; pero la herida parece cobrar un sentido que antes no tenía, ayudándome —por doloroso que sea— a ver el camino con mayor claridad, como un rayo de luz que se filtra por una grieta en la roca. Así que me levanto, cojeando, y uso mi brújula para orientarme y hallar la ruta. Porque el destino es, ante todo, el viaje mismo.
—Y en ese caminar, ¿cómo no tener miedo a lo nuevo?
—Creo que es natural temer a lo nuevo: no lo conocemos, no sabemos adónde nos llevará. Sin embargo, con lo viejo, lo seguro y lo familiar, a menudo no avanzamos; nos estancamos o incluso retrocedemos.
El destino del alma es mirar hacia adelante y caminar hacia lo desconocido, empezando por lo desconocido de cada nuevo día. Esto es lo único que nos permite crecer y decir con serenidad al final de la jornada: “Aquí hay otro día, no fue en vano”.
Por supuesto, lo desconocido da miedo, pero en el fondo —si miro bien— es precisamente ahí donde reside mi oportunidad de crecimiento.
Si me detuviera y diera media vuelta cada vez que siento miedo, estaría acabado; realmente no tendría ninguna razón para estar aquí. He aprendido que puedo tomar el miedo de la mano y, juntos, dar ese paso hacia lo nuevo. Con calma y al ritmo que encuentro en lo profundo de mi corazón —un paso a la vez—, viviendo cada momento bien y profundamente.
Cada instante vivido de esta manera tiene algo nuevo que enseñarme. Escucho una emoción y la sigo adondequiera que me lleve, buscando comprender su origen. A menudo, descubro un significado que nunca antes había hallado y vislumbro el camino preparado para mí. Es un sendero que, a pesar de las curvas y de las subidas o bajadas que parecen interminables, me conduce rápidamente a las alturas, donde el aire es fresco y el cielo está despejado.
Lo nuevo resulta tan intimidante, y sin embargo libera al corazón del peso de cargas agobiantes. En lo nuevo podría esconderse un regalo inesperado: un camino de luz, una respuesta para el alma.



