Correr hacia la Meta

Participar de una maratón puede tener un simple sentido deportivo o bien esconder un profundo significado emocional y trascendente.

Por Ariel Stechina (Argentina)

Los días continúan sucediéndose uno a uno y el inexorable paso del tiempo arranca las hojas del almanaque. El 8 de marzo de 2026 quedó atrás. Un “atrás” en términos de una de las dos dimensiones que hacen a la cotidianidad de la vida del ser humano; en este caso, el tiempo. Lo racional se apoya en la memoria, y esta por ende remite a lo ya sucedido. En cambio, lo vivido en Malvinas, cargado de tantas emociones y sentimientos diversos, continúa hoy en día hablando desde cada fibra, ya que para lo emocional solo hay un prolongado y sostenido momento presente; no un “atrás” en la escala del tiempo. Sé que el haber corrido una maratón en Malvinas ha dejado encendida una voz interna que se hace oír permanentemente.

También pasaron los días y las semanas dedicadas al entrenamiento. Llegó así el momento de volver a experimentar la adrenalina de una nueva maratón. Sin dudas, este no iba a ser uno más, sino que se trataría de un evento épico, el cual estaría cargado de mucho más que de “correr”, mucho más que un recorrido estudiado previamente en cuanto a su planialtimetría o en lo referente a la ubicación de los puestos de hidratación, etc.; aspectos estos típicos a los cuales todo maratonista presta atención.

Sabía que la propia historia de Malvinas, su ubicación en el mapa, el conflicto de 1982, los que allá quedaron y los que pudieron regresar al continente, el actual contexto geopolítico, las condiciones climáticas, los desniveles del terreno y lo austero de su paisaje, a la vez hermoso y particular, posicionarían esta maratón en lo más Alto, especialmente en el plano de lo emocional.

Así, en la tarde del 7 de marzo tomamos en el aeropuerto de Punta Arenas el tercer y último vuelo desde que salimos de Buenos Aires con destino a Malvinas. Opté por sentarme junto a la ventanilla, justamente para poder divisar la silueta de las islas. Sin saberlo previamente, aquello fue como haberle otorgado permiso a las retinas para que las imágenes se fuesen transfiriendo al alma. De esta forma, un contorno geográfico mutaba hacia una catarata de sentimientos.

Al dejar ya el aeropuerto de Mt. Pleasant (base militar aérea británica), nos dirigimos hacia Puerto Argentino, por aproximadamente 90 km de ruta. El resto de aquel día lo dedicamos a hacernos de algunas provisiones, a hidratarnos y a descansar de cara a la competencia.

Al día siguiente amanecimos siendo espectadores privilegiados de uno de los regalos más grandes que podíamos haber recibido a los 51º 41’ de latitud Sur del planeta: un cielo maravillosamente celeste, sol radiante y apenas una leve brisa, mientras el astro mayor se las rebuscaba para torcer la voluntad del fresco aire del Atlántico Sur.

A la hora 10 se dio inicio a la maratón con participación de 51 corredores de distintas partes del mundo para recorrer la distancia completa: 42,195 km. Por otra parte, otros corredores conformaron equipos de cuatro integrantes a los efectos de correr bajo la modalidad de posta, cubriendo cada uno un cuarto de la distancia total.

Soy un convencido de que correr una maratón no se resume en el hecho de llevar adelante el acto repetitivo consistente en hacer impactar los pies contra el suelo decenas de miles de veces hasta llegar a cruzar el arco de llegada. Al menos para mí, eso no es correr una maratón. Personalmente, considero que se trata de un desafío que trasciende los límites de tamaño acto sin sentido.

Cierto es que, durante los primeros kilómetros de una maratón, varias cuestiones pugnan por acomodarse: la ansiedad, encontrar un ritmo adecuado y, sobre todo, la serenidad de espíritu, hasta encontrar cierto aparente equilibrio.

Por otra parte, avanzada ya la carrera y cuando llega el momento en el cual pareciera ser que el cuerpo comienza a decir “basta”, es entonces la mente la que toma el control de la navegación, inyectando en el corredor la cuota extra de voluntad y tenacidad.

Cada aspecto de los que hacen a poder correr una maratón tiene su lugar y su rol asignado. Así es como en el alma se encuentra el más preciado de los combustibles. En el corazón, el desafío por mantener la templanza cuando sobrevienen las emociones. En lo estrictamente físico, la puesta en escena de todo lo que tuvo que ver con el largo período de entrenamiento previo. En la mente, la estrategia de carrera a llevar a cabo: lo planificado. En la memoria, todo “lo que se pudo” en el pasado, todo aquello que también hoy “se está pudiendo hacer” y desde ahí la proyección hacia lo que “se podrá”.

A lo largo del recorrido, los niños isleños apostados al costado del camino eran quienes nos ofrecían agua o algún caramelo. Ellos eran felices tanto dando como recibiendo el agradecimiento de parte de los corredores.

Y así fue como transcurrido el tiempo necesario para cada uno, todos (uno a uno) fuimos completando la maratón, sumergiéndonos en una emoción única e indescriptible. Hoy puedo aseverar que Malvinas nos ha unido, con la excusa de lo deportivo, más allá de cualquier bandera.

Ahora bien, alcanzada esta instancia, la lectura de lo puesto en palabras en estos párrafos también tiene claramente un final para usted, querido lector, mientras que para mí fue un haber revivido lo que el 8 de marzo de 2026 quedó escrito para siempre, en otro tipo de páginas.

La duda verá siempre la oscuridad, la fe verá siempre el Camino. Quien no sabe lo que busca en la Maratón de su Vida, menos aún podrá interpretar lo que encuentra. Tener una pasión por la cual vivir es lo que le da sentido a cada kilómetro recorrido o por recorrer… hasta algún día alcanzar así la Gran Meta, culmen de nuestra existencia •

Correr hacia la Meta
Comparte en tus redes sociales

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll hacia arriba