Destinatarios y portavoces de la misión

Palabra de Vida de julio – “Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mateo 10, 42).

Letizia Magri y equipo de la Palabra de Vida

El evangelista Mateo es un escriba cristiano muy instruido; conoce en profundidad las promesas del Dios de Israel y para él las palabras y las acciones de Jesús son la consumación. Por ello en su Evangelio presenta las enseñanzas bajo la forma de cinco grandes discursos, como un nuevo Moisés.

Esta Palabra de Vida finaliza con la “Instrucción a los misioneros”, que comienza con la elección de los doce apóstoles y señala las exigencias de la predicación. Las incomprensiones y las persecuciones que encontrarán requieren un testimonio creíble, incluso a través de opciones radicales.

Pero hay más, Jesús revela que el envío de los discípulos tiene su raíz en la misión que él mismo recibió del Padre. Una convicción ya presente en el Antiguo Testamento: en el mensajero de Dios se hace presente Dios mismo, que se compromete. Por lo tanto, es el amor mismo de Dios que, a través del testimonio de Jesús y de aquellos a quienes él envía alcanza abundantemente a toda persona.

“Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.”

Más allá de la misión específica de algunos, los apóstoles, los pastores y los profetas… Jesús anuncia que todo cristiano puede ser su discípulo, al mismo tiempo destinatario y portavoz  de la misión. Y como discípulos, todos nosotros, incluso siendo “pequeños”, aparentemente carentes de calidad o de títulos especiales, estamos habilitados para dar testimonio de la cercanía de Dios. Es la entera comunidad cristiana la que es enviada a la humanidad del Padre de todos.

Todos hemos recibido atención, cuidado, perdón, confianza de Dios a través de los hermanos; todos podemos dar algo a los demás y permitirles experimentar la ternura del Padre, como hizo Jesús durante su misión. Y en esta raíz, en el Padre, la garantía de que las así llamadas “pequeñas cosas” pueden cambiar el mundo. Acaso solamente al dar un vaso de agua fresca.

Escribe Chiara Lubich: “No cuenta si podemos dar mucho o poco. Lo que importa es cómo damos, cuánto amor ponemos incluso en un pequeño gesto de atención hacia el otro. A veces basta ofrecer un vaso de agua, gesto simple y grande a los ojos de Dios si se realiza en su nombre, es decir, por amor. La Palabra de Vida de este mes podrá ayudarnos a redescubrir el valor de cada acción que nos ocupa: desde las tareas de casa, en el campo, en la empresa, hasta la realización eficiente de los trámites de oficina, de las tareas de escuela, o las responsabilidades en la esfera civil, política y religiosa. Todo puede transformarse en servicio atento y preciado. El amor nos dará ojos nuevos para intuir aquello que los demás necesitan e ir al encuentro con creatividad y generosamente. ¿El fruto? Los dones circularán, porque el amor llama al amor. La alegría se multiplicará porque ‘la felicidad está más en el dar que en recibir‘1 2.

 “Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.”

Lo que Jesús nos pide es muy exigente: no frenar el flujo del amor de Dios. Nos pide que alcancemos a cada hombre y a cada mujer con el corazón abierto y el servicio concreto, superando nuestras categorías y nuestros juicios.

Él quiere nuestra colaboración activa y responsable por el bien común a partir de las pequeñas cosas de cada día, pero al mismo tiempo no dejará de recompensarnos, estará siempre a nuestro lado, se ocupará de nosotros y nos acompañará en la misión.

Como refieren S. Pellegrini, G. Salerno y M. Caporati en un libro de testimonios: “Dejé mi trabajo en las Filipinas y fui a Australia para estar con mi familia. Encontré ocupación en una obra edilicia como encargado de la limpieza y de la sala de comidas, de los vestuarios, de las oficinas. Una ocupación muy diferente de la que tenía antes como ingeniero. Por amor a los demás me ocupo de que el comedor esté siempre limpio y en orden, Sin embargo, hay personas que no se preocupan por ello. Yo traté de no perder la paciencia porque para mí es una oportunidad de amar a Jesús en cada persona que encuentro. Poco a poco, las personas comenzaron a limpiar después del almuerzo y con el tiempo nos convertimos en amigos porque empecé a ganarme la confianza y el respeto de ellas. Experimenté que el amor es contagioso y que todo lo que se hace por amor permanece” •

1. Hechos 20, 35.

2. C. Lubich, Palabra de Vida, octubre 2006.

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