El cansancio de los buenos

Hace catorce años escribí sobre el burnout y sobre el desgaste de quienes se entregan intensamente a una tarea, una profesión o una vocación. Muchas cosas cambiaron desde entonces, pero algunas preguntas siguen vigentes. ¿Cómo reconocer que estamos llegando al límite? ¿Qué podemos hacer cuando aquello que amamos comienza a pesarnos? Y, sobre todo, ¿cómo evitar que el cuidado de los demás termine dejándonos sin fuerzas para nosotros mismos?

Por Roberto Almada (Argentina)

Cuando escribí El cansancio de los buenos, hace ya catorce años, quería poner palabras a una experiencia que encontraba una y otra vez en mi trabajo como psiquiatra y psicoterapeuta: personas comprometidas, generosas, responsables, muchas veces apasionadas por lo que hacían, que poco a poco comenzaban a perder las fuerzas. Personas que habían elegido profesiones de ayuda, tareas sociales, educativas, sanitarias o pastorales y que, casi sin darse cuenta, habían llegado a un estado de profundo agotamiento.

Hoy seguimos llamándolo burnout, pero yo prefiero hablar de desaliento profesional. La palabra “desaliento” tiene algo que me resulta especialmente significativo: habla de perder el aliento, de necesitar aire, de necesitar un respiro. Y también deja abierta una posibilidad. Si falta aire, podemos buscarlo. Si estamos agotados, podemos aprender a recuperar fuerzas.

El burnout no aparece de un día para otro. Es el resultado de un desgaste prolongado y de un desequilibrio entre aquello que esperamos de nuestra tarea y lo que efectivamente podemos sostener. Puede afectar a quienes trabajan en la salud, la educación, la asistencia social, el voluntariado o el acompañamiento espiritual, pero también a muchas otras personas que sienten que deben responder permanentemente a las necesidades de los demás.

Catorce años después

Me pregunto qué cambió desde que escribí aquel libro. Y creo que cambió mucho.

Cuando comencé a estudiar y escribir sobre el burnout, todavía era frecuente que se pusiera el acento casi exclusivamente en las características personales de quien se agotaba. Se hablaba de personas demasiado idealistas, demasiado comprometidas, perfeccionistas o incapaces de poner límites. Con el tiempo, la mirada se amplió. Hoy sabemos que no podemos comprender el agotamiento sin mirar también el ambiente en el que una persona trabaja, las relaciones que establece, las exigencias institucionales y las condiciones concretas en las que desarrolla su tarea.

Esto es importante porque evita una injusticia: pensar que la persona se “quemó” simplemente porque no supo cuidarse.

Una persona puede ser fuerte, responsable y tener una gran capacidad de adaptación y, sin embargo, terminar agotada si permanece durante mucho tiempo en un contexto que le exige más de lo que puede dar. Ya en aquel momento me interesaba señalar que había factores relacionales, institucionales, sociales, culturales e incluso espirituales que no podían quedar fuera de la comprensión del fenómeno.

En estos años apareció, además, una nueva fuente de desgaste: la hiperconectividad. El trabajo ya no termina necesariamente cuando salimos de la oficina, de la escuela o del hospital. Puede acompañarnos en el bolsillo, a través de un teléfono que sigue recibiendo mensajes, correos y pedidos. La posibilidad de estar disponibles permanentemente puede convertirse en una forma silenciosa de agotamiento.

La pandemia hizo todavía más evidente esta dificultad. Las fronteras entre el trabajo y la vida personal se volvieron más frágiles y descubrimos que estar conectados todo el tiempo no significa necesariamente estar más cerca de los demás.

Cuando aparecen las señales

Hay tres dimensiones del burnout que considero especialmente importantes para reconocer.

La primera es el agotamiento emocional. Es esa sensación de haber llegado al límite, de no tener más energía para ofrecer. Lo cotidiano comienza a costar demasiado y aquello que antes realizábamos con naturalidad puede convertirse en una tarea enorme.

La segunda es la despersonalización. Para protegernos del desgaste, comenzamos a tomar distancia. Las personas dejan de ser personas concretas y se convierten en categorías: “los pacientes”, “los alumnos”, “los clientes”, “los problemas”. Aparecen respuestas automáticas, indiferencia, irritación o incluso cinismo. No necesariamente porque hayamos dejado de querer a los demás, sino porque nuestra capacidad de empatía también se ha agotado.

La tercera es la baja realización personal. Empezamos a sentir que no somos suficientemente buenos para aquello que hacemos, que fracasamos o que todo el esfuerzo realizado no tiene sentido. Y aquí aparece una paradoja muy frecuente: frente al sentimiento de fracaso, podemos intentar trabajar todavía más.

El activismo puede convertirse así en una defensa frente al agotamiento. Redoblamos el esfuerzo cuando, en realidad, necesitamos detenernos y preguntarnos qué nos está pasando.

¿Qué podemos hacer?

No tengo una receta para el burnout. Y probablemente sea importante empezar por reconocer que no existe una solución única. Cada persona y cada situación requieren una mirada particular. Pero sí hay algunas actitudes que pueden ayudarnos.

Primero, hablar. El cansancio necesita encontrar un lugar donde pueda ser expresado sin ser juzgado. A veces quienes ocupan lugares de responsabilidad sienten que deben mostrarse siempre fuertes. En determinados ámbitos, incluso pueden interpretar el cansancio como falta de compromiso, de vocación o de fe. Poder decir “estoy agotado” no debería ser vivido como un fracaso. Al contrario: reconocer nuestra vulnerabilidad puede ser el comienzo de un proceso de recuperación.

Segundo, pedir ayuda y compartir las cargas. Si el burnout no es solamente un problema individual, tampoco puede serlo su solución. Necesitamos revisar cómo distribuimos las responsabilidades, qué tareas pueden ser compartidas y qué cosas estamos asumiendo innecesariamente. No se trata siempre de hacer menos, sino de no cargar solos aquello que debería sostener una comunidad o un equipo.

Tercero, recuperar el descanso. El descanso no es una recompensa que merecemos después de haber cumplido con todas nuestras obligaciones. Es una necesidad. Necesitamos poner límites a la disponibilidad permanente y recuperar espacios en los que no tengamos que producir, resolver ni responder.

Cuarto, volver al sentido. Para mí, esta es una cuestión fundamental. Desde la perspectiva de la logoterapia, la persona no puede ser reducida a su rendimiento ni a su capacidad de cumplir tareas. Cuando recuperamos el sentido de aquello que hacemos, podemos también preguntarnos qué necesitamos cambiar para seguir realizándolo sin destruirnos en el intento.

Y hay algo más: si el agotamiento es persistente, intenso o comienza a afectar profundamente nuestra vida cotidiana, pedir ayuda profesional es también una forma de cuidado. No todo puede resolverse con fuerza de voluntad.

Que los buenos no se cansen

Cuando escribí el libro, uno de mis deseos era contribuir a que las personas buenas no se cansaran hasta el punto de perder aquello que las había llevado a comprometerse con los demás. Hoy sigo pensando que ese desafío es muy actual.

Pero quizás ahora lo formularía de otra manera. No se trata de conseguir que las personas sean capaces de soportarlo todo. Se trata de construir condiciones en las que nadie tenga que hacerlo.

El cansancio forma parte de nuestra vida. Hay cansancios que son buenos, fruto de haber trabajado, cuidado, acompañado, amado. Pero hay otro cansancio que nos va quitando lentamente el sentido, la alegría y la capacidad de encontrarnos con los demás. Aprender a distinguirlos es una forma de sabiduría.

Por eso sigo prefiriendo hablar de desaliento profesional. Porque incluso cuando falta el aliento, podemos buscar un lugar donde respirar. Podemos abrir una ventana, pedir ayuda, dejar que otros compartan nuestra carga y volver a encontrar aquello que alguna vez nos puso en camino.

Quizás el verdadero desafío no sea aprender a resistir más, sino aprender a cuidarnos para poder seguir cuidando. Y recordar que ninguna vocación, por hermosa que sea, debería exigirnos dejar de ser humanos •

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El cansancio de los buenos
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