El viaje

Nací en el exilio. Fui el primer hijo de mis padres, nacido en 1947 en un campo de refugiados en Austria. En cierto sentido, por lo tanto, el desarraigo precedió incluso a mis recuerdos. Mis padres cargaban con heridas que habían comenzado mucho antes de que yo naciera: la guerra, la violencia, el miedo, la experiencia del comunismo y la necesidad de abandonar con peligro de vida su patria.

Mis padres me querían, vivían su fe y caridad, pero eran ellos mismos personas que intentaban sobrevivir y elaborar experiencias traumáticas para las cuales su generación disponía de muy poco lenguaje psicológico con el cual procesar todos esos traumas. 

Finalmente emigramos a la Argentina y comenzamos nuevamente con muy poco. Como hijo mayor, absorbí algo de aquella atmósfera: la inseguridad, el sentido de responsabilidad, la necesidad de adaptarme y quizás, una sensación tácita de que había que ser fuerte y seguir adelante. 

Solo mucho más tarde comprendí hasta qué punto esta historia familiar pudo haber moldeado mi psicología. Surgí de todo un paisaje humano hecho de exilio, sufrimiento familiar, responsabilidad y también afecto, fe, caridad y supervivencia.

Al mismo tiempo, algo diferente iba creciendo dentro de mí: la búsqueda de Dios.

Gradualmente, el cristianismo dejó de ser simplemente la religión que mi familia practicaba y con el tiempo se convirtió en el centro alrededor del cual intenté construir mi existencia. Más tarde, la espiritualidad de la unidad dio un lenguaje a algo que yo deseaba profundamente: la comunión con Dios, con las personas, la solidaridad, la unidad y en último término, la comunión con toda la creación.

La gradual (y lenta, debo decir) identificación con el grito de abandono de Jesús en la cruz adquirió para mí una importancia particular: Dios encontrado precisamente allí donde parecen desaparecer el sentido, la seguridad y el consuelo.

Intenté sinceramente seguir a ese Dios. Experimenté a veces “lo divino”, aunque mis heridas viajaron conmigo. Este ha sido uno de los grandes descubrimientos de mis últimos años: el camino espiritual y el psicológico no pueden realmente separarse. La gracia no borra nuestra historia humana. Entra en ella.

Ahora, acercándome a los ochenta años, veo mi vida de otra manera. Ya no pienso que la santidad consista en presentarle a Dios la persona que yo debería haber llegado a ser. Quizá consista, finalmente, en permitirle recibir a la persona que realmente soy.

Quizás la última etapa de mi camino espiritual no sea, entonces, la de los logros, sino la de la entrega: llevar ante Dios al niño refugiado que fui, la herencia herida de mis padres, mis propias heridas, mis logros y mis fracasos, mi ego y mi generosidad, mi fe y mis dudas, y decirle:

“Esto es lo que he llegado a ser. Acepta este pequeño don”.

Y quizá la santidad, vi al final, consista precisamente en permitir que Dios, como en la Sinfonía Inconclusa, complete en el amor aquello que yo nunca pude completar por mis propias fuerzas.

Miguel Novak

El viaje
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