Migraciones – El ser humano que migra es en sí mismo, un sistema biológico, psíquico, social, cultural y espiritual, simultáneamente. Desde ese punto de partida es que podemos empezar a pensar la complejidad (entendida como algo que está entrelazado y tejido entre sí) que implica ese encuentro de realidades diferentes.

Por María del Milagro Dallacaminá (Argentina)*

“Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de sus ríos. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua. No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano (…) Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente.”

(Eduardo Galeano, Los emigrantes ahora)

Se mueven los peces bajo el mar, se mueven las galaxias, nos movemos los seres humanos: algunos por las sequías, el hambre, las guerras, las faltas de trabajo, la persecución política. Otros, otras, para buscar nuevas oportunidades, nuevos horizontes, para estudiar en otro lugar, por una misión religiosa, por un amor o por otro gran ideal.

Vivir es estar en movimiento. Los posibles abordajes de las migraciones son inabarcables por su cantidad y diversidad. En este sentido, me pregunto: si las migraciones fueran un ave, ¿serían una golondrina buscando el verano?; si fueran una emoción, ¿serían la nostalgia?, ¿o tal vez la esperanza?; si fueran una música serían seguramente la música de la tierra de cada uno de nosotros, la tierra que nos ha visto nacer y que llevamos dentro; si fueran un objeto serían ¿tal vez un pasaporte?, ¿o un pañuelo?; si fueran una escena bíblica serían María y José, yendo a cumplir con lo que mandaba la ley: realizar el empadronamiento en la ciudad de Belén, donde les llegó el tiempo de dar a luz; o si fueran un poema serían quizás estos hermosos versos del gran Rabindranath Tagore:

“Tú me has traído amigos que no me conocían/Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas/Tú me has acercado lo distante y me has hermanado con lo desconocido/Mi corazón se me inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado/Olvido que lo antiguo está en lo nuevo, que en lo nuevo vives también Tú”.

Intento aproximarme a este fenómeno desde la mirada de la “complejidad”, acuñada por el filósofo Edgar Morin; no como sinónimo de complicado, sino que hace referencia a lo que está entrelazado, está tejido junto, lo que es imprevisible, lo inabarcable. De este modo, una célula es compleja. Una hormiga o la hoja de un árbol, también lo son. Todos los fenómenos pueden ser leídos desde la mirada de la complejidad. Cuánto más el fenómeno de las migraciones humanas.

Las migraciones tienen que ver con las distancias geográficas, con las búsquedas personales, con los ideales, con la seguridad, el trabajo, las convenciones sociales, con los vínculos familiares, con las legislaciones y los tratados internacionales, con las decisiones, con los compromisos, con los deseos, con la ciudadanía. Pero también con la identidad, los gustos, la moral, con los derechos humanos, la lengua, la vivienda, la comida, el paso del tiempo, la espiritualidad, la calidad de vida, las emociones, los procesos políticos, los valores, las tradiciones familiares, los miedos, la convivencia, lo imprevisible, con la tolerancia, con el amor. Además, tiene que ver con aspectos antropológicos, sociológicos, jurídicos, económicos, culturales, religiosos. El ser humano que migra es en sí mismo un sistema complejo, una totalidad interrelacionada, es un sistema biológico, psíquico, social, cultural y espiritual, simultáneamente.

El abordaje más recurrente en los medios de comunicación es quizás el que nos trae Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, que está referido a la globalización como acelerador de los procesos migratorios y la paradoja europea: “Aunque la globalización ha reducido muchísimo las diferencias culturales en todo el planeta, a la vez ha hecho que sea más fácil toparse con extranjeros y que nos sintamos molestos por sus rarezas. La diferencia entre la Inglaterra anglosajona y el Imperio Pala indio era mucho mayor que la diferencia entre la moderna Gran Bretaña y la India moderna, pero British Airways no ofrecía vuelos directos entre Delhi y Londres en los días del rey Alfredo el Grande”.

Además, Harari explica: “A medida que cada vez más humanos cruzan cada vez más fronteras en busca de trabajo, seguridad y un futuro mejor, la necesidad de enfrentarse, de asimilar o de expulsar a extranjeros pone en tensión los sistemas políticos y las identidades colectivas que se crearon en épocas menos fluidas. En ningún lugar es más agudo el problema que en Europa. La Unión Europea se construyó sobre la promesa de trascender las diferencias culturales entre franceses, alemanes, españoles y griegos. Podría desmoronarse debido a su incapacidad para contener las diferencias culturales entre europeos y emigrantes de África y Oriente Próximo.”

Otra interesante mirada la trae Tzvetan Todorov, en su discurso de 2008, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales: “Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia”.

En 2013 tuve la ocasión de vivir seis meses en Nairobi, capital de Kenia. Fui a estudiar un posgrado en Innovación Social, unida a un grupo interdisciplinario y multicultural. El Instituto Amani, donde estudiaba, se había propuesto conformar un grupo heterogéneo para propiciar una mirada multidimensional de la realidad, y posibilitar los aprendizajes, la creatividad, las propuestas de solución a problemas globales.

Las primeras palabras que aprendí en swahili, la lengua nacional, fueron karibu y asante, “bienvenida” y “gracias”, respectivamente. Poco después, sin embargo, la tercera palabra con la que me topé con la realidad fue muzungu. Fue un día que me acerqué a una mamá que tenía su bebé en la espalda, mientras estábamos en la fila esperando el colectivo. Yo la saludé, y luego le hice un gesto cariñoso al bebé. Fue ahí cuando la mamá nos miró a ambos, en forma sucesiva y le enseñó a su niño (al mismo tiempo que a mí) la palabra muzungu.

Muzungu significa “blanco”, “extranjero”, pero también podría extenderse a “colonizador”. Aquel día, en aquella tierna escena de mamá y bebé, me sentí extranjera. Es cierto que aquel año Kenia cumplía 49 años de independencia. Es fácil comprender cómo los keniatas contemporáneos habían vivido la colonización, y lo difícil de aceptar a los extranjeros (cualquiera sea su nacionalidad).

Quizás no puedo cambiar las leyes de países, o los corazones y las mentes de tantas personas (donde estas leyes se gestan), pero puedo, delante de una persona extranjera, decirme a mí misma como en esa bella escena del Antiguo Testamento (Isaías 54:2): “Ensancha tu tienda, Mujer” •

*La autora es licenciada en Relaciones Internacionales y mediadora.

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3 comentarios en «Ensanchar la tienda»

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