Celebrado en la Basílica de San Pedro el tercer domingo de Adviento, este evento marcó uno de los momentos más significativos y conmovedores del Año Santo 2025, dedicado a los “Peregrinos de esperanza”, ya que también simboliza el cierre de un ciclo de gracia y el inicio del rito de clausura de las Puertas Santas.
Por Neva Cifuentes (Chile)
Durante su homilía, el Papa León XIV situó el Jubileo en una perspectiva de esperanza, conversión y alegría, resaltando el sentido profundo de este tercer domingo Gaudete: la confianza en un futuro nuevo, incluso en medio del sufrimiento, recordándonos la dimensión luminosa de la espera, confianza en que algo bello y gozoso sucederá. El Pontífice recordó que la cárcel es un lugar de prueba, pero también de redención, donde la justicia auténtica debe ser siempre un camino de reparación y reconciliación. “Ningún ser humano se identifica plenamente con sus errores”, afirmó, invitando a no ceder al desánimo ni al fatalismo.
El Papa destacó que, incluso tras los muros de las prisiones, pueden florecer gestos de humanidad, proyectos de bien y procesos de conversión, siempre que se cultiven la sensibilidad, el respeto, la misericordia y el perdón. La invitación es a no cansarse, desanimarse, ni retroceder, sino que seguir adelante con tenacidad, valentía y espíritu de colaboración. Así, el Jubileo se convierte en una llamada a la conversión y, por ello mismo, en una fuente de esperanza.
Justicia, misericordia y civilización del amor
Inspirado en San Pablo VI, León XIV subrayó la necesidad de promover una “civilización del amor” también en el ámbito penitenciario, donde la caridad debe ser principio de vida social y pública. En línea con el deseo del papa Francisco, el Año Santo incluyó medidas como amnistías y reducciones de pena, orientadas a la reinserción y la recuperación de la confianza personal y social. El Jubileo, en su origen bíblico, es precisamente un año de gracia en el que a todos se les ofrece la posibilidad de empezar de nuevo; el Señor, más allá de todo, sigue repitiéndonos que sólo hay una cosa importante: que nadie se pierda (Jn 6,39) y “que todos se salven” (1 Tm 2,4).
Testimonios de esperanza: la peregrinación chilena
Uno de los momentos más emotivos fue la peregrinación de la delegación chilena de pastoral carcelaria, que atravesó todas las Puertas Santas, con especial conmoción al pasar por la de la cárcel de Rebibbia. Allí, junto a internos y funcionarios, celebraron la eucaristía y compartieron gestos de fraternidad y esperanza. La experiencia fue descrita como profundamente transformadora, un signo de que la misericordia de Dios no tiene fronteras y que la fe puede abrir horizontes incluso en los contextos más difíciles.
Las “Lámparas de la esperanza” y el acompañamiento pastoral
En el marco del Jubileo, el cardenal Mauro Gambetti bendijo las “Lámparas de la esperanza”, recipientes de cerámica realizados por internos de la cárcel de Salerno, que fueron distribuidos en instituciones penales como símbolo de luz y renacimiento. El cardenal invitó a “comprender con el corazón” a los detenidos, acompañándolos en sus noches de existencia y recordando que solo desde lo más profundo de sí mismos pueden encontrar la verdadera libertad.
El cierre de las Puertas Santas: un nuevo comienzo
El Jubileo de los Detenidos se inscribe como el último de los grandes Jubileos de este Año Santo. El cierre de las Puertas Santas, que inicia en la Basílica de Santa María la Mayor y culmina en San Pedro, simboliza el final de un tiempo especial de gracia, pero no el de la esperanza ni la conversión. Atravesar la Puerta Santa ha sido para millones de peregrinos un signo de conversión y renovación interior. El mensaje central permanece: “Que nadie se pierda y que todos se salven”, como expresó el papa León XIV.
La clausura del Año Santo invita a los fieles a continuar su camino espiritual con renovada fe, llevando consigo la luz de la esperanza y el compromiso de construir una sociedad más justa, inclusiva y misericordiosa. Así, el Jubileo de los Detenidos no sólo cierra un ciclo, sino que abre la puerta a una Iglesia y un mundo más humanos, donde la dignidad y la redención son posibles para todos.



