Ir a las periferias

En salida – Cuatro experiencias que surgieron a partir de una misma premisa: salir al encuentro del otro.

Recogidos por la redacción

Juntas en camino

El grupo “Juntas en camino” nació en 2013 en la parroquia Sagrada Eucaristía, de la ciudad de Buenos Aires, Argentina. En ese entonces fuimos convocadas por el párroco, respondiendo al pedido del papa Francisco de salir a “las periferias existenciales”, buscando a los más vulnerables, necesitados, olvidados.

Somos ocho mujeres que salimos casi todas las semanas a encontrarnos con chicas y transexuales que ejercen la prostitución. El objetivo es acompañarlas y estar cerca de ellas cuando llegue su momento de “gracia” (que puede ser un nuevo trabajo, el inicio de los estudios o un cambio de vida). Lo hacemos sin esperar nada. No tenemos el objetivo de cambiarlas.

Vamos de a dos para tener, como diría Chiara Lubich, la presencia de Jesús entre nosotras. Salimos a encontrarlas en la calle, en la zona donde suelen estar. Vamos a tomar un café para conversar con ellas, las ayudamos con alguna ropa que necesiten, visitamos a quien esté internada, las acompañamos a conversar con el sacerdote de la parroquia cuando lo piden.

Siempre salimos al “juego de Jesús”. Es decir, sin planificar nada. Salimos a lo que Él quiera en el momento presente, y esto nos ha dado muchas sorpresas. Hace unos meses fallecieron dos de ellas, y sentimos que fue una gracia poder conocerlas. Nos quedó la relación que pudimos construir. Sentimos que en esta tarea recibimos más de lo que damos.

Una experiencia que hicimos fue cambiar nuestra mentalidad, para así poder acercarnos sin prejuicios. También en varias de nuestras familias se hizo este cambio. Así las valoramos como personas, que son vulneradas en su dignidad pero que pueden recuperar. Nos hemos acercado, saludándolas con un abrazo de afecto, un abrazo de escucha, buscando que se sintieran queridas.

Marta, una de nuestras compañeras, se sumó al grupo en 2019 y siempre decía que le hubiera gustado conocer antes la espiritualidad de la Unidad de Chiara Lubich. Estaba muy feliz del viaje a la Mariápolis Lía que había hecho con nosotras para contar la experiencia. Y a raíz de una enfermedad más el covid-19 falleció en noviembre de 2020.

Fue un momento impresionante para nosotras. Nos quedó el “que nadie nos roce en vano”, que nadie pase en vano a nuestro lado, y que podamos construir una relación con cada uno.

por Laura Díaz (Argentina)

Mail para contactarse: juntasencamino@gmail.com

Una serenata

Mis hermanos y yo tenemos la costumbre de llevar una serenata a mis hermanas y a mi mamá (cuando estaba en vida), tanto para sus cumpleaños como para el Día de la Madre. Esos días habitualmente hacemos un recorrido por todas las casas, cantándoles. En ese recorrido incluí a mi suegra, a quien le encanta la música. Cada vez que íbamos con mi suegra también venía Etelvina, mi esposa, antes de su partida al Paraíso. Era un compromiso que yo tenía con ella.

En el mes de diciembre, mi suegra cumplió 97 años. Su salud ya estaba muy deteriorada y se veía que estaba cerca su final. En enero nos fuimos por dos semanas de vacaciones con mis hijos a Brasil. Volvimos un día, cerca de las 10 de la noche, y me enteré de que mi suegra no estaba bien de salud. Una hora después tomamos la guitarra y fuimos con mi hija a verla, ya que ella siempre me pedía que le cantáramos.

Cuando llegamos le cantamos varias veces; ella parecía profundamente dormida, pero cada vez que terminábamos de cantar me apretaba fuerte la mano y con la otra acariciaba a mi hija. Yo sentía ese profundo amor que venía de ella y también una gran paz en el alma. ¡Un regocijo de alegría!

Al día siguiente partió, creo que lo hizo en paz, con el alma redimida y yo tranquilo por haber cumplido mínimamente con el compromiso que había tomado con mi esposa Etelvina de que no abandonaría a mi suegra, y creo haberlo hecho.

por Virgilio Ruiz (Paraguay)

Jesús nos espera, vamos 

Con la parroquia solemos salir en grupo a encontrarnos con personas en situación de calle. Una vez solo éramos dos para hacerlo y por un momento dudamos en ir. Es fácil encontrar excusas, sin embargo, enseguida pensamos: “Es Jesús quien espera, ¡vamos!”.

¡Es impresionante cómo se llena el alma de amor! A quienes nos donamos, esas personas que nos encontramos en la calle, nos brindan mucho más amor del que damos.

Aquella vez estaban las personas de siempre y algunas nuevas. Felices de vernos, nos decían: “¡Qué lindo que vinieron! ¡Gracias!”. Nosotras les habíamos dicho que no teníamos nada de comida, sin embargo, ellos respondían: “Cuídense mucho, no importa si no trajeron comida”, “es lindo que vengan”. Y ahí nos iban contando sus diferentes realidades.

La última persona que visitamos era nueva. Después de conversar un rato, le expresamos: “Rezamos por ti y por todos” y nos despedimos. Pero enseguida nos llamó y nos preguntó: “¿No iban a rezar?”. Nos miramos y le dijimos: “¿Quieres que recemos contigo?”. Ante su sí, nos pusimos a rezar juntos. Todo fue un regalo del Padre para nuestra alma.

Volvimos con el corazón rebosante del amor recibido. Me emociono al contarlo porque en mi interior pensé: ¿Qué tienen para dar si no tienen nada, si están en la calle? Y allí ves, te encuentras con el rostro de Jesús y Él tiene todo para darnos, siempre.

por Rosario Medina (Uruguay)

Más que una olla

En plena pandemia, a mediados del año 2020, en nuestro grupo del Movimiento de los Focolares sentimos la fuerte necesidad de salir de nuestra zona de confort e ir al encuentro de lo que Chiara Lubich llama Jesús abandonado, es decir, al encuentro de esas situaciones de dolor, tristeza, oscuridad, en las que muchas personas la pasan mal.

Iván, que es profesor y trabaja en un colegio luterano en un cerro de Valparaíso, entró en contacto con el pastor de una iglesia que le pidió ayuda para una olla solidaria que estaban comenzando todos los sábados. Inmediatamente sentimos que era voluntad de Dios participar como grupo, al menos cada 15 días, a pesar del riesgo de contagio que significaba estar con más gente (además hasta ese momento varios de nosotros estábamos con teletrabajo desde nuestras casas y casi no salíamos).

No teníamos contacto directo con las personas beneficiadas a las cuales se les repartía la ayuda en sus casas, pero sí nos relacionábamos con los otros voluntarios de la olla solidaria, todos pertenecientes a la iglesia luterana.

Se preparaban aproximadamente 80 almuerzos, bien completos, con plato de fondo, ensaladas, pan y postre. Fue una experiencia muy linda, de mucho respeto y cariño, de compartir nuestras vidas en el poco tiempo que teníamos durante la preparación. Al final, cuando todo estaba listo, terminábamos con una oración que dirigía el pastor. Nos dimos cuenta de las pocas diferencias que teníamos entre nosotros y que lo importante era el amor que circulaba en ese momento.

Después de unos tres meses, esta olla solidaria dejó de funcionar, así que empezamos a buscar alternativas. Nuevamente Iván encontró otras ollas solidarias, esta vez en un cerro de Viña del Mar, que funcionaban con la ayuda de la parroquia católica del sector, de particulares y del Estado.

Elegimos la única que funcionaba de lunes a sábado, desde hacía casi un año, con señoras del barrio que se turnaban para ayudar. Después de haber participado todo el grupo una primera vez, decidimos comprometernos a ir un sábado por medio. Pero dadas nuestras fuerzas, ya que algunos trabajábamos también los sábados, en este afán de salir juntos le planteamos la participación a toda la comunidad de Viña del Mar y los alrededores. Así es como rápidamente se nos unieron otros miembros de la comunidad, algunos de nuestros hijos, amigos de ellos e incluso personas de otras partes de Chile que estaban de visita.

Al principio nuestra ayuda consistió en la mano de obra para preparar el almuerzo para aproximadamente 120 personas. Esta vez sí teníamos contacto con las personas beneficiadas, con quienes nos fuimos conociendo, resultando por supuesto muy lindas experiencias de esta relación, como por ejemplo que nos dijeran que el almuerzo más rico era el día que nosotros lo preparábamos.

Además, logramos una muy fuerte relación con las señoras que están a cargo en la parroquia los sábados, conociendo más profundamente a cada una, “obligándolas” a que ese día ellas descansaran. En esa relación han surgido ayudas como la de Tomás, un miembro de nuestro grupo que es médico y las atiende, les da recetas médicas para que se hagan exámenes y consejos. También ayudamos llevando cosas que no usamos y están en buen estado, para que una de las señoras las venda en una feria libre. Varias veces nos han contado que con la venta de esos artículos han podido sustentar su hogar, pagando las cuentas básicas.

Hace unos meses nos enteramos de que la olla se estaba quedando sin financiamiento. Analizamos la situación entre todos y nos propusimos como comunidad financiar íntegramente el día sábado que nos tocaba participar. Algunas personas aportan dinero mensual, otras ayudan a comprar los insumos al mejor precio posible. Incluso cerca de Navidad hicimos un esfuerzo extra y preparamos un almuerzo mucho más rico, algo más especial. Una ayuda que ha seguido durante el tiempo de vacaciones, con un mayor esfuerzo, dado que algunos no estaban en la ciudad por su descanso.

Esperamos seguir todo el tiempo que sea necesario e incorporar cada vez a más personas que quieran ayudar. Ojalá, jóvenes.

por Tomás Villalobos, César Oyarzo, Miguel Ugalde, Iván Lazo y Julio Catalán (Chile)

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