Jardines amigables con la sustentabilidad del planeta

Cultivar – ¿Qué podemos y qué no podemos plantar en nuestro jardín? Aprender a reconocer cuáles especies son exóticas y cuáles nativas es un gran paso para contribuir con la sustentabilidad. Vamos a sorprendernos cuando veamos que sabemos muy poco sobre lo que realmente crece en nuestra región, y cuántas plantas exóticas, incluso de zonas muy lejanas a nuestra realidad (como China o Australia), son más frecuentes en nuestro medio que las propias nativas.

Por Cecilia Camacho (Uruguay)

Muchas veces, después de leer sobre lo mal que anda nuestra naturaleza y sobre los males que aquejan a nuestro planeta, nos cuestionamos sobre nuestras posibilidades: ¿Qué podemos hacer nosotros, que vivimos en plena ciudad, rodeados de cemento? 

Hay miles de pequeñas actitudes de nuestro día a día que ayudan muchísimo más que otras aparentes grandes iniciativas. Sobre todo porque si somos muchos los que hacemos poquito, los efectos son enormes. Lo decía bien el artículo del mes anterior de la sección de Ecología, cuando se refería al efecto mariposa: cualquier pequeña variación en las condiciones iniciales de un sistema, acabará dando lugar a una diferencia mayor en estados posteriores. Es decir: todo suma.

Y para poder sumar, hay un montón de cosas para aprender y hacer. Por ejemplo, si tengo un pequeño balcón donde da el sol, puedo aprender a reproducir las plantas nativas de mi zona o región, que son muy importantes para que mariposas e insectos puedan reproducirse y vivir. Si tengo un poco más de espacio, como una terraza o un jardín, puedo plantar los arbustos que dan fruto comestible para los pájaros autóctonos; ellos necesitan ese alimento, y a su vez son los que ayudarán a reproducir esa flora, porque, volando, dejarán semillas donde se posen. 

Reconocer las plantas exóticas: ¿Por qué no es bueno cultivarlas?

Para eso tengo que empezar a reconocer las plantas nativas de donde vivo. Vamos a sorprendernos cuando veamos que sabemos muy poco sobre lo que realmente crece en nuestra región, y cuántas plantas exóticas, incluso de zonas muy lejanas a nuestra realidad (como China o Australia), son más frecuentes en nuestro medio que las propias nativas. 

Justamente, el otro desafío es aprender a reconocer cuáles de esas plantas exóticas son una amenaza a nuestra biodiversidad. ¿Por qué? Porque estas plantas, que encuentran un lugar mucho más propicio que su propio espacio para desarrollarse, se convierten rápidamente en un monocultivo, acaparando todos los ambientes a su paso. Un ejemplo es el ligustro o “siempreverde” (Ligustrum lucidum), proveniente de China. El ligustro ha ido colonizando todos nuestros arroyos y campos, haciendo imposible que algo crezca debajo ya que no pierde el follaje en todo el año, y, con unos frutos apetitosos para las aves, se asegura que estas lo lleven por todas partes. La especie “espina corona”, también conocida como “acacia negra” (Gleditzia triacanthos) se asegura que sus grandes chauchas sean como un caramelo para vacas y caballos. Estos animales la dispersan por todo el campo, conformando montes enteros inexpugnables, porque la Gleditzia tiene unas espinas peligrosas que desestimulan hasta al más corajudo. 

Además de estas, existen otras plantas que también son una amenaza pero presentan una apariencia más inocente. La perfumada Madreselva, por ejemplo. Aquella que emana un delicioso perfume en las noches de verano. Viene desde Japón, y cuando se adueña de los montes ribereños, se convierte en un pesado manto que termina doblegando a los árboles autóctonos. 

Podría enumerar muchas especies que conocemos muy bien, porque forman parte de nuestros recuerdos y nuestro día a día, pero que no son beneficiosas para nuestro ambiente. Por eso, una buena forma de dar inicio a esas pequeñas actitudes cotidianas es empezar a reconocerlas y evitar que se reproduzcan en nuestros jardines. No deberíamos comprarlas ni regalarlas y, obviamente, tampoco plantarlas. 

Plantas nativas: un bien a nuestro ecosistema

Ese ya sería un muy buen ejercicio. Pero si queremos ir más allá, también tenemos otras posibilidades. Podemos ir a los lugares donde hay reservas de flora nativa, hacer recorridos guiados, o incluso talleres, para aprender a cosechar los frutos y animarnos a sembrarlos. Si nuestro lugar es pequeño, podemos tener una maceta con una Pavonia hastata, o unas Petunias axilaris; si tenemos lugar para una maceta grande y profunda, o un cantero, podemos animarnos a plantar una pitanga (Eugenia uniflora) o una rama negra (Senna corimbosa) y una Salvia guaranítica; en una maceta, y apoyándose sobre una pared, podemos ver crecer un Mburucuyá (Passiflora caerulea). Seguro que con estas plantas tendremos, en muy poco tiempo, picaflores, pájaros fruteros, mariposas y mucha más vida en nuestro pequeño espacio. 

No nos preocupemos si en algún momento nuestras plantas se llenan de gusanos. ¡Son las orugas de las futuras mariposas! Observar el proceso de metamorfosis es maravilloso, y un verdadero ejercicio de contemplación y alabanza al Creador. 

Muchos se animan a tener un bosque en el balcón. Se pueden hacer germinar cientos de semillas en un pequeño espacio, con recipientes fabricados de manera casera (con cartón, por ejemplo), y cuando ya son una plantita de unos 15 o 20 cm., se donan a escuelas, ONG´s, asociaciones civiles, municipios. Se trata de saber que esa vida va a ser mucha vida en unos años, convirtiéndose en árbol o arbusto que da flores y frutos, que sostengan nidos, que alberguen insectos y que también nos den sombra y refresquen nuestros veranos.

El primer paso es pequeño, solo hay que animarse. Después, esos mismos pasos nos llevarán muy lejos, hasta resultados que hoy ni siquiera sospechamos. Podemos soñar con ver nuestra ciudad más verde, más fresca, llena de trinos, con mariposas volando y, sobre todo, con saber que estamos cuidando la casa que el Señor nos ha dado •

*La autora es Técnica en Diseño de espacios verdes y especialista en restauración ambiental

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