Compartimos la exposición de Viviana Carlevaris Colonnetti durante uno de los talleres del Congreso de Sostenibilidad Relacional, desarrollado en octubre de 2024. El Panel al cual nos referimos se titula: “Las perspectivas de la inteligencia – diálogo transdisciplinario desde las neurociencias a la comunicación, desde la ecología a la psicología”.
Por Viviana Carlevaris Colonnetti (Argentina – Italia)*
Este panel propone dialogar en un contexto interdisciplinario sobre la relación entre inteligencia, percepción de la realidad y relaciones sostenibles. Es decir, de qué manera la persona percibe la realidad y puede reaccionar en su ambiente desde una perspectiva sostenible. Iniciamos este breve análisis con algunos interrogantes:
¿Cómo percibe la realidad la inteligencia? ¿Cuáles son los procesos que pone en marcha para decodificarla? ¿Por qué, ante la misma realidad —en nuestro caso, una calamidad natural como lluvias excesivas, incendios forestales—, las personas reaccionan de manera diferente? ¿Por qué el impacto del cambio climático varía de persona a persona? Aún más, ¿por qué la misma persona ante un evento similar —pensemos en un terremoto— reacciona de maneras diferentes?
Cuando hablamos de inteligencia nos referimos al conjunto de habilidades cognitivas, emocionales y relacionales que permiten percibir la realidad, decodificarla y reaccionar frente a ella. La inteligencia es como un diamante con muchas caras, cada una de las cuales expresa características diferentes, pero es siempre un único diamante. La ciencia, en el afán de estudiar las peculiaridades de la inteligencia se concentra en una de sus características y la analiza desde diferentes perspectivas. Es por ello que se habla de inteligencia cognitiva, inteligencia práctica, inteligencia emocional, inteligencia relacional, inteligencia social, inteligencia ecológica, etcétera.
Con esta premisa, detengámonos a profundizar cómo funciona la inteligencia en su proceso de percepción de la realidad del medio ambiente; sucesivamente, podremos ver cuál podría ser su contribución en la sostenibilidad relacional.
Existen dos sistemas que la inteligencia pone en marcha para percibir la realidad, decodificarla y reaccionar, si bien se reconoce que en las acciones subyacen las motivaciones que orientan la percepción:
1- Sistema racional, lógico, consciente, analítico.
2- Sistema automático, intuitivo, no consciente.
El sistema racional, lógico, analítico es consciente y requiere una gran cantidad de energía mental, utiliza una cantidad considerable de recursos cognitivos. Pero nuestros recursos y energías son limitados. De hecho, no somos máquinas lógicas ni analíticas. Son pocas las situaciones en las que existen las condiciones para detenernos, evaluar, comparar los costos y los beneficios de una decisión y actuar. De hecho, este sistema se utiliza sobre todo para tomar decisiones muy importantes y planificadas, como puede ser elegir una carrera universitaria, cambiar de trabajo, casarse, comprar una casa.
Al contrario, el segundo sistema es automático, inconsciente, guiado por las emociones ya sean del presente que las experimentadas en experiencias previas. Es decir, la percepción está condicionada por lo aprendido y experimentado anteriormente. En este sistema la inteligencia utiliza atajos para responder a un contexto que cambia continuamente, de hecho, no requiere mucha energía mental. Por ejemplo, decidir qué elegimos para desayunar o cual programa de TV se decide mirar, con quién se decide detenerse para compartir y con quién no, se selecciona a quiénes saludar y a quiénes ignorar, etcétera.
Este sistema automático es de supervivencia. De hecho, es el sistema de toma de decisiones que se usa durante la mayor parte del día, y pocas veces uno llega a tener que utilizar el sistema lógico-analítico. Esto significa que vivimos en modalidad de piloto automático y que, desde pequeños, vamos generando esquemas mentales que se transforman en anteojos a través de los cuales se percibe la realidad. Así pues, se va adelante en la vida con estos anteojos mentales y se ignora o se descarta aquello que no coincide con lo que pensamos, con lo que hemos vivido o con lo que ya conocemos. Por eso se tiende a incorporar, a asimilar aquellos elementos de la realidad que reconocemos porque responden a nuestros esquemas mentales. Al contrario, se ignoran situaciones, personas o emociones porque nuestros anteojos mentales no los reconocen. Se trata de un modo de razonar intuitivo guiado por atajos emocionales, con la finalidad de economizar energías y recursos, solo que a veces comporta consecuencias negativas.
¿Cómo se relacionan el clima y la salud mental?
Desde hace décadas la ciencia estudia esta relación. Se comprobó que la percepción del cambio climático tiene un impacto negativo en la salud mental y este se agrava a medida que aumenta la frecuencia, la impredecibilidad y la gravedad de los fenómenos. Si a esta afirmación agregamos el rol determinante de las emociones y de los vínculos afectivos —por ejemplo, si un ser querido se vio involucrado en un fenómeno climático catastrófico el significado que se le atribuye es distinto—, podemos imaginar cuánto empeora el impacto de sucesivos acontecimientos relacionados con el clima. En este contexto, la persona se siente impotente, enojada, sin esperanza, se percibe dentro una situación que está colapsando y es imposible de detener. Algunas incluso se sienten culpables de cuanto sucede. Esta sensación de malestar e incertidumbre, acompañada por fuertes emociones negativas, surge al sentirse parte de un sistema que se deteriora progresivamente desde el punto de vista ambiental. Algunos autores, como Clayton y Doherty, ya en 2011 nos advertían sobre las posibles consecuencias negativas para la salud mental de las personas y de las comunidades, tanto a corto como a largo plazo, identificando tres grupos de situaciones con distintas consecuencias:
1- Existe una relación entre las personas que han vivido de manera directa experiencias de desastres naturales y cambios climáticos extremos. Algunos estudios realizados en 2020 (Clayton) demuestran que a mayor intensidad del evento climático al que la persona fue expuesta, mayor es el malestar psicológico. De hecho, las personas suelen presentar síntomas específicos que corresponden a los traumas vividos: trastorno de estrés postraumático, ansiedad, depresión, abuso de sustancias u otras dependencias.
2- Ante el cambio climático, se observa un aumento de los fenómenos de ansiedad en la población mundial que genera ecoansiedad. Este tipo específico de ansiedad fue identificada por la Asociación Americana de Psicólogos en 2017 como “un temor crónico por el destino del medio ambiente y del planeta” que se manifiesta con síntomas de ansiedad y depresión, aumento del estrés y preocupación por el futuro. La ecoansiedad genera un estado de vulnerabilidad en la persona, con síntomas difíciles de gestionar por sí misma, los cuales inevitablemente afectan y condicionan la vida cotidiana.
3 – El último grupo se refiere al impacto psicosocial en las comunidades que, debido a desastres ambientales extremos, se ven obligadas a abandonar sus tierras. Estas poblaciones, ya marcadas de manera traumática por el evento en sí –como puede ser presenciar la muerte de sus seres queridos, perder su hogar, su trabajo, no tener más puntos de referencia, etc.– llegan a otras comunidades en las que esperan poder integrarse. Pero en realidad se encuentran en un contexto completamente desconocido e incierto, con un idioma y una cultura diferentes, a menudo con una comunidad que los rechaza por miedo a lo desconocido. Todo esto aumenta el propio sufrimiento y la dificultad para entrar a formar parte de la nueva realidad social, agravando aún más su estado de vulnerabilidad.
Estas son algunas de las consecuencias psicológicas del cambio climático. Quizá no podemos cambiar la realidad, pero podemos intentar abordarla de otra manera. Es cierto que formamos parte de un sistema, pero no estamos solos en él. Gran parte de este malestar psicológico surge en soledad y se sufre en silencio. El aislamiento, a su vez, agrava el malestar.
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos mejorar nuestra percepción para contribuir a la construcción de una sostenibilidad relacional?
Ahora que conocemos cómo funciona la inteligencia y el impacto del cambio climático en la salud mental, podemos intervenir para mejorar nuestra percepción de la realidad. Se puede trabajar para ampliar el horizonte de nuestros anteojos emocionales, incorporando elementos nuevos a nuestros rígidos esquemas mentales y hacerlos más flexibles e inclusivos. La flexibilidad es fundamental para mantener la salud mental personal y comunitaria.
También hemos visto el rol crucial y determinante de las emociones en la percepción de la realidad y en la toma de decisiones que nos lleva a reaccionar. La inteligencia emocional puede proporcionar herramientas interesantes para reconocer y poder manejar las propias emociones, evitando que sean ellas las que decidan por nosotros. Al mismo tiempo, podemos comprender mejor las emociones de los demás. Estar cerca de quien sufre en silencio puede cambiar el sistema actual. De hecho, es fundamental construir dinámicas de apoyo mutuo en grupos y comunidades para que podamos afrontar juntos los desafíos del cambio climático •
*Lic. Viviana Carlevaris Colonnetti: psicóloga, psicóloga clínica, psicopedagoga, psicóloga jurídica y forense, experta en abuso infantil y terapia familiar. Investigadora.



