Libros
Por Pablo Racca (Argentina)
Esta pequeña columna tiene como objetivo invitarles/nos a visitar la biblioteca de nuestro barrio.
Tres escenas: Hace unos días, Eduardo V., escritor rosarino, contaba la anécdota: un coordinador del taller de escritura de la Colonia Psiquiátrica de Oliveros (ciudad cercana a Rosario) le pidió participar con sus talleristas en un evento que Eduardo organizaba, junto a otros escritores, en un bar de la ciudad. Esto en los años noventa. Durante el evento, el grupo de internos leyó sus textos. Hace unos meses, Alejandra D. organizó la presentación del libro recién publicado de uno de sus pacientes en la biblioteca popular de mi barrio. En esta misma biblioteca, hace uno o dos años, pasó un muchacho discapacitado a dejar su libro de textos e ilustraciones (hojas fotocopiadas y abrochadas a mano), del cual desconocemos si habrá más copias. Tuvimos este libro entre las lecturas sugeridas a los socios durante semanas.
La cuestión de la salud mental, en nuestra sociedad es de esas cosas que “no se ven”. Tratamos de ocultarlas, velarlas, “¿quién quiere hablar de estas cosas?”. Herencia de un pasado pesado, podríamos diagnosticar. Una contrapropuesta, simple pero no sencilla, es decir. Para poder decir, en verdad decir, necesitamos espacios cuidados, y éstos no son fáciles de encontrar o construir. La comediante y escritora norteamericana Maria Bamford es muy concreta en este sentido. Si bien su comedia o sus libros son difíciles de encontrar en castellano, la menciono porque es de las primeras personas que escuché hablar con naturalidad (sin la solemnidad que aleja o crea pedestales) de sus intentos de suicidio y los caminos que encontró para sanarlos. Y porque sus observaciones apuntan en una dirección que siento adecuada: los espacios comunitarios. “Si estás teniendo pensamientos de este tipo”, dice en una entrevista, “llamá a donde sea, llamá a una pizzería y decile a quien te atiende que necesitás hablar: seguro que te escucha”. Lo dice por experiencia. Explica que a veces los teléfonos de atención al suicida suenan durante mucho tiempo antes de que alguien atienda, y el tiempo aquí es vital, en todo el sentido de la palabra.
La cuestión comunitaria, a veces, se idealiza. Por eso hago énfasis en los “gestos comunitarios”: nuestros gestos pueden potenciar (o despotenciar) lo comunitario. Por ejemplo: pensar en literatura y salud mental puede llevarnos a hablar de obras literarias que tratan el tema magistralmente. A mí, más bien me conectó con esa literatura invisible que podemos encontrar, solamente, si nos llegamos a la biblioteca o librería del barrio, e intentamos charlar sobre el tema. Las periferias existenciales están cerca, diría Francisco.
(Esta intentó ser una reseña de ese libro que está ahí cerca tuyo, pero no sé cuál es. Creo que si vas a buscarlo, como yo lo intento en mi barrio, seguro algo crecemos en este aspecto. Y si necesitás hablar de este tema personalmente, llamá enseguida a donde sepas que alguien va a escuchar. Si te hace bien escribir: escribilo. Y, si lo sentís, compartilo.)


