¿Se puede detener la violencia con violencia? El doctor en Historia Contemporánea Xavier Garí de Barbarà* analiza el papel del activismo social, el concepto de defensa, el pacifismo y el poder de la noviolencia. Una reflexión sobre cómo transformar los conflictos y educar para una paz real y duradera.
Por Silvano Malini (Italia)
—Para detener una guerra, ¿sirven las protestas en la calle? Según algunos analistas, las manifestaciones populares, masivas en algunos países, aceleraron el alto el fuego en Gaza.
—La participación política es importante para presionar a los gobiernos, pero los ciudadanos no pueden parar una guerra porque tampoco la provocan individualmente, aunque es cierto que pueden ser cómplices de sus causas. Las manifestaciones y las huelgas son útiles; la reflexión política y la participación en los medios de comunicación, también. Cuanto menos activismo social hay, los gobiernos hacen y deshacen de forma más despótica. Los programas electorales no incluyen las guerras, pero acaban vehiculándolas. Esto significa que están tomando decisiones para las que no han sido votados, de modo que el pueblo debe poder oponerse y presionar para evitarlas o revertir estas acciones de gobierno.
—¿Y el boicot a empresas que hacen negocios con países agresores o que lucran con la guerra, tiene sentido?
—El boicot es una medida de noviolencia importante que presiona más cuanto más colectiva es. Sin embargo, también hay que saber acertar y liderarlo para que tenga sentido y coherencia, y gane apoyo al focalizarse sobre los causantes de las matanzas. Señalar a un solo bando como culpable único es erróneo; los enfrentamientos los protagonizan al menos dos bandos y las responsabilidades suelen ser compartidas, aunque el nivel de responsabilidad sea desigual.
—Las alianzas como la OTAN nacieron para defenderse militarmente en caso de una agresión exterior. Con ello, ¿ayudan a prevenir ataques y, por tanto, a mantener la paz?
—Terminada la Guerra Fría, el Pacto de Varsovia desaparece, mientras que la OTAN decide mantenerse y reconvertirse. Con las nuevas incorporaciones previstas, se convoca la cumbre de Roma de 1991, donde se toma una decisión muy peligrosa para la paz mundial (reconocida en estos términos por el propio Henry Kissinger): deja de ser una organización militar exclusivamente defensiva para convertirse también en ofensiva, otorgándose el derecho a intervenir en conflictos que no fueran respuesta a ataques directos a países miembros. Esto se ejecutaría incluso sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en casos como la Operación Fuerza Aliada contra Serbia en la guerra de Kosovo, en 1999.
Occidente presenciaba el fin del enfrentamiento de bloques y la desaparición de un enemigo (el Pacto de Varsovia), pero creaba otros nuevos (y reconvertía la OTAN, que se ampliaba). La intención de fondo era afrontar la nueva era, con el crecimiento de China y las economías emergentes, para lograr una posición favorable de dominación, intentando erigirse en única potencia mundial. Pero por el afán de controlar la economía mundial, siempre ha resultado más “pragmática” una política más militarista que diplomática. Así es como se perdió una oportunidad histórica (entre 1991 y 2001) para encaminarse hacia una paz real y una verdadera democracia, que llegaría con el paso más importante: el desarme mundial.
La OTAN, en cambio, no solo no se desarticula, sino que crece hacia el Este, aumenta la producción de armas y reforma sus estatutos convirtiéndose en una organización ofensiva y global. A las bases militares de Estados Unidos extendidas por todo el mundo se añaden las de los países miembros de la OTAN, de modo que el mapa mundial está dominado por Estados Unidos y sus aliados.
En relación con el conflicto estallado en Ucrania, desde el final de la Guerra Fría la OTAN no ha hecho más que acercar misiles a Moscú, y la pretendida integración de Ucrania en la organización militar es la última provocación contra una Rusia que había cerrado “en tablas” una Guerra Fría con Estados Unidos.
Lo que hoy es más evidente que nunca es que de una organización militar no se puede esperar una paz real sino la pax romana, que amenaza porque responde a intereses económicos y geoestratégicos, que se sirven de las armas y los ejércitos para imponerse. Validan una de las grandes falsedades de la historia: la sentencia romana Si vis pacem, para bellum (“Si quieres la paz, prepara la guerra”); y hablo de gran falsedad porque si se quiere la paz, se prepara la paz y si se quiere la guerra, se prepara la guerra, pero no se pueden contradecir medios y objetivos.
—¿Qué proponen el pacifismo y la noviolencia?
—Pacifista, estrictamente, es aquel que está contra las guerras. Un noviolento, además, lucha contra el mal que hace el otro y no contra la persona del otro, como decía Gandhi. Un noviolento, por tanto, parte de una actitud de fondo mucho más global, holística e íntegra. Con el tiempo, el pacifismo se ha acabado ampliando al deseo de paz en general. Pero un noviolento debe tener un autoconocimiento profundo y buscar cómo reencontrarse con aquel de quien está distanciado. Debe haber un proceso de conciliación para la reconciliación.
La noviolencia es la alternativa a la violencia, sobre todo porque esta siempre genera más violencia,y todo lo que se consigue a través de ella solo puede mantenerse con más violencia. Es el mayor engaño afirmar que la violencia logrará la paz. La primera fórmula matemática que un niño aprende es que 1+1=2; por tanto, 1 violencia + 1 violencia nunca puede dar lugar a 0 violencia, sino al doble de violencias. El pacifismo y la noviolencia parten de esta premisa y se ponen a trabajar para buscar alternativas en la gestión pacífica y creativa de los conflictos. Y hace falta mucha fuerza, mucho coraje y mucha inteligencia para lograrlo. Por eso la noviolencia requiere toda la estrategia militar, toda su valentía y preparación, pero sin matar nunca, sin herir, sin torturar, sin eliminar ni destruir.
Todo lo que se hace en una guerra es delictivo (robar, violar, destruir o matar); si cualquiera de nosotros lo hiciese hoy mismo por la calle, iría años a la cárcel. ¿Cómo es que las leyes me lo prohíben a mí y permiten que los gobiernos no solo lo toleren, sino que en un contexto bélico lo fomenten, lo justifiquen y gasten millones de euros para mantener aparatos militares que, lejos de conseguir seguridad, provocan ataques?
—¿Ha habido agresiones violentas que hayan tenido respuestas noviolentas?
—Sí, muchas. Pero la violencia provoca una reacción inmediata (apretando un gatillo acabo una discusión) y la noviolencia no, porque debe contar con la comprensión, la reflexión y la conversión del otro, y eso requiere su tiempo y la máxima efectividad. Hay que entrenarse, hacer estrategia, invertir en la paz, la noviolencia, la resistencia pacífica, la desobediencia civil… Hay muchos estudios y prácticas perfectamente comprobadas de autodefensa civil noviolenta, por ejemplo. Hay que defenderse; nadie puede impedirlo si te atacan; pero lo que no es ni moral ni justo ni justificable es defenderme para que no me maten matando al otro.
—¿Puede mencionar algún movimiento o personalidad, además de Gandhi y Mandela, que hayan demostrado que la noviolencia puede funcionar?
—No acabaríamos. La Historia de la Paz ha sido extraordinariamente predominante en la historia de la humanidad, aunque no sea eso lo que se explica. Tenemos a Solidarność en Polonia, que trajo sindicatos libres y un gobierno votado por sus ciudadanos al Bloque del Este. La acción noviolenta más importante de la historia reciente de Europa es la caída del muro de Berlín, donde apuntaban cientos de cabezas nucleares letales que no sirvieron de nada ante la determinación de gente organizada desde hacía décadas.
En Estados Unidos hubo movimientos como el de César Chávez, que intentó acabar con la explotación de los jornaleros hispanos, y el más conocido es la lucha noviolenta por los derechos civiles de la mano de Martin Luther King. Durante el franquismo hubo numerosas acciones noviolentas contra la dictadura, y una de ellas perduró más allá del régimen y consiguió la abolición del servicio militar obligatorio. Finlandia tenía hasta hace no mucho en su Ministerio de Defensa un programa de autodefensa civil noviolenta en caso de invasión rusa. Dinamarca desactivó el nazismo en su país cuando Hitler los invadió, mediante resistencia pacífica masiva y desobediencia civil organizada. Leymah Gbowee logró terminar con la guerra civil en Liberia en 2003 gracias a una extraordinaria acción de muchas mujeres que emprendieron una “huelga de sexo”: cuatro años de cruentas matanzas terminaron de inmediato en 15 días.
La gestión noviolenta implica entrenamiento, decisión, organización, coraje y determinación en el tiempo. Cuando esto ocurre, siempre se consigue el resultado esperado, pero hay que entrenarse y hacerlo con inteligencia y grandes consensos. Por eso intentan que triunfen los populismos y las polarizaciones: porque así es mucho más difícil lograr consensos ciudadanos…
—¿Cómo podemos recuperar la credibilidad de las formas de solucionar conflictos sin violencia? ¿Quizá mostrando esta Historia de la Paz?
—Las sociedades son pendulares, y las generaciones avanzan y cambian porque quieren dejar atrás venganzas del pasado para abrirse paso a un nuevo futuro. Después de dos guerras mundiales con invasiones entre alemanes y franceses durante siglos, parecía imposible revertir la maldita historia de agresiones continuadas, y Mitterrand y Kohl rehicieron sus relaciones y unificaron Europa, ayudando a que nunca más volviera la guerra dentro de las fronteras comunitarias, y así ha sido. Durante los cuarenta años de la Guerra Fría parecía que no saldríamos nunca, y Reagan y Gorbachov –que no eran especialmente pacifistas– se pusieron de acuerdo a pesar de estar en las antípodas el uno del otro. Parecía que en la Sudáfrica del Apartheid nunca sería posible superar el régimen racista y encontrar el espíritu de reconciliación, y Mandela y De Klerk encontraron los caminos para lograrlo con el acuerdo, el respeto y la no agresión. En la historia de la humanidad hay tantas guerras como reconciliaciones. En el futuro quizá las guerras no desaparezcan del todo, pero si reducimos el armamento, equilibramos la igualdad, desarrollamos los derechos humanos y ampliamos la democracia participativa (las “4 D” de Johan Galtung), puede minimizarse enormemente la carga destructiva y mortífera de las guerras. Nos faltan cien años para hacernos el suficiente daño como para ponernos de pleno y acabar con las guerras, igual que la sociedad acabó con la Inquisición, con el feudalismo y con tantas dictaduras.
—¿Cuál es el método de la noviolencia para no llegar a la violencia ante un conflicto?
—Los conflictos son oportunidades de crecimiento. Nos ayudan a conocernos a nosotros mismos y a los demás. Son una disparidad de ideas, intereses o necesidades. Los bloqueos se dan porque las dos partes no están dispuestas a aprender de esta disparidad y quieren forzar que el otro dé el paso mediante la violencia. La inmensa mayoría de los conflictos en nuestra vida, y también los sociales, los gestionamos pacíficamente. Un semáforo es una herramienta de noviolencia: pasamos todos, distribuyéndose el tiempo con el compromiso de respetar el rojo y el verde. Es un consenso internacional aplicable al mundo multilateral.
Previo a la invención de esta herramienta ha habido un análisis de las necesidades con autoconocimiento y diálogo. Debemos gestionar los conflictos a partir del encuentro: qué necesitas tú, qué necesito yo, y buscar un acuerdo donde haya un win-win (yo gano-tú ganas). Esto es importantísimo aprenderlo ya en la escuela. A veces debemos generar “caminos parabólicos” para buscar alternativas y eso requiere tiempo, asertividad y predicar con el ejemplo. Los educadores debemos ser gestores de conflictos. Nelson Mandela era brillante con afirmaciones como esta: “Yo nunca pierdo: o gano o aprendo”. Pues eso… el conflicto llega a nuestras vidas porque hay algo que no sabemos (y por eso entramos en conflicto), y el deber es ponerse a disposición del conflicto para realizar el aprendizaje que nos pide.
—¿Cómo puede ser la respuesta noviolenta ante injusticias o abusos graves y directos?
—Hay que actuar en tres direcciones: a largo plazo, con educación para la noviolencia integral; a medio plazo, desactivando las causas de los conflictos; y a corto plazo, con la resistencia pacífica, la desobediencia civil y la noviolencia activa. Las sociedades unidas (no uniformizadas) pueden llegar a grandes consensos, lo cual las lleva a organizarse por objetivos compartidos y a determinarse para mantenerlos. Esa unidad nos hace imparables. Los poderes fácticos lo saben; por eso periódicamente orquestan polarizaciones, fascismos o autoritarismos: para romper la fuerza impresionante que surge de la capacidad de consenso •
*Doctor en Historia Contemporánea con una tesis doctoral sobre el pacifismo y la noviolencia. Diplomado en Cultura de Paz y posgraduado en Mediación y Resolución de Conflictos. Profesor de Historia de la Paz, Análisis de Conflictos, Teoría y Estrategia de la Noviolencia, y Transformación de Conflictos. Investigador de la Cátedra UNESCO Pau Casals de la Universitat Oberta de Catalunya. Impulsor de EducaPAX (educapax.cat) y xaviergari.cat.
Esta nota pertenece originalmente al dossier del mes de marzo de la revista LAR, editorial Ciudad Nueva, España.



