Hace algunos años, al borde del Gran Cañón del Colorado, viví una experiencia que todavía hoy me resulta difícil definir. Podría llamarla contemplativa; quizás, con cierta prudencia, mística. No hubo visiones ni voces. Simplemente estaba allí, mirando, pero durante unos instantes tuve la impresión de percibir la realidad desde una perspectiva completamente diferente.
Ante mí se extendía el Gran Cañón. Sus estratos geológicos hablaban de tiempos casi inconcebibles para nuestra pequeñísima medida humana: cientos y miles de millones de años de historia de la Tierra. A unos treinta metros debajo de mí había dos indígenas del lugar, navajos. Y arriba, al borde del precipicio, estaba yo: un ser humano con apenas unas décadas de existencia, contemplando aquella inmensidad de espacios y tiempos cósmicos.
Surgió en mi alma, de golpe, espontáneamente, una intuición feliz: todo formaba parte de una “continuidad viva”.
Las rocas, la Tierra, la evolución de la vida, aquellos dos seres humanos y yo mismo no éramos realidades simplemente yuxtapuestas. Pertenecíamos a una misma historia cósmica. Pero no experimenté solamente una continuidad material o geológica. La sentí, de una manera difícil de expresar, como una continuidad inteligente y —pase la palabra— “amorosa”.
No quiero decir que hubiera demostrado racionalmente la existencia de una inteligencia que dirige el universo. Fue más bien una percepción interior: aquella inmensa realidad parecía poseer coherencia, profundidad y significado. Y yo, infinitamente pequeño ante ella, pertenecía a esa realidad.
Curiosamente, mi pequeñez no me produjo angustia. Sucedió exactamente lo contrario. Comprendí que mi vida era como un microsegundo en la enorme pantalla del universo. Pero ese microsegundo era único. Nunca antes había existido exactamente este ser humano contemplando aquel paisaje, consciente de existir y capaz de maravillarse ante él.
Intuí entonces, existencialmente, algo fundamental: ser pequeño frente a la grandiosidad no quiere decir ser insignificante.
Soy cristiano, y desde la filosofía cristiana aquella intuición adquiría una profundidad particular. Para san Agustín, santo Tomás de Aquino y otros, Dios no es simplemente un ser poderoso situado en algún lugar del universo. Es el fundamento mismo del ser, aquello por lo cual todo cuanto existe puede existir, yo también. La creación depende radicalmente de él en cada instante.
Y me vino a la mente Teilhard de Chardin, el gran paleontólogo y teólogo jesuita. La materia del universo, después de miles de millones de años, produjo estrellas, planetas, moléculas, vida y finalmente conciencia. En nosotros sucede algo extraordinario: el universo llega, de alguna manera, a tomar conciencia de sí mismo y más. Recordé también una frase de un anciano navajo: “¡Recuerda que eres polvo de estrellas!”.
Las rocas del Gran Cañón simplemente estaban allí. Pero yo podía mirarlas y preguntarme por su inmensa historia. Los mismos elementos que constituyen las estrellas y las rocas habían llegado, en un ser humano, a adquirir vida, conciencia, memoria, capacidad de preguntarse por el sentido y, lo más importante, de amar, de un amor que puede crear comunión.
Teilhard veía un movimiento desde la materia hacia la vida, desde la vida hacia la conciencia y desde la conciencia hacia un amor-comunión cada vez mayor. Es lo que él llamaba el Punto Omega: Cristo. Se entiende entonces a san Pablo cuando escribe sobre el destino final de la humanidad y de lo creado: “Recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra” (Efesios 1, 10).
A Pablo le hace eco Benedicto XVI, en un discurso del 24 de julio de 2009: “Es la gran visión que tuvo también Teilhard de Chardin: al final tendremos una auténtica liturgia cósmica en la que el cosmos se convierta en hostia viva”.
No afirmaría que aquella tarde Dios me reveló directamente una verdad sobre el universo. Prefiero pensar que durante unos instantes experimenté, contemplativamente, que mi existencia pertenecía a un Todo “vivo”, inmensamente mayor y que, sin embargo, no desaparecía dentro de él.
Quizá por eso me conmueven ciertas grandes obras musicales. En una sinfonía de Beethoven o Dvořák, una nota dura apenas un instante y desaparece. Sin embargo, no es insignificante. Su significado procede precisamente de pertenecer al conjunto.
Tal vez nuestra existencia sea algo semejante.
Soy una nota brevísima dentro de una sinfonía que comenzó miles de millones de años antes de mi nacimiento y continuará después de mi muerte. No me sentí importante. Me sentí profundamente pequeño, pero simultáneamente vivo, consciente, agradecido y misteriosamente valioso. Mi vida podía ser solamente un microsegundo dentro de la inmensidad cósmica, pero era mi microsegundo, irrepetible y lleno de significado, hecho para amar.
Entonces adquirieron una resonancia particular las últimas palabras del Paraíso de Dante: “El Amor que mueve el sol y las demás estrellas”.
Y fue tal la alegría y la ligereza interior que experimenté que, hablando metafóricamente, me alejé de aquel lugar caminando feliz como nunca a “medio metro” sobre el suelo.
por Miguel Novak



