Una profecía de Amoris laetitia

El Concilio Vaticano II inauguró una nueva etapa para el anuncio del Evangelio del matrimonio y de la familia, centrándose en dos aspectos muy significativos que aún hoy requieren una profundización teológica y pastoral para la misión de la Iglesia, especialmente en esta “era digital”: por un lado, a través de la Gaudium et spes, el Concilio decidió asumir “el amor humano” como punto de referencia teológico que favorece una comprensión más adecuada del matrimonio y de su realidad sacramental; por otro lado, presenta el matrimonio como una vocación y un estado de vida en la Iglesia, que conduce a la santidad.

Por Juan de la Torre (Argentina)

Amoris laetitia se inscribe en este camino hacia un diálogo renovado con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Vinculada al Jubileo de la Misericordia, pretende anunciar “la alegría del amor que se vive en las familias” (AL 1) y por eso, busca “valorar los dones del matrimonio y de la familia”, mientras que “alienta a todos a ser signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza a la perfección o no transcurre con paz y alegría” (AL 5).

Ofrecer una reflexión sobre el amor en la familia significa también poner de relieve la realidad concreta que los cónyuges y las familias viven y enfrentan en el presente de la historia. Desde esta perspectiva, al abordar las fragilidades y los límites de la condición humana, la Exhortación destaca cómo la acción de la gracia tiene primacía en la vida de cada persona. De hecho, ante las fragilidades de muchos bautizados en cuya vida se ha roto el vínculo matrimonial, la Iglesia reconoce “que la gracia de Dios obra también en sus vidas, dándoles el valor para hacer el bien, para cuidarse con amor el uno al otro y estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan” (AL 291). En ese sentido, busca “fomentar la apertura” (AL 37) y “la confianza en la gracia” (AL 36) para que las personas que eligen el camino del matrimonio y la familia —que es “un camino dinámico de crecimiento y realización” a lo largo de toda la vida (AL 37) en el que se “avanza gradualmente” (AL 295)— “estén más dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece” (AL 35).

Amoris laetitia propone como eje central de todo su mensaje “la pastoral del vínculo” que se establece entre los cónyuges (AL 211): en esa relación del “nosotros” que se desarrolla entre ellos será posible encontrar los caminos “que ayuden tanto a madurar el amor como a superar los momentos difíciles” (ibíd.); se trata de una verdadera “pedagogía del amor, que no puede ignorar la sensibilidad actual de los jóvenes”, y que integra la enseñanza de la Iglesia y la espiritualidad con “caminos prácticos”: consejos, estrategias y orientaciones psicológicas (ibíd.).

En este aspecto central de la pastoral del vínculo entre los cónyuges, conviene detenerse en el aspecto de la espiritualidad. Así como el capítulo 1 de la Exhortación contempla el matrimonio y la familia a la luz de la Palabra de Dios, el capítulo 9 retoma oportunamente la mirada de la fe que confiere el sentido más profundo a toda la realidad humana renovada por el amor de Dios manifestado en Cristo. En este sentido, Amoris laetitia presenta en diversas ocasiones la realidad del matrimonio y de la familia desde la perspectiva trinitaria: “Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo vivo” (AL 11) y el amor entre los cónyuges “es un reflejo peculiar de la Trinidad” (AL 161; cf. también: 63, 71, 86, 314, 324).

Amoris laetitia retoma así el concepto de comunión que se deriva de la eclesiología de “Polo de Dios” propuesta por el Concilio —una visión del misterio y de la misión de la Iglesia a la luz de Dios Trinidad— y presenta un horizonte trinitario que ilumina la realidad del matrimonio y de la familia. Esta perspectiva trinitaria está generando una recepción teológica y pastoral en el Magisterio eclesial reciente, lo cual contribuye notablemente a valorar el matrimonio y la familia como sujetos de la misión de la Iglesia, dotados de un don propio (carisma —cf. Lumen gentium 11—) y que encarnan, en Cristo, la dinámica de la vida trinitaria en la Iglesia y en el mundo.

Me gustaría citar al respecto un pasaje muy significativo del Documento final del Sínodo sobre la sinodalidad. Tras afirmar que la Iglesia sinodal y misionera encuentra su fuente y su horizonte en el misterio de amor de la Trinidad (cf. DF 15), se presenta a la familia como “un lugar privilegiado para aprender y experimentar las prácticas esenciales de una Iglesia sinodal” (DF 35). Las familias, de hecho, son “lugares donde se aprende a intercambiar el don del amor, de la confianza, del perdón, de la reconciliación y de la comprensión”. Es en la familia donde aprendemos que todos tenemos la misma dignidad, que hemos sido creados para la reciprocidad, que necesitamos que nos escuchen y que somos capaces de escuchar, de discernir y decidir juntos, de aceptar y ejercer una autoridad animada por la caridad, de ser corresponsables y de rendir cuentas de nuestras acciones (ibíd.).

Desde esta perspectiva, la acogida de Amoris laetitia consolida el redescubrimiento del matrimonio y de la familia como sujetos de la misión de la Iglesia, quienes —a través de la vida trinitaria que Cristo realiza entre sus miembros— ofrecen su propio carisma al Pueblo de Dios y a la humanidad •

*Esta nota fue publicada originalmente en la edición de noviembre de la revista Ekklesia.

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