Pongámonos la 10

Editorial

«Ponete la 10”. La expresión aparece seguido entre jóvenes –y no tan jóvenes– cuando alguien le pide a otro que tome la iniciativa: organizar una juntada, ponerse al frente de un proyecto, encarar un desafío colectivo. No suena a imposición; al contrario, es casi una declaración de confianza. Se le pide “la 10” a quien tiene la capacidad, el empuje y la generosidad necesarios para conducir al grupo hacia un objetivo común, por pequeño o grande que sea.

La frase, claro está, nace del universo futbolero. Y en tiempos de Mundial adquiere todavía más fuerza simbólica. El “10” representa al conductor, al creativo, al que ordena el juego y muchas veces también al capitán que sostiene al equipo en los momentos difíciles. Lo veremos durante semanas en las selecciones que animarán la gran cita que este año se disputará en México, Canadá y Estados Unidos.

Durante un mes, buena parte del planeta tendrá la mirada puesta allí. Si solo contemplamos la población de las 48 selecciones participantes, se calcula que más de dos mil millones de personas seguirán de cerca lo que ocurra en la Copa del Mundo. Una pasión capaz de detener rutinas, alterar horarios y unir conversaciones en cualquier rincón del planeta. El fútbol tiene esa extraordinaria capacidad de reunir, emocionar y generar sentido de pertenencia.

Pero justamente por eso, porque sabemos el enorme poder de una pelota rodando, necesitamos hacer un esfuerzo consciente para no perder de vista el otro partido: el que se juega todos los días en la vida concreta de millones de personas. Mientras el mundo celebra goles y hazañas deportivas, continúan las guerras, las injusticias, el avance de la violencia, la exclusión y la pérdida de derechos fundamentales. Y nada de eso puede quedar eclipsado detrás del espectáculo.

El gran desafío es que la pasión no se convierta en distracción. Que aquello que vivimos frente a una pantalla no nos haga olvidar la responsabilidad que tenemos frente a quien sufre, frente a quien piensa distinto, frente a quien necesita una mano cerca de nosotros. Porque el verdadero campeonato también se juega en lo cotidiano: en el trabajo, en la universidad, en la familia, en el barrio, en nuestras decisiones pequeñas de cada día.

Ahí también estamos llamados a ser equipo. A entender que nadie se salva solo y que el talento individual alcanza su mejor versión cuando se pone al servicio de los demás. Tal vez nuestra cancha no sea un estadio mundialista ni nuestras jugadas aparezcan en las noticias, pero cada gesto de fraternidad, cada acto de honestidad y cada compromiso con el bien común tienen una fuerza expansiva mucho mayor de la que imaginamos. A veces, una pequeña acción puede iniciar transformaciones impensadas.

Por eso, quizás este también sea un buen tiempo para animarnos a “ponernos la 10”. No desde el ego del que quiere sobresalir, sino desde la responsabilidad de quien decide involucrarse. Hacen falta personas capaces de crear comunidad, tender puentes y contagiar esperanza en medio de un clima social cada vez más fragmentado.

Es hora de salir a la cancha. En este equipo nadie sobra. Todos tenemos algo valioso para aportar. Y tal vez el verdadero triunfo consista precisamente en eso: en jugar el partido de la vida con coraje, humanidad y la convicción profunda de que todavía vale la pena construir un mundo más fraterno

Es esta la clave en la que nos hablan algunas de las experiencias que compartimos.

Por un lado, cómo la tecnología puede afectar a esta construcción del vínculo: acrecentando una brecha que naturalmente existe entre una generación y la otra, o como facilidad para el acompañamiento de quienes lo necesitan de manera más dedicada. 

Cómo el desafío de aprender algo nuevo nos iguala y no solo nos da la oportunidad de crecer momento a momento, sino que además, en este caso, reconoce las experiencias de vida como el valor fundamental, digno de ser contado a todos. 

O algunas experiencias personales en las que atravesar una enfermedad como el Alzheimer, que nos habla de memoria y olvido, de pasado y presente, puede ser algo enormemente desafiante, pero que nos invita a dar un paso más en nuestras relaciones y amar al otro como es hoy.

¿Y de qué nos habla el ideal de la fraternidad universal sino del mandamiento de “ser familia”? De acompañarnos unos a otros, de festejar el presente que nos encuentra con todo lo que traemos, con lo que somos hoy, con lo que fuimos y lo que podemos ser. De construir relaciones en el eterno presente, que van mucho más allá del tiempo, que no hacen más que enriquecer nuestra vida con la luz del otro. Porque un mundo mejor no solo se construye pensando en el futuro, sino que lo testimoniamos hoy con nuestras relaciones, en un presente que nos encuentra unos con otros y nos da la posibilidad de comprometernos también hoy con ese ideal.

Pongámonos la 10
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