El Secretariado de Ayuda Cristiana a las Cárceles es una institución privada sin fines de lucro que se dedica al apoyo y acompañamiento profesional de las personas que egresan de la cárcel y de sus familias. Su campo de acción abarca todo el país y los servicios que brinda son gratuitos.
Por Secretariado de Ayuda Cristiana en Cárceles (Argentina)
Nuestra misión es actuar para evitar la reincidencia en el delito de los liberados, con un compromiso de servicio y cuidado a la sociedad. Además, buscamos posibilitar la reinserción del liberado y su grupo familiar a través de la resolución de los conflictos que puedan conllevar el delito y desarrollar acciones de prevención concretas. Acompañamos a las personas en conflicto con la ley penal y sus familias, incluso desde antes de que consigan su libertad y hasta que se considere necesario, más allá de que su condena haya finalizado, lo cual es algo en lo que nuestra institución se destaca.
Nuestra visión es contribuir a la disminución de la delincuencia; armonizar las relaciones de los liberados con la sociedad y aportar positivamente a esta; respetar el valor único de cada persona, viendo en el liberado y su grupo familiar, sujetos que pueden ser protagonistas de su propia transformación y que tienen la posibilidad de mejorar las relaciones consigo mismos, con la familia y con la sociedad.
Actualmente se atendieron más de 350 consultas. Se entregaron alrededor de 6.000 kg de alimentos a más de 120 familias y se benefició a más de 450 personas. Se distribuyeron 2.500 prendas de indumentaria. Esto, en el transcurso del último año.
Dos experiencias dentro de esta iniciativa
Personas que forman parte del Movimiento de los Focolares colaboran en la institución. Surgen experiencias de fraternidad, motivadas por el Carisma de Chiara Lubich (fundadora del Movimiento) y que una vez y para siempre, da sentido a la vida de ellos. Percibimos en cada reunión, iniciativa, encuentros personales de trabajo, un “algo más” que nos anima y que –creemos– es fruto de la unidad que Jesús prometió, allí donde dos o más se reúnen en su nombre. Esta presencia suya, como gracia de Dios, se evidencia en la alegría y el empuje que experimentamos.
“Hace muchos años trabajo como licenciada en Servicio Social –cuenta P.A.–. Muchas veces creemos que a los presos, al recuperar su libertad, se les terminan sus padecimientos pero, en general, no es así. Para muchos comienza un tiempo de serias dificultades, sobre todo para aquellos de condición más humilde, que son los que en su mayoría atendemos en nuestro servicio.
La tarea no es fácil, encontramos dificultades, obstáculos, en un contexto carente de políticas de estado que incluyan esta problemática.
Mediante entrevistas individuales y actividades grupales como talleres de capacitación, queremos brindar nuevas oportunidades donde el liberado en primer lugar sea el protagonista de su propio cambio, alejándolo del entorno que lo llevó al delito. En el primer encuentro con el otro, resulta fundamental detenernos, mirarlo y hacerle sentir nuestra cercanía; sin juzgarlo, tratando de comprender su historia para no condenarlo, tampoco justificarlo sino comprenderlo.
Recuerdo el caso de una chica que se acercó por primera vez, luego de estar detenida cuatro años, una mañana muy fría de invierno; comenzamos la entrevista y percibo que estaba temblando de frío; observo y estaba con ojotas y sus pies congelados. Sentí que primero tenía que amarla concretamente y resolver eso. La persona que atiende la ropería no estaba y no teníamos calzado de su número; le propuse ir a comprar juntas un par de zapatillas. Esa función era ajena a mi rol profesional, pero quería que se sintiera amada en esta necesidad concreta. Fuimos a comprar y después de tomar un café, retomamos la entrevista. Luego de una larga charla tratando de escucharla a fondo, me dijo que ‘si tuviera la posibilidad de volver el tiempo atrás, iría a pedirle perdón a la persona a la que le había robado’. Contaba – con dolor– que aún tenía en sus recuerdos la cara de susto de la persona damnificada. Fue la oportunidad de hablarle de la posibilidad de recomenzar y le dije que si bien no podía volver el tiempo atrás, habiendo cumplido con lo impuesto por la ley, podía empezar una vida nueva, tratando de hacer el mejor bien posible a aquel que pasa a su lado.
Pasó un tiempo y si bien no siempre le resulta fácil su proceso de reinserción, lo que la anima –como dice ella– es haber encontrado un lugar donde se sabe escuchada, alentada a no darse por vencida y a superarse día a día. Aún en medio de sus necesidades, siempre que puede nos deja ropa que no usa para compartirla con otros.
La institución es gobernada por una comisión directiva, integrada por miembros de distintos movimientos eclesiales (Opus Dei, Comunidad de San Egidio y recientemente una presencia de los Focolares). Tenemos socios del Movimiento que colaboran de distintas maneras. Tengo el regalo de compartir este espacio con Jorge, mi marido, que es secretario de la comisión. Él siempre me acompañó en esta realidad social. Actualmente y debido a la situación económica que atraviesa el país y que afecta a la institución, se involucró en primera persona buscando recursos y gestionando; y no es que le sobre el tiempo.
Si bien en la Comisión Directiva compartimos la fe y los valores, como en todo grupo humano se presentan dificultades en la toma de decisiones; con frecuencia las ideas “no pedidas” generan roces que traban resoluciones. Es en esos momentos que valoramos la relación fraterna que vamos construyendo y tratamos de ver a Jesús en cada uno, ayudándonos a dar pasos, a no perder fuerzas ni esperanzas, construyendo este espacio de humanidad que él nos confíó”.
“Hace un año que estoy colaborando con la institución –narra M.C.–, después de haber resuelto unos temas de familia, motivada por el deseo de contribuir, dando un poco de mi tiempo a alguna acción solidaria.
Un día nos encontramos con P. para compartir una pizza. Durante la conversación sentí que debía comprometerme en el Secretariado, en este momento presente. Empecé poniéndome a disposición en lo que yo podía cubrir: digitalización de fichas de los liberados, acompañar en compras, hacer un inventario, etcétera. Se genera un lindo clima de trabajo, a pesar de las dificultades que surgen, porque estamos todos dispuestos a colaborar y asistir a los liberados desde nuestro lugar.
Con P. compartimos una hermosa experiencia de fraternidad, para que Jesús entre nosotras nos ilumine e indique el camino. Ella me pone al tanto de los logros y también de los conflictos, para ponerlos en manos de Jesús. Intento acompañarla y escucharla, reconocer los dolores e ir adelante, juntas.
En la primera recorrida por la institución me impactó una imagen de madera: Jesús detrás de unas rejas, con las manos atadas y con la inscripción: ‘porque estuve encarcelado y me visitaste’. Una imagen dolorosísima, sobre todo porque fue tallada por un liberado. En ese momento sentí que Jesús me decía: ‘es por aquí’. Fue una confirmación. Esa imagen me interpela estos últimos días, en algunas ocasiones en que me siento como detrás de unas rejas de las que tengo que liberarme: faltas de amor, debilidades, inseguridades que me impiden ser libre. Pero tengo la posibilidad de recomenzar y es lo que queremos transmitir a nuestros hermanos asistidos.
Tantas veces pensamos que nosotros somos los que damos, pero constatamos que se genera una reciprocidad expresada en gestos de cercanía: abrazos, alientos, bendiciones, agradecimientos, que nos enriquecen y fortalecen”.
Luchador de la vida. Experiencias reales
“Que tus decisiones reflejen tus esperanzas y no tus miedos”, decía Nelson Mandela.
Conocí a Julio, de 57 años, en una feria, en el patio del Secretariado –recuerda P.–; tomaba mate con quienes hoy considera sus verdaderos amigos: personas que cuidan no solo de su cuerpo y de su alimentación, sino también de su alma.
Julio vivió gran parte de su vida en situación de calle. A los 14 años se alejó de su familia y comenzó a rodearse de gente mayor que, según cuenta, lo cuidaba y aconsejaba, aunque nunca pudo reemplazar el afecto que necesitaba. ‘La calle era una jungla, pero gracias a Dios nunca conocí el odio’, relata. También recuerda el consumo de drogas y la soledad: ‘Me sentía mal y me daban cosas que supuestamente calmaban, pero me hacían peor’.
Sin hogar estable ni vínculos familiares fuertes, atravesó años en extrema vulnerabilidad. Hoy mira su pasado con otra perspectiva: ‘Ahora miro mi vida y saco conclusiones. Hay cosas que sirven y otras que no quiero hacer más’. Cuando le pregunté quién lo ayudó en este cambio, respondió sin dudar: ‘El Espíritu Santo. A veces no lo despertamos, pero siempre está’.
Julio asegura que recuperó algo fundamental: su dignidad. ‘Quiero esta vida, quiero a mis hijos. La vida de antes era ficticia’. También afirma que aprendió a valorar el perdón, la autoestima y el tener un propósito.
Al preguntarle qué le gustaría dejar a sus hijos, respondió: ‘Dignidad, sinceridad, sentido de pertenencia y no perder la vergüenza’.
Antes de terminar la entrevista dejó un mensaje para los jóvenes: ‘Que sean solidarios, que ayuden a las almas, que respeten a todos y sepan decir gracias. Y que no se droguen’.
Julio eligió llamar su historia: “Luchador de la vida. Experiencias reales” •
El hoy de la institución
En la última Asamblea del Secretariado se decidió poner en venta el inmueble donde funciona la institución ya que no es funcional en la actualidad y podría significar un ingreso importante para la sustentabilidad de la organización, ya que está resultando muy difícil continuar con todas las actividades de acompañamiento. Por otra parte, se está trabajando en diferentes formas de aportes, donaciones y ayuda.
Para mayor información y consultas, los interesados pueden comunicarse al +54 9 11 32897279 y +54 9 11 32897542 o escribir a secretaria@saccargentina.org También seguir la cuenta de la institución en
Instagram: @saccargentinaoficial



