La nueva ecuación de la sustentabilidad educativa

por Enrique Carlos García (Argentina)*

Existe cierto consenso desde hace tiempo acerca de la complejidad del financiamiento educativo, particularmente de la gestión privada. No estoy tan seguro de que ese consenso comprenda además que la sustentabilidad educativa no depende exclusivamente de la variable económica. Cuando se habla de la crisis de financiamiento educativo en Argentina, para precisar, debería aclararse a qué período se refiere, porque al igual que en el resto de las actividades, la economía general afecta al sector, sumado a que el servicio no puede suspenderse aun cuando el endeudamiento de las familias sea creciente. 

Para estar en sintonía con la megaproducción cinematográfica recientemente estrenada, gestionar escuelas en este contexto es verdaderamente dificultoso; se parece bastante a una “odisea”. Esta monumental obra atribuida a Homero fue escrita entre 750 a 700 años a. C. Relata el regreso a Ítaca de Odiseo (Ulises) luego de participar en la guerra de Troya. Trata temas como el regreso al hogar (que bien podría referirse al punto de partida después de las tribulaciones, algo de lo que también hablara Clara de Asís), recuperar la identidad (o construir una nueva conforme a la adecuación narrativa), la fidelidad, la inteligencia, la relación con los dioses. 

Este relato guarda relación con otro ancestral de carácter religioso como es el Éxodo, que data de 1400 años a. C., que trata temas parecidos: el retorno a la tierra prometida, la relación con la trascendencia y la fidelidad a la Ley. 

La nueva ecuación de la sustentabilidad educativa, como estas narraciones, dan cuenta de un cambio profundo de época. La pregunta ahora es: ¿estamos gestionando escuelas del siglo XXI con modelos mentales del siglo pasado? Tres fenómenos que se dan en simultaneidad: la escasez de recursos, la información abundante y la incertidumbre creciente. Trataré de fundamentar cada uno de ellos.

Recursos escasos

En el último tiempo se verifica de manera creciente la menor capacidad de pago de las familias, asociada con un cambio estructural en la generación de la riqueza, el trabajo, el poder adquisitivo del salario y la modalidad de consumo. Todas estas circunstancias se traducen al interior de la escuela como un incremento de la morosidad. Lo que está en el fondo es la cuestión del crecimiento. En Argentina la relación entre crecimiento y la sustentabilidad no siempre fue amable. En los últimos setenta años solo se identifican tres períodos de crecimiento sostenido: 1960-1970; 1991-1994 y 2003-2007. 

El primero de estos períodos corresponde a los diez años gobernados por Frondizi, Guido, Illia, hasta el golpe de Onganía y la continuidad de Levingston. La tasa de crecimiento alcanzó un promedio de 2,4 % anual, duplicando al de la década anterior. El motor del crecimiento se atribuyó a la sustitución de importaciones y una fuerte industrialización impulsada por la industria metalmecánica y automotriz. El período no estuvo exento de dificultades, ya que se verificaron desequilibrios en la balanza comercial y una incipiente inflación, aunque moderada. 

El segundo período registró un crecimiento producido en gran medida por la salida de la hiperinflación, la venta de las empresas estatales y la implementación de un régimen cambiario de paridad. Fue durante el primer gobierno del presidente Menem. En este período se registró una tasa de crecimiento superior a la obtenida en el ejemplo señalado anteriormente. 

El tercer período, tal vez el más virtuoso, correspondió al presidente Kirchner. El motor del crecimiento se debió a la política de superávit gemelo y las excelentes condiciones comerciales de los commodities, particularmente la soja. 

Algunos economistas partidarios del actual gobierno hablan también de crecimiento en este período, basados en la noción de superávit. Otros, menos ortodoxos, hablan de mejora de la macroeconomía, pero admiten que aún no ha impactado en la microeconomía. Lo aparentemente cierto es que la economía no crece de manera homogénea, depende del sector y las actividades implicadas. 

Ahora una cuestión a destacar. Lo común de los tres períodos de crecimiento detallados anteriormente (apenas 18 de 70 años), es que en primer lugar se trataron de períodos con gobiernos democráticamente elegidos, excepto la última parte del primer ejemplo, detalle que debería retenerse; por otro, el crecimiento estaba también asociado con la idea de prosperidad, es decir, una variable cuantitativa y cualitativa juntas. No parece percibirse lo mismo ahora. 

Pero hay otra situación estructural que afecta la economía no solo de Argentina, sino también de los EE.UU. y China. De las diez actividades económicas que generan empleo en el mundo, dos son industriales, las ocho restantes son servicios. Estas actividades industriales, producto de la automatización por la irrupción de las nuevas tecnologías, generan menos empleo. Esto ya no es un hecho aislado, un evento, es un cambio de paradigma. 

Pero hay algo más que no se genera en el mundo: personas. Por eso la tasa de desempleo no crece, ni aquí ni en el resto del mundo. Pero lo que sí crece en Argentina es la precarización laboral, o dicho de manera menos dramática, la transferencia de empleo en relación de dependencia a empleo autónomo sin las protecciones sociales concomitantes a la otra modalidad. Siguiendo con la descripción del fenómeno de la escasez de recursos, también se verifican restricciones presupuestarias derivada de la reducción de financiamiento del sector educativo privado por parte del Estado y las limitaciones impuestas para trasladar los mayores costos al arancel escolar. Por otro lado, se verifica un incremento de los costos laborales. El Estado está evaluando la suspensión de las reducciones de las contribuciones patronales, lo que afectaría no solo al sector educativo privado, sino también al estatal, en aquellas jurisdicciones adheridas al régimen nacional de pensiones. Debido a las demandas de las familias y en aras del sostenimiento de la calidad, los costos laborales no son los únicos que crecen, también la infraestructura y los insumos didácticos requieren inversión.

Información abundante

Las plataformas educativas, las redes sociales, Internet, la IA generativa han modificado sustancialmente la red informativa con impacto alto en el sistema educativo. No es solo el volumen de la información lo que ha cambiado, también quien lo produce, y sobre todo la velocidad de procesamiento y volumen de almacenamiento. El Apollo 11, la nave que depositó al hombre en la Luna –o en algún estudio de Los Ángeles– en 1969, tenía un procesador cuya velocidad de procesamiento era de 2,048 MHZ, una memoria RAM de 4K y una capacidad de almacenamiento de 72KB, mientras que un celular de capacidad media tiene un procesador superior, dos millones de veces más de memoria RAM y tres millones y medio de veces más de capacidad de almacenamiento. 

El impacto de la irrupción de la IA en el sistema educativo aún lo estamos mirando de afuera. Muchas de las tareas administrativas están siendo reemplazadas por bots de autogestión en procesos centrales como matriculación y recuperación de cobranzas.

Incertidumbre creciente

Las organizaciones fueron diseñadas para gestionar y asumir riesgos, pero no están tan preparadas para administrar incertidumbre. El sector se encuentra muy afectado por la crisis demográfica. Durante el último quinquenio, la Argentina experimentó una disminución sostenida en su tasa de natalidad, reflejada de forma directa en la matrícula de los niveles inicial y primario, particularmente en las jurisdicciones de la Provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Este fenómeno demográfico impacta tanto en la red estatal como en la privada, generando escenarios de sobrecapacidad en algunas zonas urbanas y riesgo de cierre en escuelas de baja matrícula.

La tendencia observada desde 2019 indica un descenso promedio anual del 1,5  %, con mayor impacto en el nivel inicial. Las proyecciones refuerzan la continuidad del proceso de contracción, especialmente en el sector privado de escala media y baja.

Según la Dirección de Estadísticas dependiente de la Secretaría de Educación de la Nación, en 2019 se registraban 44.439 escuelas; en 2025, 50.588, es decir 6.149 más, un 13,8 % más a pesar de la reducción de la natalidad. Solo 317 corresponden al sector privado. La distribución de escuelas según la gestión pasó del 75 % del total de escuelas en 2019 en cabeza del Estado al 77 % en 2025. Ahora, si vamos a la matrícula, en 2019 el sistema registraba 11.530.641 alumnos. En 2025, 11.143.278, 3,5 % menos. Pero la distribución según gestión se mantuvo invariable. El 71 % de la matrícula corresponde a gestión estatal. Las 44.439 escuelas del 2019 emplearon 802.301 cargos docentes y en 2025, 889.843, registrando un crecimiento del 11 % en dicho período. La distribución según la gestión pasó del 73,5 % al 74,6 % de 2019 a 2025 en el sector estatal. Correlacionando las variables, el promedio de alumnos por escuela pasó de 246 a 201 en el sector estatal y de 301 a 283 en el sector privado de 2019 a 2025, es decir, perdió un 18 % el sector estatal, mientras que el privado, el 6%. La hipótesis de que la baja de matrícula estaría afectando al sector privado únicamente no se verifica. Tampoco se verifica una migración de población del sector privado al estatal por la situación económica, esto se explica parcialmente por el incremento de la deuda y morosidad. La baja de la natalidad redefine la planificación educativa argentina. Los hallazgos del presente informe indican que, sin medidas de reconversión, la red escolar tenderá a sobredimensionarse en ciertas zonas, mientras que en otras se concentrarán los alumnos restantes. Es imprescindible fortalecer la planificación territorial, diversificar la oferta institucional y promover modelos de innovación educativa.

Como venimos repitiendo, la sustentabilidad educativa ya no depende solamente del equilibrio financiero, depende de la capacidad institucional para adaptarse. Quisiera desarrollar esta idea un poco más. Para ello me voy a remitir al concepto de “paradigma”. Paradigma viene del griego παρά (para-): “junto a” o “al lado de” y δεῖγμα (deigma): “ejemplo” o “patrón”. En La estructura de las revoluciones científicas, Thomas Kuhn sostiene que la ciencia no progresa acumulando conocimientos, sino cambiando los marcos desde los cuales interpreta la realidad. Los paradigmas son modelos que responden a cuatro preguntas: ¿Qué problemas vale la pena resolver? ¿Qué soluciones son aceptables? ¿Qué evidencia consideramos válida? ¿Qué significa hacer bien las cosas?

Mientras el paradigma funciona, todo parece estable. Pero empiezan a aparecer anomalías, que al principio parecen eventos aislados. Después se multiplican hasta que el paradigma deja de explicar la realidad. Entonces sobreviene la crisis, hasta que finalmente emerge un nuevo paradigma. 

Durante casi dos siglos el paradigma educativo fue extraordinariamente exitoso. Las escuelas estaban pensadas para alfabetizar, disciplinar, transmitir conocimientos, preparar trabajadores para la sociedad industrial. Ese paradigma resolvió los problemas del siglo XIX y gran parte del siglo XX. Esto no es lineal. Existen organizaciones que siguen pensando que el paradigma está vigente y tratan con categoría estratégica lo que otros aplican operativamente. 

Pero hoy aparecen anomalías que ya no son excepciones. Caída de matrícula, docentes agotados, familias que cuestionan la autoridad escolar, inteligencia artificial, aprendizaje fuera de la escuela, crisis demográfica, jóvenes con nuevas formas de aprender. Estos ya no son problemas aislados, son síntomas inequívocos de un cambio de paradigma. La escuela dejó de ser el nodo central del conocimiento. La información ya no necesita pasar por la escuela para llegar al alumno. Entonces el cambio de paradigma va acompañado de un cambio de misión. Ya no enseñamos solamente contenidos; no es que esto en sí mismo esté mal. Al contenido lo tenemos que transmitir concomitantemente con una buena dosis de discernimiento, pensamiento crítico, juicio ético, capacidad para distinguir verdad de manipulación. No falta información sino criterios. La escuela del siglo XX enseñaba respuestas, la del siglo XXI debe enseñar a formular buenas preguntas (promt). El conocimiento cambia demasiado rápido. Se debe desarrollar la capacidad de resiliencia. En el siglo XXI probablemente debamos reinventarnos varias veces durante nuestra vida. Esto no es especialmente nuevo, ya lo vivimos. 

La nueva ecuación de la sustentabilidad

Durante décadas la ecuación era relativamente sencilla: más alumnos, más ingresos, más docentes, más prestigio, más alumnos, y así sucesivamente. Este círculo virtuoso hoy se rompió, ahora la ecuación es distinta. La nueva ecuación no es una suma algebraica de capacidades, sino un producto. Si una de ellas es cero, el producto es cero. Entonces la nueva sustentabilidad educativa depende de: solidez económica X relevancia pedagógica X confianza social X capacidad de adaptación.  

Cuando un paradigma cambia, las mismas respuestas producen problemas nuevos. La mayor amenaza para una organización no es la falta de recursos, es aferrarse a una narrativa que ya no explica el mundo. Les propongo cambiar la pregunta: ¿cómo sostenemos nuestras escuelas?, por: ¿qué escuela necesita el mundo que está naciendo? Porque la sustentabilidad económica será la consecuencia de esa respuesta. La verdadera sustentabilidad de una escuela no depende solo de su balance económico. Depende de que conserve un propósito capaz de generar confianza, sentido y comunidad en medio de un cambio de paradigma. Cuando una institución sabe por qué existe, encuentra con mayor creatividad cómo sostenerse; cuando pierde ese propósito, ni siquiera una buena situación financiera garantiza su futuro.

*Profesor universitario de Filosofía, contador público, licenciado en Psicología.  

La nueva ecuación de la sustentabilidad educativa
Comparte en tus redes sociales

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll hacia arriba