En Luján, el primer Encuentro Nacional de Movimientos, Asociaciones y Corrientes de Espiritualidad reunió a 92 representantes de 25 realidades eclesiales. Tres días de escucha, intercambio y fraternidad hicieron visible una convicción: los distintos carismas pueden potenciarse mutuamente para transformar el mundo desde el Evangelio.
Por Mabel Bianconi (Argentina)
Del 9 al 11 de octubre, la Villa Marista de Luján (provincia de Buenos Aires) fue escenario del primer Encuentro Nacional de Movimientos, Asociaciones y Corrientes de Espiritualidad (ENAM 2026), que reunió a 92 participantes, representantes de 25 realidades eclesiales de todo el país, bajo el lema “Laicos para transformar el mundo”, inspirado en las palabras de Jesús: “Que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
Convocado por la Mesa Nacional de Movimientos del Secretariado para los Laicos, Vida y Familia (SEPLAI) de la Conferencia Episcopal Argentina, el encuentro nació de un camino de reconocimiento y articulación que se venía desarrollando desde hacía varios años. El propósito era conocerse más, compartir lo que cada movimiento ya está haciendo y descubrir cómo esas experiencias pueden enriquecerse unas a otras para responder, desde el Evangelio, a los desafíos de la sociedad. La invitación era a vivir la sinodalidad, es decir, aprender a caminar juntos, escuchando al Espíritu Santo y reconociéndonos corresponsables de la misión de la Iglesia.
Muchos carismas, una misma misión
El encuentro comenzó con la reflexión del padre Carlos Galli sobre la Iglesia como pueblo de Dios, peregrino y misionero, y el lugar de los carismas en ese camino. Durante las jornadas se presentaron experiencias de trabajo pastoral y social en ámbitos muy diversos, como misión y evangelización, educación, política, justicia, salud, familia, infancia, adolescencia, diálogo cultural e interreligioso, liturgia, vulnerabilidad y trabajo, entre otros.
Cada presentación permitía asomarse a una realidad concreta, conocer las búsquedas de otros y reconocer cuánto bien ya se está gestando en distintos lugares. Al mismo tiempo, dejaba abierta una posibilidad: ¿qué pasaría si esas iniciativas pudieran encontrarse, apoyarse y crecer juntas?
Las imágenes que surgieron durante el encuentro ayudaron a expresar esa intuición. Imágenes sencillas que dicen algo esencial: la unidad no significa uniformidad. Cada carisma tiene una historia, una espiritualidad y una manera propia de responder a las necesidades de las personas. El desafío consiste en reconocer esa riqueza sin comparaciones ni competencias, y descubrir cómo puede contribuir al bien común.
Aprender a escucharnos
Uno de los momentos centrales fue la conversación en el Espíritu, una metodología que invita a escuchar con atención, compartir lo que cada uno lleva en el corazón y dejar espacio para que la palabra del otro también transforme la propia mirada.
Los obispos Adolfo Canecín, de Goya, y Adolfo Uriona, de Río Cuarto, acompañaron las jornadas con una cercanía que también se expresó en gestos cotidianos de servicio. Compartir las tareas, ayudar a ordenar o levantar los platos fueron pequeñas expresiones de una Iglesia en la que todos pueden reconocerse hermanos, sin que las responsabilidades o los ministerios se conviertan en distancias.
En las resonancias finales, muchos participantes expresaron haber vivido una profunda experiencia de unidad, marcada por la alegría, la escucha y la fraternidad. Aparecieron palabras que sintetizaban lo vivido: “el nosotros” y “ser comunidad de comunidades”.
Una Iglesia que se construye entre todos
El Movimiento de los Focolares participó compartiendo experiencias de distintos ámbitos de su vida y misión. Entre ellas, el acompañamiento a las diferentes etapas de la vida —niñez, adolescencia, juventud, adultez y personas mayores—; la Casa Mariápolis de José C. Paz; la experiencia de diálogo interreligioso Mosaico, nacida del encuentro entre jóvenes de distintas tradiciones religiosas, y el trabajo de los centros comunitarios.
Estas experiencias formaron parte de un intercambio más amplio, en el que cada realidad pudo ofrecer algo propio y, al mismo tiempo, recibir de las demás. La participación fue también fruto de un discernimiento compartido dentro del Movimiento, para que las experiencias presentadas representaran muchas de las distintas dimensiones de su compromiso con la Iglesia y la sociedad.
Los jóvenes del Movimiento que participaron vivieron esta experiencia con empuje, frescura y alegría, dejando vislumbrar una nueva primavera en nuestra amada Iglesia.
Comparte Augusto Saad, joven del Movimiento: “Yo venía a este encuentro pensando: ‘voy a llevar el carisma a la Iglesia, a otros hermanos’. Y la verdad es que me encontré con algo que en teoría ya sabía pero lo pude vivir, lo pude experimentar, que en realidad el carisma es de la Iglesia”.
El cierre tuvo lugar en la Basílica de Nuestra Señora de Luján, durante la Eucaristía presidida por monseñor Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján. Allí se puso ante el altar lo vivido durante las jornadas, junto con el compromiso de continuar caminando juntos. El llamado a ser “sal de la tierra y luz del mundo” retomó el sentido profundo del lema que dice que la misión de los laicos no se agota en la vida interna de las comunidades, sino que se despliega en la historia, allí donde las personas necesitan esperanza, justicia, fraternidad y cuidado.
Al concluir, quedó la certeza de que el encuentro no era un punto de llegada, sino el comienzo de una etapa. La invitación es a seguir tejiendo vínculos, apoyando lo que otros hacen y buscando oportunidades para trabajar juntos, sin superponerse, sino potenciándose.
Sentimos que a la luz de esta experiencia se ha hecho realidad aquello que el papa san Juan Pablo II pidió a Chiara Lubich y a los movimientos eclesiales durante el histórico Encuentro Mundial de los Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades en la Plaza de San Pedro, que se realizó el 30 de mayo de 1998 (vigilia de Pentecostés): trabajar por la comunión y la unidad mutua. Aquella vez se reunieron por primera vez a nivel global fundadores y miembros de decenas de movimientos eclesiales, un evento que con el tiempo ha sido conocido y recordado como Pentecostés de 1998 o Primavera de los Movimientos.



