Por Manuel Nacinovich (Argentina)
La foto final del Mundial 2026 es la de España campeón. Los jugadores de la selección europea levantando un merecido trofeo luego de jugar mejor que Argentina en la final y ganar con un gol agónico en el segundo tiempo suplementario, al minuto 106.
Pero basta desplazar un poco la mirada, no demasiado, apenas unos centímetros, para notar una presencia que explica la complejidad que ha tenido esta Copa del Mundo. En el centro de la imagen, los futbolistas españoles. A su izquierda, de pie, estoico, Donald Trump.
A medida que pasen los años, como sucede con todas las experiencias en la vida, el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá tendrá puntos salientes en la memoria que lo mantendrán a lo largo del tiempo.
Esos puntos variarán según la perspectiva personal, pero hay algunos que inobjetablemente estarán más presentes que otros. El protagonismo de Donald Trump es uno de ellos. También su estrecha relación con el presidente de FIFA, Gianni Infantino, que corrió detrás de él para explicarle que no podía estar junto a la selección de España en la celebración con el trofeo.
El conflicto bélico entre Irán y Estados Unidos que precedía la cita mundialista se extendió durante el evento, con tratos injustos contra el equipo iraní, denunciados por el mismo plantel: “Somos el equipo más oprimido del Mundial”, se quejó el DT de la selección, Amir Ghalenoei.
La tarjeta roja de Folarin Balogun, delantero de Estados Unidos, se volvió una cuestión de estado. La expulsión del futbolista provocó un pedido expreso de la Casa Blanca a la FIFA para que se reviera la sanción, llamada de Donald Trump mediante para lograrlo. “Pedí que se reconsiderara porque no pensaba que hubiera sido foul”, confesó el mandatario norteamericano.
La FIFA aceptó y a Balogun le revocaron la tarjeta roja. Su equipo respiró: podría contar con él, uno de sus jugadores estrella, para disputar el partido por octavos de final ante Bélgica.
El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, elegido mejor árbitro de África en 2025 y uno de los representantes de su continente para impartir justicia, fue deportado apenas pisó Estados Unidos. A pesar de tener la visa correspondiente y de haber sido seleccionado por autoridades oficiales para arbitrar, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza le denegó el ingreso. “Creo que tienen un problema con mi país”, declaró Artan.
La Copa del Mundo 2026 también trajo la novedad de los cooling break o pausas de hidratación. Un desmembramiento en cuatro partes del partido de fútbol, con una pausa por tiempo. Primer tiempo –cooling break– culminación del primer tiempo. Segundo tiempo –cooling break– culminación del segundo tiempo. Los partidos de fútbol se transformaron en partidos de básquet, bajo el argumento de que las altas temperaturas que azotaban los encuentros obligaban a los protagonistas a refrescarse. Incluso en aquellos encuentros que se jugaban en estadios con aire acondicionado y microclima.
Las olas de calor eran innegables y fueron una constante a lo largo del torneo. Lo cierto es que mientras los futbolistas se hidrataban, las tandas comerciales aprovechaban los tres minutos de pausa para copar las pantallas de TV con anuncios, entre ellos los de las cada vez más populares casas de apuestas. Según la consultora Novarum, las búsquedas de apuestas online se disparaban un 150 % en cada cooling break. “No es una cuestión económica, para nosotros es una cuestión puramente deportiva”, justificó Infantino.
Entre las lágrimas de felicidad y tristeza, que por momentos se entremezclan y funden la emoción de proveniencia en una sola sensación, los argentinos recordaremos este Mundial como el de la felicidad extraordinaria que nos dio la Selección de Lionel Scaloni y sus múltiples hazañas a lo largo del campeonato, con Lionel Messi que fue una hazaña en sí mismo.
El tiempo dirá si queda apenas como un detalle amargo la brutal campaña de odio que inundó las redes sociales contra Argentina, el equipo argentino, Messi y los argentinos en sí mismos, que contó con el soporte de algunos medios de comunicación internacionales, figuras del espectáculo y sectores de la política. Discursos cargados de violencia y racismo, motorizados por fake news y una evidente estrategia de propaganda que encontró en el universo virtual terreno fértil para multiplicarse pero que tuvo serias réplicas en la vida real.
Con todo eso, la Copa del Mundo logró mostrar una vez más la potencia de este maravilloso deporte popular que, como tal, es capaz de construir puentes entre las realidades más opuestas y diversas.
Egipto le ganó a Australia por penales en los dieciseisavos de final. Los escombros de la Franja de Gaza, allí donde generaciones enteras de personas no conocen la paz y cuyo margen suroeste limita con territorio egipcio, se transformaron en punto de encuentro y felicidad para cientos de personas que inflaron el pecho de alegría en medio del horror.
El campo de refugiados de Musasa, en África, se convirtió en epicentro de festejos exultantes cuando la República Democrática del Congo logró vencer a Uzbekistán y clasificar en la fase de grupos por primera vez en su historia. El triunfo del equipo nacional, en la tragedia de la guerra, fue un refugio para los refugiados.
Si el fútbol es el deporte más masivo del planeta, un Mundial se transforma en una vidriera gigantesca, capaz de amplificar lo que sea que se coloque en primer plano. Y ahí, en primer plano, vimos el encuentro de culturas, de rostros y de sueños.
De pasiones con proveniencias diversas y distantes entre sí, incluso con idiomas y símbolos diferentes, que se encontraban como iguales en un grito de gol, en el orgullo patrio o en la tristeza de la derrota. En el centro de la escena, la pelota, con su poder de atracción inigualable.
Colombia venció a Ghana en dieciseisavos de final en el terreno de juego, pero las tribunas fueron testigo de cómo un hincha ghanés cantaba el himno con orgullo en medio de un grupo de hinchas colombianos que no solo respetaron su momento sino que se subieron a la alegría y celebración del africano. Tal vez la humanidad tenga más puntos en común de los que solemos creer. Tal vez.



