Frenar de golpe nunca es bueno. Más vale aminorar la marcha paulatinamente hasta el punto de detenerse. En este mismo espacio, el mes pasado, se hacía la invitación a desacelerar en el último tramo del año con el objetivo de poner atención en lo esencial, y que el deseo de compartir y disfrutar de los vínculos prevalezca por sobre el vértigo y apuro al que nos arrastra cada diciembre.

En estos primeros meses muchos tendrán la posibilidad de ponerle ese freno necesario a la rutina, una nueva oportunidad para descansar y recobrar energías para lo que vendrá. Habrá quienes puedan disfrutar de un nuevo paisaje aprovechando las bellezas geográficas de nuestros cuatro países y quienes harán de sus propios pueblos y ciudades el lugar donde detenerse para vivir sin la tiranía del reloj.

No obstante, si bien tenemos la ocasión de liberarnos de ciertas ataduras impuestas a lo largo del año, en la época estival también podemos quedar presos de otros factores que pueden limitar u opacar nuestra propia autenticidad. Los estereotipos sociales y culturales que muchas veces intervienen en la imagen de cada persona pueden jugarnos una mala pasada y someternos a una exigencia para que nuestro cuerpo esté dentro de los cánones de belleza que impone la sociedad.

¿Cómo combatir el bombardeo de imágenes que nos llegan a través de todos los medios, sobre todo en redes sociales, que nos ponen delante de un ficticio espejo que tantas veces nos hace creer en un reflejo distorsionado de nuestro propio cuerpo? ¿Cómo valorar ese cuerpo que tenemos, único e irrepetible, sin caer en las garras de esos “modelos perfectos” que propone la sociedad?

Es valioso y sumamente importante atender nuestro cuerpo, para que esté saludable y en armonía con toda nuestra persona, que además del aspecto físico necesita crecer y fortalecer su dimensión espiritual, intelectual y social.

Por eso este tiempo que comienza puede ser una excelente oportunidad para recomenzar y volver a mirarnos de manera integral. En diferentes estudios científicos han llegado a la conclusión de que una persona es capaz de convertir una actitud en hábito después de repetirla durante 21 días. Seguramente no todos tengamos la posibilidad de detener nuestras actividades profesionales o de estudio durante tres semanas, sin embargo el tiempo que tengamos a disposición puede convertirse en el escenario propicio para iniciar ese cambio y volver a armonizarnos con nosotros mismos y con los demás.

Un buen descanso, una sana alimentación, esparcimiento, juegos, menos redes sociales, encontrarnos con personas queridas pueden ser solo algunos aspectos que podemos considerar durante este período para recuperar energías y potenciarnos de cara a lo que será, seguramente, un nuevo y exigente año.

Es momento de “perder el tiempo”. Esa expresión que tantas veces transmite una connotación negativa podemos transformarla en sinónimo de bienestar. Al final nos daremos cuenta de que habrá sido la mejor inversión para esta época del año y nos dará la posibilidad que al mirarnos en el espejo descubramos, con alegría, nuestra verdadera imagen. Tal cual como somos.

¡Feliz 2023 para todos!   

El bienestar como hábito
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2 comentarios en «El bienestar como hábito»

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