Equilibrio en la palma de la mano

Nomofobia, una palabra extraña y desconocida, pero que poco a poco se va colando en el léxico de una sociedad cada vez más dependiente de los dispositivos móviles. De hecho, es el nombre que recibe la adicción al celular. El término proviene del anglicisimo No Mobile Phone Phobia, que refiere a la ansiedad o miedo irracional a quedarse sin acceso al teléfono móvil.

Quien lea por primera vez este término, quizá se esté preguntando si sufre de este trastorno, que puede generar ansiedad y un malestar excesivo cuando su celular está apagado, fuera de cobertura, sin batería o se lo olvida en algún lugar. Son tantas y tan diversas las acciones que hoy en día dependen del smartphone, que estos síntomas suelen ser agudos en muchas personas, al punto de manifestar intranquilidad en un lugar, o regresar a casa por el aparato, como consecuencia del estrés que les genera saber que estarán desconectadas por un tiempo.

El veloz avance de la tecnología ha acostumbrado a buena parte de la humanidad a la optimización de tareas cotidianas con apenas un clic en una pantalla que cubre la palma de la mano, de modo que, de pronto, lo que no pueda resolverse por ese medio asoma como una dificultad para la cual sentimos no estar preparados.

Son innumerables los beneficios que generan en las personas el celular o cualquier dispositivo móvil. De nada serviría ahora enumerarlos, porque, si bien están globalizados, también es cierto que el uso que se les da es tan personal que cada individuo puede dar su impronta al manejo de Internet, aplicaciones, redes sociales, llamadas, etc. No obstante, una muestra puede ser lo sucedido con el regreso del futbolista Luis Suárez a Nacional de Montevideo, hecho en el que las social networks cumplieron un papel fundamental, que repasamos en esta edición.

La intención de estas páginas no es poner el foco en la herramienta, que es magnífica, sino, más bien, en el uso que cada uno le da. Como en muchas otras actividades –comer, beber, jugar– la clave está en el equilibrio que encontramos entre su uso y el abuso, intentando que sea un elemento que beneficia y ayuda en nuestra vida, y no algo que nos perjudique individualmente o bien, en la relación interpersonal con quienes nos rodean.

En sobremesas familiares suelen surgir las diferencias sobre cómo se construían los vínculos antes y cómo son ahora, cómo se accedía al conocimiento décadas atrás y cómo ahora, con una simple búsqueda virtual, tenemos alcance a información provista vaya a saber por quién, desde qué lugar del planeta. O cómo han variado algunos oficios, como el de cartero o telefonista, como podremos descubrir en uno de los artículos de esta edición. Y así, con un sinfín de acciones diarias y labores.

¿Esto implica que todo tiempo pasado fue mejor? En absoluto. Este presente es la oportunidad para que usuarios de ayer y usuarios de hoy aprovechen el puente de la tecnología para enriquecerse unos con otros. Quienes vienen de una era analógica pueden ver potenciada su experiencia gracias a las instantáneas herramientas de la actualidad, mientras que, quienes nacieron en la era digital, pueden descubrir el valor de ir más despacio, sin el vértigo al que nos lleva muchas veces la tecnología. Una frase repetida, que no pierde actualidad, vuelve a la mente de muchos, mientras piensan en la nomofobia: “Bienvenida la tecnología si nos acerca a quienes tenemos lejos y no nos aleja de quienes tenemos cerca”.

Equilibrio en la palma de la mano
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