Nos casamos cuando teníamos más de 55 años. Venimos de orígenes muy diferentes. Yo nací en un campo de refugiados. Mis padres, católicos comprometidos, tuvieron que escapar de las persecuciones del comunismo de Yugoslavia hacia la Argentina. Raya, en cambio, se convirtió al cristianismo tras largos años de búsqueda.
Decidimos jubilarnos en Argentina porque la vida allí era más barata y tenía a mi familia. Todo parecía emocionante: jubilación anticipada, hermosos atardeceres en la Pampa o la Patagonia, donde crecí. Pero las cosas rápidamente empezaron a tomar un rumbo diferente. Tuve que empezar a trabajar en el sector inmobiliario, algo que nunca hubiera querido hacer. Se convirtió en un trabajo de tiempo completo, a veces muy frustrante. ¡Adiós a una jubilación tranquila!
Al principio Raya estaba bien y se sentía feliz, pero con el tiempo todo se volvió muy difícil para ella. Le costaba adaptarse al idioma, a las costumbres locales, le costaba integrarse como hubiera querido, poniendo en juego sus múltiples talentos. Como consecuencia entró en una fuerte depresión, con expresiones de ira, incluso de furia, que nos afectó gravemente a ambos. En resumen: nuestro “joven” matrimonio se estaba desmoronando, quizás también (y esto es importante) por muchos problemas de nuestros respectivos pasados no resueltos. Una sensación de abandono, fracaso y traición me invadió. Quizás habíamos cometido un gran error al casarnos. Tal vez nuestros orígenes eran demasiado diferentes y habíamos sido ingenuos en no considerarlo, o el proceso de inculturación había sido extremadamente difícil para Raya. El hecho es que las cosas se pusieron tan mal que, en cierto momento, un sacerdote y un par de amigos casados nos aconsejaron que empezáramos a pensar seriamente en separarnos. ¿Pero era esta realmente la voluntad de Dios?
De alguna manera, gracias a la oración y con la ayuda del Espíritu, comencé a escuchar una voz interior, una voz “suave” que “me hablaba”. Comprendí que tal vez lo mejor no era separarnos, sino pensar en regresar a los Estados Unidos. Habíamos invertido la mayor parte de nuestros ahorros jubilatorios en Argentina, nuestros trabajos y mi familia estaban ahí. ¿Qué hacer?
Con un salto de fe en el “anillo de bodas” y su significado, y confiando en “esa Voz” le dije a Raya: “Nos vamos a los Estados Unidos”.
De forma inesperada y sorprendente todo se dio para que pudiéramos vender y comprar inmuebles, cerrar proyectos, relaciones familiares… muchos otros detalles importantes se unieron, en el momento justo, de manera impensada.
Ya en los Estados Unidos, Raya y yo pudimos participar en un retiro, en la Mariápolis de Texas. Fue un momento de “gracia”, más allá de nuestros esfuerzos.
Con Raya encontramos un vínculo más profundo, de más amor, determinado por nuestro tratar de vivir más conscientemente la voluntad de Dios en la vida cotidiana, algo siempre en desarrollo, pero sí en camino.
Miguel N.



