Los mares vuelven a estar de moda

Las guerras más recientes parecen querer volver a poner en primer plano las aguas que separan a pueblos y naciones. La rivalidad entre el dominio de los cielos y el del mar.

Por Michele Zanzucchi (Italia)

Mientras en los cielos cobran forma las guerras estelares, con miles de satélites cada vez más “armados” que controlan cada metro cuadrado de nuestro planeta —y que, de este modo, proporcionan datos indispensables para las batallas que se libran sobre el terreno y para los misiles que viajan hacia destinos situados a miles de kilómetros de distancia—, los mares vuelven a ocupar el centro de la atención política y militar. Parece una paradoja que las superficies de agua, sobre las que el desplazamiento es más lento que en los cielos y en tierra, vuelvan a cobrar protagonismo en la era de la inmediatez, pero las razones de este resurgimiento son múltiples.

En primer lugar, porque las mercancías, ahora más que nunca, privilegian el transporte por vías acuáticas, que son, con diferencia, las menos costosas, aunque menos rápidas y menos flexibles: el bloqueo del estrecho de Ormuz no es más que el último ejemplo indiscutible de ello. En segundo lugar, los mares albergan buques de guerra y submarinos, que pueden así lanzar libremente sus misiles acercándose de manera eficaz a sus objetivos: hoy en día, los buques de guerra son ciudadelas hiperprotegidas, capaces de un poder de fuego inimaginable incluso en la época de la Segunda Guerra Mundial.

Hay además una razón cultural: los mares, sobre todo los cerrados, son símbolo de poder conquistado y mantenido, de predominio sobre los pueblos que dan a ellos, mucho más allá de la consistencia de la propia población. Durante siglos, nuestras repúblicas marítimas han sido un ejemplo de cómo controlar territorios inmensos con simples puestos avanzados bien estudiados en costas lejanas. Y no se puede olvidar la cuestión de los fondos marinos que, gracias a tecnologías de perforación cada vez más eficaces, se convierten en objeto de codicia: basta con el ejemplo del yacimiento de gas frente a las costas de Israel y el Líbano: los dos países, a pesar de estar en guerra por culpa de Hezbolá, han iniciado negociaciones para su explotación.

Este resurgimiento de los mares cerrados —y no solo de los océanos abiertos— también se hace evidente en nuestras librerías, que acogen constantemente nuevas publicaciones sobre ellos. Entre tantas, me han llamado la atención tres libros que tratan de otros tantos mares que hasta hace poco se consideraban secundarios, escenarios de la política regional y no global: el Mar Negro, el Báltico y el Ártico. Marco Ansaldo, con su Mar Negro. Seis países, las leyendas, la guerra (Marsilio 2026), nos lleva de la mano a descubrir las culturas de un mar cerrado que ha irrumpido con fuerza en la geopolítica de los mares con la guerra de Crimea y de Ucrania. “De todos los mares. Porque ahora muchos países protagonistas de la escena mundial, desde China hasta Turquía, pasando por Libia o Nigeria, apuestan por el conjunto de las aguas que los rodean, con el objetivo de ampliar, y mucho, su influencia más allá de las fronteras, más allá de la ‘tierra’ en sentido estricto, y extender la prolongación de las costas uniéndolas al dominio de las olas” (pp. 22-23).

Oliver Moody, por su parte, aborda El Báltico, el mar disputado de nuestro futuro (también publicado por Marsilio, 2025), una masa de agua considerada durante mucho tiempo periférica, escenario, como mucho, del antiguo enfrentamiento entre los pueblos rusos y los europeos occidentales nórdicos. “Esta región es mucho más que el eje de un enfrentamiento intercontinental… Para una Europa que a menudo parece cansada y consciente de su relativo declive, afligida por un bajo crecimiento económico y una crisis de identidad, el Báltico es también una fuente de ideas y optimismo” (p. 20). También en este caso, para Moody, hablar de un mar significa hablar de los pueblos que dan al Báltico, pero también de las infinitas interacciones que tienen como escenario sus olas.

Si Moody es un periodista de campo (The Times) y Marco Ansaldo un colega suyo más reflexivo (Limes), Mary Thompson-Jones es una experta en seguridad en el ámbito estadounidense: apasionada —aunque alineada con las administraciones de la bandera estrellada—, ha comprendido que otro mar largamente descuidado por estar cerrado por el hielo y ser innavegable, hoy se está convirtiendo en crucial para la geopolítica debido al cambio climático, como atestigua el interés poco políticamente correcto del presidente Trump por Groenlandia.

La ley del Norte. La conquista del Ártico y el nuevo dominio mundial (Luiss 2025): “La variable independiente de la nueva ecuación ártica es el clima, y ya no la seguridad. Durante demasiado tiempo, los expertos en seguridad han considerado el cambio climático como uno de los muchos factores que influyen en un contexto de seguridad dinámico… El número de escépticos ha disminuido, también porque agencias de primer orden como la NASA han confirmado que las barreras de hielo del Ártico están disminuyendo a un ritmo del 12,6 % por década y que el Ártico podría quedarse sin mares helados en la década de 2030”.

Interesarse por nuestro mundo significa ahora interesarse por los mares que rodean nuestras tierras o que las albergan. Si los mares necesitan cuidados, no se puede hablar de ellos sin conocimiento •

*Esta nota pertenece originalmente al sitio web Città Nuova.

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