Enmarcada en uno de los distritos más vulnerables de la provincia de Buenos Aires, a la escuela asisten más de 300 alumnos entre el nivel inicial, primario y secundario. Un proyecto que crece año a año y que ha generado un profundo sentido de pertenencia comunitaria.
por Santiago Durante (Argentina)
En el mapa áspero y vibrante del conurbano bonaerense, José C. Paz no es solo un punto geográfico: es una historia que late. Barrios donde la dignidad pelea cada día contra la precariedad, familias que hacen malabares con el trabajo informal, jóvenes que crecen entre la urgencia y el sueño. En ese paisaje –que no es una estadística sino rostros concretos– en 2022 comenzó a escribir su propia página la Escuela Chiara Lubich.
Y lo hizo como suelen empezar las cosas grandes: pequeña, con convicción y con la certeza de que la educación no es un servicio más, sino un acto profundamente comunitario.
Un inicio que fue más que abrir puertas
Cuando en 2019 las hermanas de la congregación Hijas de Jesús comunicaron que mudaban su comunidad y se desprenderían de la gestión del jardín Padre Pedro Leonardi, lindero al entonces Centro Mariápolis, perteneciente al Movimiento de los Focolares, nadie imaginaba que aquella situación sería el germen de una experiencia de transformación social.
Luego de buscar alternativas junto al obispado de San Miguel, diócesis a la que pertenece el jardín, la Fundación Charis Argentina decidió ir al encuentro de esta necesidad y asumió la gestión del jardín para evitar que alrededor de 100 niños se quedaran sin ese espacio de formación y contención en el barrio.
Aquella decisión no estuvo exenta de dificultades, que se potenciaron con la llegada de la pandemia. Sin embargo, con el empuje y apoyo de la entonces directora del nivel inicial, Cecilia Gratani, se superó el desafío de sostener una matrícula que ya estaba en riesgo por no contar con una continuidad educativa en los niveles siguientes.
Confiando en el trabajo y en la providencia, valores de la Economía de Comunión que intentan guiar el accionar de la Fundación, 2021 llegó con la decisión de los Focolares de darle otro destino a las instalaciones del Centro Mariápolis, para lo cual se abrió la posibilidad de presentar diferentes proyectos que pudieran aprovechar ese edificio fundado en la década de 1960.
José C. Paz es el quinto distrito de la provincia de Buenos Aires con mayor vulnerabilidad educativa y sumado a un contexto atravesado por desigualdades estructurales, viviendas precarias, dificultades de acceso a servicios básicos, aquellas carencias resonaron como gritos, no solo de esta porción de humanidad sino de las nuevas generaciones, para las cuales se hacía imperiosa la presencia de una escuela que diera al jardín aquella continuidad educativa que le hacía falta.
Desde el primer día, la propuesta fue clara: no se trataba solo de garantizar contenidos, sino de construir vínculos. Inspirada en el carisma de Chiara Lubich, la comunidad educativa apostó por una pedagogía del encuentro. Una escuela que enseña, sí, pero que también abraza, acompaña y teje redes.
La escuela como corazón del barrio
Una de las primeras decisiones fue que el cuerpo docente estuviera compuesto por personas de la misma comunidad. El ejemplo más concreto es el de Lorena Hauría, directora del nivel primario desde 2023, quien no solo vivió siempre enfrente del entonces Centro Mariápolis sino que frecuentaba desde pequeña los grupos de los Focolares. Ella misma explica: “Me siento feliz de poder hacerlo. Los docentes, siendo del barrio y del mismo contexto de los chicos, podemos acompañarlos con mayor cercanía y profundidad. Son chicos que en muchos casos tienen los derechos vulnerados (como muchos de nosotros los tuvimos en algún momento), no tienen un plato de comida, no tienen agua y sufren no solo de carencias materiales sino afectivas. Nosotros podemos cambiarles la vida a esos chicos y a esas familias, para que en el futuro y en el presente puedan tomar decisiones acertadas”.
Entre 2022 y hoy, la Escuela Chiara Lubich fue creciendo en matrícula (entre los tres niveles hoy son más de 300 alumnos), en equipo docente (este año el jardín se muda al edificio principal) y, sobre todo, en raíces. Las familias no quedaron en la puerta: entraron, participaron, opinaron, se comprometieron. La escuela se convirtió en un punto de referencia barrial.
Se llevan a cabo talleres de alfabetización, matemática, educación física, arte, entre otros, que no solo mejoran el nivel de los alumnos –recuperando el tiempo sin escolaridad durante la pandemia– sino que al hacerlos en horario extensivo permiten a las familias mayor continuidad laboral, con la tranquilidad de que sus hijos permanecen en la escuela.
También hay talleres para madres y padres, espacios de escucha, propuestas culturales, celebraciones compartidas. Se fortaleció la idea de que educar no es delegar, sino corresponsabilizarse. Y cuando eso ocurre, algo cambia en el aire.
Docentes que visitan hogares. Directivos que conocen por nombre y apellido a cada estudiante. Niños que empiezan a proyectar un futuro posible. No es magia (aunque a veces lo parezca): es comunidad organizada alrededor de la esperanza.
Educación que transforma el tejido social
En zonas donde muchas veces el horizonte aparece corto, la escuela comenzó a ensancharlo. Mejoras en la asistencia, continuidad en las trayectorias, mayor involucramiento familiar. Pero más allá de los indicadores, lo que se percibe es otra cosa: autoestima colectiva.
La escuela funciona como un pequeño laboratorio de ciudadanía. Allí se aprende a dialogar, a resolver conflictos, a trabajar en equipo. Se experimenta que la diversidad no es amenaza sino riqueza. Y eso, en contextos fragmentados, es revolucionario.
Y son los propios chicos quienes, quizá sin darse cuenta, generan esa revolución. Cada semana, antes del inicio de clases, los alumnos y docentes lanzan el Dado de la Paz y se comprometen a vivir una propuesta al azar: amar a todos, ser el primero en amar, valorarse unos a otros, amar al enemigo, escuchar al otro o perdonar al otro, acompañados además por la oración cotidiana que refleja el espíritu de la escuela (ver aparte).
Además, la articulación con organizaciones sociales y referentes locales permitió ampliar el impacto: la educación dejó de ser un compartimento estanco y se volvió una red. Y cuando hay red, nadie cae tan fácil.
Un camino que recién empieza
La Escuela Chiara Lubich no solo consolidó su proyecto pedagógico, que hoy ya cuenta hasta segundo año del nivel secundario: se volvió símbolo de algo más grande. Demostró que incluso en territorios marcados por la desigualdad, es posible generar procesos de transformación sostenidos si hay comunidad, visión y compromiso. Una muestra proviene precisamente de las familias, las cuales comprendieron lo importante que es el esfuerzo de cada uno, al punto que los niveles de morosidad en el pago de las cuotas actualmente son los más bajos desde la apertura de la escuela.
En el crecimiento del proyecto es clave también la comunión y la confianza en la Providencia. A lo largo de estos años han sido numerosas las personas y empresas que generosamente han donado tiempo, dinero, materiales o mismo su propia creatividad para generar fondos tanto para becas de alumnos, como para el sostenimiento, remodelación y adaptación del edificio.
No se trata de idealizar la realidad –los desafíos siguen siendo enormes–, sino de reconocer que cuando una escuela decide ser faro, el barrio empieza a encontrar rumbo y se ilumina la dignidad de cada chico, de cada familia.
En tiempos donde la educación suele discutirse en términos de cifras y reformas estructurales, la experiencia de José C. Paz recuerda algo esencial: la transformación social empieza cuando alguien se anima a creer que cada niño y cada niña valen infinito. Y actúa en consecuencia.
Y ahí, justo ahí, comienza la revolución más silenciosa… y más potente •
*Para mayor información pueden escribir a
consultasescuelachiaralubich@gmail.com y seguir la cuenta de Instagram @escuelachiaralubich
Oración Escuela Chiara Lubich
Padre bueno,
envíanos la luz de tu Espíritu
para que seamos uno como lo son
desde siempre con Jesús.
Enséñanos a amarnos,
servirnos y escucharnos.
A encontrar a tu Hijo en el abandonado,
en el solo, en el triste,
para vivir felices,
mediante el encuentro y la comunión.
Con la fuerza del Evangelio
y junto al testimonio de Chiara,
ayúdanos a vivir el amor recíproco
y a ser semilla de vida plena
en donde estemos y con quien estemos.
Que en cada jornada podamos alabarte.
Que en cada jornada podamos conocerte.
Que en cada jornada podamos amarte
en el rostro de cada hermano
que pongas en nuestro camino.



