“La sostenibilidad surge de las relaciones que construimos”

En octubre de 2024 tuvo lugar un Congreso sobre Sostenibilidad Relacional realizado en dos sedes interconectadas: Castel Gandolfo (Italia) y Alta Gracia (Argentina). Les proponemos un fruto madurado luego de ese congreso a lo largo de estos dos años: el Manifiesto de la Sostenibilidad Relacional.

Por María Eugenia Cazeneuve (Argentina)

—¿Cómo nació la idea de la Sostenibilidad Relacional?

—La idea surgió en mayo de 2021, después de trece años de trabajo al frente de EcoOne, la red internacional que promueve el diálogo entre las ciencias humanas y naturales por la ecología integral. Lo que comenzó como una intuición fue creciendo gracias al entusiasmo y la colaboración de investigadores y profesionales de distintos ámbitos, hasta convertirse en el eje de un congreso internacional celebrado en 2024 y en el Manifiesto de la Sostenibilidad Relacional.

—¿Por qué proponer un nuevo enfoque de la sostenibilidad?

—Los desafíos actuales nos invitan a superar una visión centrada exclusivamente en el crecimiento económico. El producto interno bruto es un indicador insuficiente para expresar el bienestar de las sociedades y la salud del planeta. Incluso el concepto de desarrollo sostenible, aunque ha realizado aportes importantes, suele interpretarse en términos de crecimiento económico y atención a las necesidades humanas, sin integrar el valor de la naturaleza en sí misma.

—¿Qué significa, entonces, hablar de sostenibilidad relacional?

—El punto de partida es reconocer que todo está conectado. Si logramos establecer relaciones constructivas –tanto entre la humanidad y el cosmos como entre los grupos humanos– que estén orientadas hacia el bien común de las personas y de la naturaleza, entonces la sostenibilidad puede surgir como resultado de esas relaciones.

—¿Qué relación existe entre esta propuesta y la ecología integral?

—Podemos imaginar ambas como las dos caras de una misma moneda. La ecología integral nos ofrece una visión amplia de la realidad; la sostenibilidad relacional busca traducir esa visión en acciones concretas. Para ello, necesitamos el aporte de todas las disciplinas, desde las ciencias naturales y sociales hasta la arquitectura y el derecho, en un diálogo transdisciplinario capaz de comprender la complejidad del mundo actual.

—¿Qué alcance tiene hoy el Manifiesto sobre la Sostenibilidad Relacional?

—El documento, elaborado inicialmente en Europa en 2024, recibió aportes de América Latina en 2025 y en 2026 incorporó contribuciones de África, Asia, América del Norte y Oceanía. Se trata de una construcción colectiva, abierta al diálogo con otras propuestas de sostenibilidad, como la economía circular y el modelo del donut (NdR: modelo económico que busca equilibrar el bienestar humano con la salud del planeta). No busca reemplazarlas, sino contribuir al debate y ofrecer un horizonte común que ponga en el centro las relaciones entre las personas y la naturaleza.

En definitiva, la sostenibilidad relacional nos invita a cambiar la pregunta: no se trata solamente de cuánto podemos crecer o producir, sino de qué relaciones necesitamos construir para que la vida, en toda su diversidad, pueda seguir floreciendo.

El texto del Manifiesto: https://www.relationalsustainability.org/home

Creemos en el paradigma alternativo propuesto por el papa Francisco en la encíclica Laudato si’ (LS):

“La cultura ecológica no puede reducirse a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas inmediatos de la contaminación, el deterioro ambiental y el agotamiento de los recursos naturales. Se requiere una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (LS 111). 

“Este nuevo estilo de vida y esta espiritualidad permitirán la conexión y el fortalecimiento de ‘la humanidad auténtica’, que reclama una nueva síntesis, y que ‘parece habitar en medio de nuestra cultura tecnológica, casi inadvertida, como una bruma que se filtra suavemente por debajo de una puerta cerrada’ (LS 112)”.

Al reconocer que todo está interconectado, debemos mirar más allá de los protagonistas individuales de nuestra casa común —elementos naturales, entidades sociales, agentes económicos— para centrarnos en las relaciones que existen entre ellos. Cuando estas relaciones son constructivas y están orientadas hacia el bien común, tanto de la humanidad como de la naturaleza, la sostenibilidad surge como una propiedad que podemos calificar con el adjetivo “relacional”.

La sostenibilidad relacional requiere la riqueza de perspectivas provenientes de diversas culturas.

De la cultura europea obtenemos la capacidad de construir relaciones humanas equilibradas, éticas y duraderas, fundamentadas en la confianza, la cooperación y la diversidad. La sostenibilidad relacional se ve fortalecida mediante políticas públicas, instituciones sólidas, sistemas de bienestar social y una participación ciudadana activa.

De la cultura latinoamericana aprendemos sobre el equilibrio y la interconexión entre los seres humanos, la naturaleza y la espiritualidad. La armonía de estos elementos sostiene la vida, trascendiendo lo material e integrando lo social, lo cultural y lo ambiental. El bienestar no depende únicamente de factores individuales o económicos, sino también de la calidad de los vínculos con los demás, con la naturaleza y con las tradiciones culturales. Es fundamental aprender de la sabiduría de la Tierra, integrándola con la sabiduría divina y humana, lo cual revela tres grandes verdades: que somos Tierra; que el conocimiento surge de la interrelación de todo; y que existe una sacralidad inmanente que no niega la trascendencia (cf. LS 9).

De la cultura norteamericana heredamos la tradición de vincular la libertad individual con la responsabilidad cívica en pos del bien común; una libertad entendida no como un fin en sí misma, sino como el fundamento sobre el cual es posible construir, de manera conjunta, una sociedad justa y próspera. Esta cultura aporta, además, un espíritu emprendedor que canaliza la innovación, la filantropía y la generosidad hacia el fortalecimiento de las relaciones humanas, más allá de centrarse únicamente en la infraestructura o la tecnología. Su trayectoria histórica, como laboratorio vivo de diversas etnias, religiones y cosmovisiones, demuestra que es posible que la unidad surja de la diversidad sin necesidad de caer en la uniformidad.

De la cultura africana, arraigada en la sabiduría de Ubuntu —la interconexión de todos los seres—, recibimos una visión profundamente comunitaria que preserva la armonía entre las personas, las generaciones y la naturaleza, reconociendo que cada individuo forma parte de un todo mayor. La tierra no se concibe como una propiedad, sino como la vida misma; ella alberga la historia ancestral y sustenta a las generaciones venideras. El agua se considera sagrada, pues constituye la savia vital del continente, mientras que los bosques son venerados como el aliento de los ancestros, sustentando no solo los ecosistemas, sino también la cultura, la medicina y la espiritualidad. Esta visión confía el liderazgo ecológico a mujeres, ancianos y jóvenes por igual.

De la cultura asiática rescatamos la interdependencia y el respeto por los ciclos naturales. Basándose en tradiciones provenientes del budismo, el taoísmo y el confucianismo, se plantea el concepto de “interser”, en el cual el bienestar individual está vinculado al equilibrio colectivo y ambiental, considerando no solo a los protagonistas en el escenario global, sino también las relaciones dinámicas que existen entre ellos.

De las culturas de Oceanía surgen dos voces distintas. La primera es la de los pueblos indígenas australianos, guardianes de las culturas vivas continuas más antiguas del planeta, cuya sabiduría ancestral incluye el Dadirri —un concepto indígena del pueblo Ngangikurungkurr que alude a una escucha profunda y contemplativa, así como a una conciencia interior serena—. Este concepto fomenta la armonía con la naturaleza y con los demás a través de la paciencia, la reverencia y la presencia. La segunda voz es la de los pueblos del Pacífico (Pasifika), cuya maestría en la navegación humanizó la inmensa extensión de este océano. Para ellos, el mar no es un elemento que separa, sino un tejido continuo y generador de identidad: una “tierra materna” que sustenta el sentido de pertenencia, sin importar dónde resida cada persona.

La incubación intercultural permite una fusión y mezcla singulares de perspectivas que, en última instancia, crea algo más cercano a la verdad de lo que cualquier cultura, por sí sola, podría ofrecer.

La complejidad no se resuelve, sino que se habita, se vive y se transforma. El cambio depende de personas conscientes de estas interconexiones, inspiradas, comprometidas y formadas en sostenibilidad y cooperación. Construir relaciones orientadas hacia el bien común —entre la humanidad y el cosmos, así como entre individuos y comunidades— permitirá que la sostenibilidad surja como una propiedad relacional.

Las relaciones constructivas generan “bienes relacionales”, es decir, cualidades de conexión con valor intrínseco que surgen al priorizar el bien común en los vínculos. La sostenibilidad implica no sobrepasar la capacidad del planeta para regenerar recursos y metabolizar los residuos. En otras palabras, “sostenibilidad” es el sustantivo y “relacional” es su adjetivo.

La sostenibilidad relacional constituye el complemento práctico de la ecología integral. Mientras que la ecología integral ofrece una visión conceptual y ética de la interconexión entre la humanidad y la naturaleza, la sostenibilidad relacional la traduce en acciones concretas para transformar nuestras relaciones con el entorno, promoviendo una coexistencia justa y armoniosa. Es como una moneda de dos caras: la ecología integral representa la visión, y la sostenibilidad relacional, la misión; su valor se mide a través del esfuerzo humano que la hace realidad.

La sostenibilidad relacional no compite con enfoques como la economía circular, la “economía del donut” o el decrecimiento feliz, sino que los integra en un marco que prioriza las conexiones entre los sistemas humanos y los naturales. Su objetivo es fortalecer las redes de colaboración —tales como las comunidades energéticas, los grupos de consumo solidario y las alianzas empresariales—, demostrando cómo unas relaciones de calidad generan bienes comunes y sostenibilidad.

Para avanzar hacia un bienestar integral, resulta esencial el diálogo entre disciplinas y prácticas, desarrollando lenguajes e indicadores comunes que midan no solo los resultados materiales, sino también la calidad de las relaciones humanas. La transdisciplinariedad constituye el método fundamental de la sostenibilidad relacional. Este enfoque aúna perspectivas de diversas disciplinas y saberes de distintas culturas para abordar la complejidad de los sistemas interconectados; no pretende crear una nueva disciplina, sino fomentar el diálogo entre ellas.

Ante todo, necesitamos sabiduría: un conocimiento práctico y experiencial que trasciende el saber técnico y académico. Se trata de la capacidad de valorar la vida y la verdad, manifestándose en la interrelación entre lo divino, lo humano y lo cósmico. No pertenece a una única ciencia, cultura o religión, sino que surge del diálogo entre diversos saberes. Es fundamental integrar las ciencias naturales y humanas con la sabiduría ancestral y las espiritualidades para abordar la crisis ecológica desde una perspectiva holística.

La triple sabiduría —divina, humana y cósmica— refleja la interconexión de todo lo que existe. La sabiduría divina es un don de amor infinito; la sabiduría humana surge de la razón y el amor; y la sabiduría cósmica se expresa en la vitalidad de la Tierra. La integración de estas formas de sabiduría es esencial para una sostenibilidad relacional que cuide de nuestra Casa Común.

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