Lampedusa: cuando el mar nos pregunta quién es el otro

El taller de radio del Programa Universidad para Personas Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario, propone un espacio donde lo que cuentan son las experiencias. Esas historias que los adultos mayores pueden ofrecer en gran cantidad. Se trata de resaltar la riqueza de la historia, de las experiencias de vida, como un don para los demás. 

Por Ana Tano (Argentina)

Hay lugares que terminan convirtiéndose en símbolo. Lampedusa es uno de ellos. Pequeña isla italiana en medio del Mediterráneo, ubicada más cerca de África que de Europa continental, desde hace años representa una de las fronteras humanas más dramáticas de nuestro tiempo.

Allí llegan –o intentan llegar– miles de personas que huyen de guerras, persecuciones, pobreza extrema o falta de futuro. Pero también allí el mar devuelve una pregunta incómoda: qué lugar ocupa el otro en nuestras sociedades y cuánto vale una vida cuando nace del otro lado de nuestras fronteras.

Durante el último tiempo nuevos naufragios volvieron a conmover el Mediterráneo. Entre finales de marzo e inicios de abril de 2026 se registraron diversas tragedias marítimas, con decenas de víctimas, incluidos migrantes muertos por hipotermia cerca de Lampedusa y otros accidentes en el mar Egeo.

Sin embargo, junto al dolor de las cifras, aparece otro dato que preocupa a organizaciones humanitarias y comunidades locales: aunque han disminuido las salidas, la cantidad de muertes sigue siendo altísima debido a las rutas cada vez más peligrosas, a las embarcaciones precarias y a la reducción de operaciones de rescate y monitoreo. Esa realidad fue definida por algunos observadores como una progresiva “desresponsabilización” colectiva frente al drama migratorio.

Una frontera que revela al mundo

Hablar de Lampedusa no es solo hablar de migración. Es hablar del modelo de humanidad que estamos construyendo.

En muchas ocasiones, el fenómeno migratorio queda reducido a estadísticas, debates políticos o discursos de seguridad. Pero en Lampedusa los números tienen rostro. Son hombres, mujeres y niños que atraviesan el mar en condiciones extremas, muchas veces después de recorrer desiertos, sufrir violencia o pasar meses atrapados en redes de explotación.

Las imágenes de embarcaciones destruidas sobre la costa, de chalecos salvavidas abandonados y de cementerios improvisados interpelan profundamente porque muestran hasta qué punto la indiferencia puede volverse estructural.

Al mismo tiempo, la isla también se ha convertido en un lugar donde nacen experiencias concretas de solidaridad y encuentro. Habitantes locales, pescadores, voluntarios, organizaciones humanitarias y comunidades religiosas continúan sosteniendo redes de acogida, asistencia y escucha para quienes llegan exhaustos después de atravesar el Mediterráneo.

Este es el caso de Carla, quien relata su empeño cotidiano, dentro de una organización que involucra a jóvenes y adultos de distintas realidades, que busca ser ese rostro que recibe, esa acogida que espera del otro lado de la frontera, que muchas veces no puede concretamente hacer demasiado, pero sí puede devolverle humanidad a una experiencia cruel. 

En ese contexto trabaja desde hace años el Centro Astalli, junto a muchas otras organizaciones que acompañan a personas migrantes y refugiadas. Su presidente, el padre Camillo Ripamonti, advertía recientemente que la disminución de información sobre los movimientos migratorios y sobre las muertes en el mar genera una actitud de indiferencia social comparable a un “lavarse las manos”.

Más allá de las fronteras

Lo que sucede en Lampedusa toca una cuestión profundamente humana: la relación con quien es diferente, extranjero o desconocido.

En un tiempo marcado por el miedo, la polarización y los discursos que muchas veces presentan al migrante como amenaza, esta realidad obliga a preguntarse qué significa realmente convivir en un mundo interdependiente.

La interculturalidad no nace solamente de grandes teorías o declaraciones institucionales. Se construye –o se destruye– en la manera concreta en que miramos al otro, en cómo reaccionamos frente al sufrimiento ajeno y en nuestra capacidad de reconocer dignidad incluso allí donde otros ven únicamente un problema.

Muchos de quienes llegan a Europa llevan consigo idiomas, culturas y experiencias muy distintas. El desafío no consiste simplemente en “gestionar flujos”, sino en aprender a construir relaciones capaces de integrar diversidad sin borrar identidades.

Ese proceso no está exento de tensiones. Existen miedos reales, dificultades sociales y debates legítimos. Pero también existe el riesgo de acostumbrarse al sufrimiento ajeno y de aceptar como normal que cientos de personas mueran cada año intentando cruzar el mar.

El Mediterráneo como espejo

En distintas tradiciones culturales y religiosas, el mar aparece como símbolo de encuentro entre pueblos. El Mediterráneo, cuna de civilizaciones, hoy se ha convertido también en una enorme frontera donde conviven esperanza y tragedia.

Sin embargo, incluso en medio de esa oscuridad, siguen surgiendo pequeños signos de humanidad: quienes rescatan embarcaciones, quienes ofrecen comida o abrigo, quienes traducen idiomas, quienes escuchan historias, quienes deciden no mirar hacia otro lado.

Son gestos simples, pero profundamente políticos y humanos, porque afirman algo esencial: que ninguna vida es descartable.

Tal vez por eso Lampedusa continúa interpelando al mundo entero. Porque obliga a mirar más allá de las fronteras geográficas y preguntarse qué tipo de relaciones queremos construir como humanidad.

En definitiva, el desafío no es solo migratorio. Es cultural, ético y profundamente humano. Se trata de decidir si queremos un mundo organizado desde el miedo y la exclusión o una sociedad capaz de reconocerse mutuamente como parte de una misma familia humana.

Y esa respuesta, de un modo u otro, nos involucra a todos •

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