La vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial. Así reza el dicho popular. Una fiesta de dimensiones planetarias, con un alcance distinto a cualquier evento que se le quiera arrimar.
Por Manuel Nacinovich (Argentina)
Mientras en Chile discuten la profunda reestructuración que debe llevar a cabo la ANFP, en Paraguay se ilusionan con la identidad recuperada de la mano del “Profe” Alfaro y en Uruguay miran con entusiasmo y recelo la figura de un Marcelo Bielsa que genera rispideces culturales.
En Argentina, la luna de miel del ciclo de Lionel Scaloni inaugura un nuevo capítulo, aunque con la dosis de dopamina más aplacada que en Catar 2022. Muchos se preguntan por qué.
Está claro que lo que ocurrió cuatro años atrás fue tan fuerte que será difícil igualarlo. Un torrente de emociones incontenible que rebalsaba caudales, producto de la abstinencia de títulos de 36 años y de que la Selección Argentina deslumbraba con su fútbol pero también con su idiosincrasia. Un vínculo, ese vínculo, demasiado especial. Todas las patas de la mesa, erguidas, firmes, convencidas y armonizadas.
La emoción, cuatro años después, persiste. Pero la sensación de no alcanzar ese pico pasional se siente extraña. Quizá no sea solo Argentina. Quizás persista un “no sé qué” más general. Sería imposible medir ese nivel de “no sé qué” en cada rincón del planeta, pero sí es posible detectar causalidades.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió, en 1995, El fútbol a sol y a sombra. El libro es un retrato del vínculo de cada Copa del Mundo a lo largo de los años con las tensiones políticas, sociales, económicas y bélicas de la época.
El trabajo de Galeano pinta un cuadro inobjetable: el caos con el que convivió cada edición del torneo deportivo más importante de todos. Mientras la pelota giraba y la fiesta ocurría en la sede de ese año, en otros rincones del planeta se desenvolvían conflictos más urgentes. El Mundial 2026 no escapa a esa regla.
La idea de que Donald Trump sea el anfitrión principal de esta fiesta popular resulta ciertamente incómoda. Por muchas razones. Mientras vestía al país de gala para albergar la Copa del Mundo, definía estrategias de irrupción en Venezuela, abría el fuego a Irán, tal vez Groenlandia, quizá Cuba.
Las ambiciones del presidente estadounidense salpicaron a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, con quien ha establecido una relación de amistad inquebrantable y de fidelidad.
En diciembre de 2025, Infantino condecoraba a Trump con el Premio FIFA de la Paz “por su incansable esfuerzo” de promover un mundo mejor. Apenas unas semanas después, el mandatario norteamericano concretaba su arribo a tierras venezolanas y, al tiempo, cerraba filas con Israel para escalar el conflicto con Irán.
Infantino debió aflojar el nudo de la corbata: si en 2022 la FIFA sacó tarjeta roja y desafilió a Rusia por su invasión a Ucrania, para Estados Unidos no hubo ni siquiera tarjeta amarilla.
El conflicto con Irán se desarrolla en Medio Oriente, pero las tensiones se dispersan más allá de las fronteras. El país islámico puso en duda su participación en la Copa del Mundo, y en el último Congreso de la FIFA que se llevó a cabo en Vancouver, Canadá, al presidente de la Federación de Fútbol de Irán le prohibieron el ingreso al país en el aeropuerto.
La férrea política migratoria de Trump desde el comienzo de su segundo mandato ha disparado manifestaciones en distintas zonas de Estados Unidos, con el ICE (Oficina de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos) como protagonista. Los primeros seis meses de su gestión concluyeron con unas 150.000 deportaciones.
El panorama no puede generar más que suspenso en los turistas que viajen a ver a su selección. A pesar de que deben presentar su visado correspondiente, ¿quién les garantiza, en este contexto, el ingreso y la estadía en el país en condiciones normales?
La situación hace crujir incluso a la organización interna. Mientras que los turistas no tendrían problemas para transitar por la sede canadiense y mexicana, en la norteamericana todo es más dudoso. “Tener entrada no significa recibir un visado”, dijo Andrew Giuliani, director ejecutivo de la Copa del Mundo.
Las tres sedes se preparan para recibir una millonada de personas. Eso no está en tela de juicio. Lo que está en tela de juicio es la presencia de todas ellas en los estadios. El elevado costo de los tickets para ver los partidos ha levantado gran controversia y es motivo de disgusto.
La FIFA, en cambio, sí está a gusto. Informó que recibieron 500 millones de solicitudes de entradas antes de que salieran al mercado. Pero eso no necesariamente se traduce en boletos comprados.
Al momento de hacer click en el botón de pagar, los hinchas uruguayos deberán evaluar los 600 dólares que sale el match contra Cabo Verde, los argentinos los 2000 dólares que cuesta el partido ante Argelia y los paraguayos los 1000 dólares que vale el encuentro frente a Estados Unidos.
“Tenemos que aplicar precios de mercado”, argumentó Infantino. Para Trump no lo vale. “Claro que me gustaría ir, pero para ser honesto, no lo pagaría”, dijo sobre el valor del ticket del partido de su selección ante Paraguay. La final es una posibilidad solo platónica: cuesta 16.400 dólares.
Pintado este estado de situación, ver la pelota rodar quizá sea una música que suene demasiado lejana. Pero no. Nada más lejos. Porque el fútbol es, siempre, una oportunidad.
El deporte madre es tan generoso que siempre será terreno fértil para construir. Para encontrarse. Para conocer. Para soñar. Para emocionarse. Para igualar: 11 contra 11, dos arcos, una pelota. Nada más que eso. El goce de lo popular.
Si el fútbol es cultura, el Mundial es un espacio para la interculturalidad. Porque más allá de lo estimulante que resulta ver ese cuero redondo disputándose con astucia, picardía y expresión artística, también es el encuentro de los mundos.
Bosnia Herzegovina anunció a los futbolistas convocados a la cita mundialista con un video que muestra los paisajes del país. Personalmente, descubrí la geografía bosnia por primera vez y creo que es de ensueño.
Por la imagen fría e impoluta del estilo japonés es que no esperaba ver llorar desconsoladamente a la leyenda Yuto Nagatomo, que se emocionó al enterarse de que fue convocado para jugar su quinta Copa del Mundo con Japón a sus 39 años.
Espero ver la llegada de los equipos africanos al estadio al ritmo de la música y una sincronía que siempre me provocaron admiración.
Espero ver los Fan Zone y las calles repletas de camisetas, idiomas, rostros, teces. Donde se entremezclan estilos, cosmovisiones, intensidades, anhelos. Presencias motivadas por un sentimiento de identidad nacional genuino y esperanzado.
Porque si algo provoca el fútbol es esperanza. ¿Cómo no va a ilusionarse la República Democrática del Congo por dar el gran golpe cuando juegue contra la candidata Portugal?
Mariano Sigman, referente internacional en neurociencia de la comunicación humana, cuenta lo sorprendido que quedó una vez en la que vio un partido de fútbol de tercera división de España.
El resultado era ya irrelevante, el partido también, pero quedó impactado con el festejo de uno de los equipos cuando marcó un gol. Hubo algo que lo cautivó: el abrazo.
“Tengo que confesar con vergüenza que en mis 25 años de ciencia nunca me abracé”, contrasta Sigman, y enfatiza sobre la convención cultural que tiene este tipo de profesión que es el fútbol. “Poder abrazarte fuerte así con alguien con el que trabajaste durante tres años, cuando les salió algo que soñaron mucho y que les importa, y poder sellar eso no con un ‘vamos, muy bien’, sino con un abrazo de gol”.
“Yo eso lo intenté cambiar”, reflexiona. “A veces lo hago en charlas o actividades, donde les cuento esto. Vos estás al lado con el que hace siete años que estás trabajando, da igual para que un producto salga, para que un libro salga, para que un programa esté bueno… dame un buen abrazo”.
Si el torneo se llama Copa del Mundo es porque es de todos: de todo el mundo. La oportunidad del abrazo elevada, tal vez, a su máxima expresión. Adentro y afuera de la cancha.
“El deporte ennoblece, aunque se haga con una pelota de trapo”, decía el papa Francisco. La del Mundial no será de trapo precisamente, pero sí que será capaz de levantar los sueños más nobles •



