“Me gusta más venir a la escuela”

Educación pospandemia – La autora es docente en una escuela de la localidad de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires, y le propuso a sus alumnos escribir una carta a la “Señora Pandemia” y al “Señor Covid”. La propuesta es parte de una idea que irrumpe en el sistema educativo desde la primera vez que cerraron los colegios: ¿a qué escuela queremos volver?

por Mariana Inés Leonfanti (Argentina)

Un alumno escribió: “Gracias a la pandemia mejoré como persona y aprendí a respetarme pero me reperdí con respecto a la escuela.” Otro: “Lo único positivo de la pandemia es que aprendí a usar aplicaciones nuevas y el word”. Y una alumna: “Me costaba entender durante la pandemia y me estresaba mucho”.

Estas son algunas de las frases de chicos y chicas de 12, 13, 14 y 16 años. Le escribieron al “Señor Covid”, a la “Señora Pandemia” y también dirigieron palabras reflexivas, de coraje y esperanza a sus futuros descendientes. Fue sorprendente leerlos, escuchar sus experiencias y percepciones personales, familiares y sociales, constatar cómo crecieron en estos casi dos años de virtualidad y semipresencialidad escolar. “Lleva mucho tiempo crecer hasta convertirse en un niño”, decía Pablo Picasso.

Volver a trabajar en forma presencial y al completo es una novedad escolar que nos exige energías, ideas, emociones nuevas. A ellos y ellas, y a mí, como docente. Lo vivido nos ha marcado profundamente y aún estamos tomando conciencia de las consecuencias, positivas y negativas. Estamos a tiempo de seguir aprendiendo de esta experiencia colectiva. “La escuela pospandemia nos da la oportunidad de repensar nuestras prácticas escolares. El riesgo es volver a lo anterior, volver a la normalidad puede llevarnos a hacer lo mismo que hacíamos antes de la pandemia. Por eso, es una oportunidad: pensar cómo y qué enseñamos. Hay que dedicarle tiempo a esta reflexión”, me decía la licenciada Paula Laborde, una apasionada colega que trabaja en el barrio Villa Jardín, de Lanús, una localidad de la provincia de Buenos Aires.

Y así es: hay que discernir a qué escuela queremos volver o qué escuela queremos construir a partir de la experiencia educativa durante la pandemia. Llevar adelante una clase presencial de 120 minutos con 32 adolescentes sentados que miran y copian del pizarrón ya era retrógrado antes de la pandemia y hoy sería perdernos una oportunidad histórica. Es el momento de incorporar la inteligencia emocional, madre de todas las otras inteligencias; es la ocasión para incorporar la tecnología digital a nuestras clases y recursos; es el tiempo propicio para seguir construyendo esa red de comunicación y afecto con cada familia que nos ayudó a que su hijo se conectara al zoom o que su hija hiciera el trabajo práctico y lo enviara a través de whatsapp. Y también con esas otras familias con las cuales no logramos interactuar.

“El tema de la evaluación también es crucial. Quedó instalado que aprobar es igual a entregar trabajos prácticos sobre el tema y eso hay que deconstruirlo. Es el desafío de este año. Aprender no es solo cumplir con la entrega de un trabajo”, agregaba Paula nuevamente. Ni tampoco es solo hacer una prueba escrita. Es mucho más. No podemos perder ese trabajo mancomunado.

En septiembre de 2019, el papa Francisco lanzaba el Pacto Educativo Global frente a la emergencia educativa que arrastramos de decenios y nos llamaba a educar en la armonía de los tres lenguajes: el de la cabeza, el del corazón y el de las manos. Que se piense lo que se siente y se hace; que se sienta lo que se piensa y se hace; que se haga lo que se siente y se piensa. La consigna del Papa nos marca la brújula para encaminarnos definitiva y decididamente hacia otro paradigma educativo. Es nuestra oportunidad y el Espíritu sopla fuerte. Allá vamos.

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Según la UNESCO, en mayo de 2020 más de 1200 millones de estudiantes de todos los niveles de enseñanza, en todo el mundo, dejaron de tener clases presenciales en las escuelas.

Según UNICEF, para septiembre de 2021 ya se habían perdido 1.8 billones de horas de aprendizaje presencial.

La opinión de los especialistas

Paulo Volante, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile, aporta: “La sensación de cierre e interrumpir las actividades de enseñanza fue el shock inicial, que duró unos 30 días, donde no sabíamos qué hacer. En el fondo, una sensación de que todo tenía que ver con detenerse. Pudo ser más largo en algunas partes, pero la certeza es que fue un fenómeno global”.

La doctora Sandra Ziegler, investigadora y coordinadora académica de la Maestría en Ciencias Sociales con orientación en Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sostiene: “Se trata de sintonizar la escuela con el planeta que, como dejó en evidencia esta pandemia, se encuentra en plena transformación”.

Andrea Santiago, docente en una escuela de la provincia de Buenos Aires, argumenta: “Si volvemos a la misma escuela significa que no aprendimos nada. Se lo debemos a las pibas, a los pibes, a los profes, a las familias que están haciendo un esfuerzo enorme por garantizar el derecho a la educación. Una educación realmente de calidad, que nos transforme a todos, desde los afectos, lo personal y como ciudadanos”.

Y agrega: “No sé cómo se va a ver esta máquina que rearmemos con las piezas que teníamos y las nuevas herramientas que tenemos. Pero estoy segura de que la presencialidad tiene que tomar un rol súper importante para construir mejores vínculos y no para ser desperdiciada en actividades que hoy, hemos entendido a la fuerza, se pueden hacer a distancia o son obsoletas”. La agencia paraguaya Mentu, que trabaja con políticas públicas, gestión, innovación y desarrollo, explica: “En el corto plazo, se deben atender las necesidades inmediatas de nutrición y aprendizaje de los estudiantes en situación de pobreza. La continuidad de los programas de alimentación escolar es esencial, y se deben buscar formas eficientes de adaptación de los materiales de aprendizaje para los alumnos sin acceso a Internet, a una computadora o a un lugar de estudio”.

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