Con esta nota deseamos brindar un homenaje a pequeños héroes desconocidos que también en la diócesis de Orán, norte argentino, son testimonio de “santidad hecha de encuentro y de entrega” (Exhortación apostólica Querida Amazonia, 77).
Por Mabel Bianconi (Argentina)
Querido Miguel, tu corta vida trascendió el Chaco salteño cuando en las pantallas del Museo Malba y del Centro Cultural Borges, en Buenos Aires, se proyectó la película Senda india1. En 1991, cuando filmaste en superocho no imaginaste que, poco después de tu muerte imprevista, llegaría tan lejos el “¡¿por qué?!” de tu pueblo, el grito de la misión Wichí Tolaba. En la película, pocas palabras y breves imágenes dejan intuir el dolor de los tuyos. La caminata por el sendero, recogiendo pruebas para el juicio en el cual reclamaron la tenencia de la propia tierra, es signo de un camino recorrido como comunidad acompañados por personas llegadas de otros contextos. Juntos valoraron una cultura que sigue teniendo mucho que decir a la humanidad.
Cuando tenías solo cuatro años (1975), Margarita, nuestra maestra de quinto y sexto grado, se trasladó desde las aulas del colegio Sagrado Corazón de Castelar (provincia de Buenos Aires) hacia General Mosconi para ser tu maestra. En nosotras ella dejó huella porque, viviendo el Evangelio, nos educó en la fraternidad, enseñándonos a compartir siempre, también su nueva aventura junto a ustedes. Así, su sueño, tu sueño, se volvió también el nuestro; las necesidades de tu pueblo, nuestro interés. Recuerdo con gran alegría cuando ustedes comenzaron a escribir poesías en su lengua natal y cuando construyeron la primera escuela en la misión.
En esos años, América Latina estaba atravesada por guerras civiles, consecuencia de una brutal polarización de intereses. Mientras, algunos siguieron sembrando esperanza y se volvieron constructores de una sociedad más justa, más fraterna. Entre 1972 y 1973 unas maestras españolas, religiosas del Sagrado Corazón –tras los pasos del Concilio Vaticano II– se acercaron respetuosamente a tu misión wichí. La hermana María Rosa les preguntó qué necesitaban y respondieron: “No queremos palabras de borrachera sino de verdad, queremos escuela”. Deseaban comunicarse con los criollos, ya que en ese momento casi no entendían el castellano. Y también, aprender a leer y escribir.
Por ello, la congregación envió a una religiosa con título oficial de maestra. Margarita, con poco más de 30 años, se trasladó a 1715 kilómetros de su ciudad natal. De alguna manera, su familia y sus alumnas/discípulas iniciamos con ella un viaje que nos acercó a la misión, achicando distancias de todo tipo.
Ustedes eran reservados y ella no sabía cómo motivarlos. Descubrió que les gustaba mirar los aviones. Entonces consiguió un piloto que visitó el convento. Él dio tres vueltas en el avión, llevando a todos los chicos y a sus padres. Ese fue tema de conversación por mucho tiempo. Así amaba nuestra maestra.
Dos años antes, para ayudarnos a dilatar nuestro corazón para amar a todos, nos hizo leer y representar el libro Mi planta de naranja lima y nos llevó al cine para ver Hermano Sol, Hermana Luna. En ese entonces, ni ella ni nosotras sabíamos que nos estábamos preparando para abrazar una cultura diferente. Al año siguiente comenzamos a vender en el colegio los productos artesanales que ustedes producían, y nos autoconvocamos –con solo 12 años de edad– para hacer rompecabezas, con el fin de que en tu escuela tuvieran material didáctico.
También los padres y los nueve hermanos de Margarita pusieron oraciones, mente, corazón y manos, mucho amor con idoneidad profesional haciendo del cuidado de la identidad wichí su sueño y compromiso. Margarita nos contó cuántas veces sacaste el papel donde tenías anotados los artículos del Código Civil que el abogado Filippini, su padre, les enseñó a invocar cada vez que sus derechos fueran avasallados. También conociste a uno de sus hermanos, el ingeniero agrónomo que trabajó junto a ustedes para conducir el agua por grandes cañerías, cuando los dejaron sin el acceso a este bien. Y al otro hermano que perdió su vida y la de casi toda su familia en un accidente, luego de haber diseñado el plano que ustedes necesitaban para adjuntar al expediente del juicio por la tierra wichí. Este dolor es otro grito: ¿por qué?
Pero ni las amenazas ni la muerte pudieron frenar una pasión y un compromiso, un liderazgo comunitario. También los sacerdotes los acompañaron como hermanos. En la película aparece el padre Juan Martín, que se jugó como un hermano para que ustedes fueran libres hijos de Dios.
Miguel, vos naciste en esas tierras milenarias, pero desde la gran ciudad nos preguntamos: ¿cómo hicieron los “wichí por adopción” para vivir 45 años en la misión, en medio de un caserío esparcido en tierras desiertas y polvorientas, donde la sequía y el calor se ven agravados por las amenazas continuas? ¿Cómo vivieron con un pozo como baño y casi sin agua, proviniendo de lugares con mucho confort?
Miguel, nuestra maestra superó los 80 pero sigue joven, como cuando se sentaba con nosotras en el piso para leer juntas el libro El país de los colores, el país del amor. En el relato, los protagonistas, al dirigirse al otro le decían previamente “amiguito”. En el desenlace, quien diera la vida por sus amigos los hizo pasar juntos del país de los colores al país del amor. Como Jesús, el maestro de todos nosotros. Gracias a él podemos ver frutos aún en medio del desierto, esperanza en los fracasos. En su grito, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46) tiene sentido también el tuyo, y la muerte más absurda abre una puerta a la esperanza.
Adiós, amigo, que siempre podamos reencontrarnos en la misericordia de Dios.
Desde lo más profundo de la tierra wichí, sigue elevándose un grito que se vuelve clamor a comprometerse por la fraternidad. ¿Vos te sumás? •
1. Museo Malba. Ficha técnica de la película Senda india de la directora Daniela Seggiaro (malba.org.ar/evento/estreno-senda-india). “En el año 1991, el joven wichí Miguel Ángel Lorenzo filma con una cámara de video Hi8, con humor, sensibilidad y junto a sus paisanos, recorridos por el monte, por casas vecinas, en actos escolares, pericias arqueológicas y visitas de un juez, como parte de las pruebas para un juicio que lleva adelante su comunidad desde 1986. Senda india se construye a partir de esas imágenes y episodios donde los protagonistas indígenas señalan al mundo blanco el sentido del monte, del idioma y de la vida en comunidad como las bases fundamentales de sus reclamos territoriales”.



