Por María Florencia Decarlini (Uruguay)
Once años atrás, el papa Francisco en su encíclica Laudato Si abría un debate totalmente nuevo para un documento eclesial, al invitarnos a enfrentar el cambio climático, adoptando una ecología integral y comprometiéndonos en el cuidado de nuestra Casa Común. La situación en este momento podemos decir que no sólo continúa siendo alarmante, sino que es aún más grave. Y el papa León en su encíclica reafirma el camino trazado por el papa Francisco, “… no se trata de una cuestión sectorial, sino del aspecto ecológico de la crisis socioeconómica contemporánea. Su propuesta (del papa Francisco) de ´ecología integral´ aúna el cuidado de la Casa común y la opción preferencial por los pobres, y afirma con determinación que ´tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres´ no pueden separarse.” (MH 43)
Ambos comparten la denuncia al paradigma tecnocrático. El problema de fondo sigue siendo el mismo: una lógica de poder, lucro y control social, que instrumentaliza tanto los recursos naturales como los datos de las personas. “… la técnica no es un simple instrumento y (…), cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”(MH92); “… no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros” (MH84).
El papa León entonces, no solo comparte la urgencia de una ecología integral, sino que la amplía al entorno virtual. Sin darnos cuenta las infraestructuras digitales, las redes y los algoritmos han formado un nuevo “ecosistema” que habitamos a diario. Dependemos de una manera increíble de estar comunicados en tiempo real, desdibujando las fronteras entre el espacio físico y el digital. Los sistemas algorítmicos modelan lo que vemos, desde las noticias en nuestras redes sociales hasta los productos que nos recomiendan. Cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, se crea un nuevo desequilibrio que alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes tienen la posibilidad de participar en la revolución digital y quienes permanecen necesariamente por fuera. Además, se necesita que las nuevas posibilidades técnicas estén reguladas de modo que se respete el ambiente y se eviten nuevas formas de estafa, porque “…como el ambiente natural, también el ‘ecosistema digital’ puede ser cuidado o explotado, compartido o monopolizado. La solidaridad requiere que las decisiones en materia de datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras” (MH76).
Paradójicamente, “lo digital” no flota en la nada. Contrario a la ilusión de inmaterialidad, lo digital tiene un peso físico inmenso. Detrás de cada pantalla existe una red palpable de centros de datos, cables submarinos, antenas, redes eléctricas de alto consumo y una intensa extracción de recursos minerales. La tecnología es un medio físico, no un ente etéreo. Los servidores consumen agua y energía, y la tecnología requiere minería a gran escala para la fabricación de sus instrumentos.
Por eso el llamado del papa León no podía ser más actual: cuidar la Casa Común hoy implica regular la huella ecológica de la Inteligencia Artificial. Es necesario promover que los centros de datos se instalen en regiones donde la matriz energética sea predominantemente renovable y el clima permita la refrigeración natural. Es necesaria una regulación global unificada y obligatoria para que las empresas tecnológicas divulguen el consumo de agua, energía y carbono de forma desagregada. Es necesario implementar herramientas de monitoreo para medir, analizar y reportar el consumo energético asociado con las cargas de trabajo de IA. “… Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. […] indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa Común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz” (MH14).
Nos hemos acostumbrado tanto en la época de la pandemia por covid-19 a relacionarnos a través de las pantallas, que parece que nos hemos olvidado de la ecología del encuentro. La encíclica defiende una “ecología de la comunicación” frente al riesgo de adicciones, polarización y deshumanización. Y aquí es indispensable mencionar la postura de la encíclica contra el uso de la IA en la guerra. Una ecología integral defiende la vida; delegar decisiones letales en máquinas desprovistas de compasión, como podrían ser los ataques mediante drones, es la máxima expresión de la “cultura del descarte”.
No obstante, la ciencia y la tecnología son talentos humanos extraordinarios que, bien orientados, pueden educar, cuidar y ayudar a sanar el planeta. Trabajemos entonces por una “alianza educativa” y una gobernanza global justa. El futuro de la Casa Común (física y digital) depende de que pongamos la dignidad humana y el bien común por encima de la eficiencia del algoritmo.
El papa León concluye con un mensaje esperanzador: “… Cultivemos en cambio lo que el papa Francisco ha definido como un ‘antropocentrismo situado’, que reconoce al ser humano como criatura inserta en una trama de relaciones con los demás seres vivos y con la totalidad de la creación. La fidelidad a la verdad exige integrar las posibilidades que ofrece la técnica en un camino de sabiduría, capaz de custodiar juntos la dignidad de cada persona y el futuro de nuestra Casa Común” (MH237).
¿Por qué las tecnologías gastan tanta agua? ¿Es verdad que con la IA ese consumo aumenta?
Cada correo electrónico que envías, cada video que reproduces en streaming y cada archivo que guardas en la nube se aloja en un servidor físico. Un centro de datos de gran escala consume un promedio de 1.13 millones de litros de agua al día solo para evitar que sus componentes se derritan, además de lo que puede representar la huella hídrica de la generación de electricidad para que funcione.
El uso de IA tiene un efecto multiplicador en ese consumo de agua debido a la refrigeración y a la generación de electricidad para centros de datos que son más grandes. Un reciente informe de la ONU advierte que esta huella hídrica podría igualar las necesidades básicas de más de 1.300 millones de personas.



