El conversatorio Empresas que Reescriben la Desigualdad, realizado en mayo pasado dentro de la propuesta de inmersión en el Barrio Yungay de Santiago de Chile, previo al Encuentro de Economía de Comunión (ver página 14), puso al centro una idea transversal: la superación de la desigualdad requiere crear y reconstruir vínculos. Ya sea desde la empresa, las organizaciones sociales o entre los vecinos, la relación directa con las personas y los territorios aparece como condición para el desarrollo comunitario.
Por Leandro Araya (Chile)
La moderadora, Paula Luengo, psicóloga y vecina, invitó a los participantes a comenzar desde una pregunta personal: cuál fue la grieta o fractura que los puso en movimiento. Andrea Massri, gerente general de la Corporación Nuestra Casa1, relató su decisión de dejar un trabajo cómodo en la banca para vincularse con la educación y las comunidades vulnerables. Benito Baranda, director de Fundación Invica2, recordó su experiencia viviendo junto a su esposa en una hospedería del Hogar de Cristo para niños y jóvenes en situación de calle durante la crisis de los años ochenta, vivencia que les enseñó austeridad, comunidad y un amor que excede los vínculos biológicos. Bernardo Ramírez, ingeniero comercial, PUC3, evocó la amistad con un joven de su edad que vivía en la calle y consumía neoprén; Valentina Alarcón, Centro UC Diálogo y Paz, describió su vida como un mosaico de diversidad, servicio, idiomas, diálogo y paz; y Alberto Ferrán, gerente general de San Camilo4 y director ejecutivo del Hogar de Cristo5, habló del contraste entre las oportunidades recibidas y las realidades de pobreza, discapacidad, exclusión y situación de calle que ha conocido.
Desde el mundo empresarial, Alberto Ferrán planteó que la empresa debe comprenderse como un actor más del barrio y de la sociedad, no solo como una entidad orientada a la rentabilidad. Su aporte incluye generar empleo, pagar impuestos, ofrecer productos o servicios y convivir responsablemente con las comunidades. En esa línea, destacó el tránsito desde una lógica centrada en maximizar utilidades hacia una visión de sostenibilidad que integra medioambiente, personas y comunidad. También explicó que, desde su rol en el Hogar de Cristo, aporta en gobernanza, gestión, dirección y eficiencia, reconociendo que el trabajo cotidiano recae en los equipos ejecutivos, sociales y pastorales. Esa conexión, afirmó, permite mirar de frente las brechas y necesidades reales de Chile.
Andrea Massri coincidió en que las empresas han mostrado una mayor apertura a colaborar con iniciativas sociales, incluso solicitando apoyo para implementar estrategias colaborativas, como ocurrió con concesionarias de autopistas y del aeropuerto de Santiago. Sin embargo, señaló que el Estado aún necesita humanizar la comprensión de la situación social y abordarla como un fenómeno estructural, coordinando áreas como desarrollo social, vivienda, educación y hacienda. Benito Baranda, por su parte, subrayó que una de las desigualdades más profundas en Chile es el trato: las personas son miradas y atendidas de manera distinta según origen, apellido, apariencia, domicilio, género o condición social. Por eso llamó a reconstruir relaciones cotidianas basadas en la dignidad, porque el cambio cultural depende de la forma en que nos vinculamos.
En relación con el Estado, Baranda advirtió que las organizaciones de la sociedad civil no pueden limitarse a quejarse ni transformarse solo en prestadoras de servicios. Su tarea principal es volver a ser un nexo entre la comunidad y la realidad social, movilizando a la ciudadanía y recuperando la capacidad de reencantarla. Andrea reforzó esta idea desde la experiencia del equipo de trabajo directo con personas en situación de calle: entendieron que muchas veces no se logrará que alguien vuelva a una vivienda tradicional pero sí es posible reconstruir redes, sostener vínculos, facilitar el acceso a servicios del barrio y acompañar procesos de reinserción territorial.
La experiencia del Barrio Yungay apareció como un ejemplo vivo de comunidad activa y organizada. Iniciativas como la Ruta Fraterna6, la Pieza Rosada7 para mujeres en situación de calle, la pintura de fachadas y las garantías comunitarias muestran cómo vecinos y vecinas pueden responder juntos a necesidades concretas. Estas acciones revelan que la comunidad, cuando confía en sí misma y se articula, puede transformarse en una red de cuidado capaz de actuar con rapidez, cercanía y sentido de pertenencia.
En conclusión, el conversatorio dejó en evidencia que reescribir la desigualdad no depende únicamente de políticas públicas, recursos económicos o buenas intenciones empresariales, sino de la capacidad de crear y recomponer vínculos entre personas, instituciones y territorios. Empresas, organizaciones sociales, Estado y ciudadanía tienen responsabilidades distintas, pero complementarias: mirar dignamente al otro, colaborar de manera sostenida y construir comunidades donde todos sean considerados en su misma dignidad. El Barrio Yungay demuestra que, cuando la comunidad se organiza y actúa desde la cercanía, la desigualdad deja de ser una abstracción y se convierte en una tarea compartida.



