“Allí donde todo quemaba, había una humanidad que me sostenía”

Me llamo Natalia. Nací en 1976, en la ciudad de La Plata. 

Me formé como médica en la Universidad Nacional de La Plata, luego elegí especializarme en pediatría y más tarde en nutrición infantil. En el ámbito hospitalario encontré un espacio desafiante y profundamente humano, donde aprendí a acompañar a otros en sus procesos más complejos. Con el tiempo, entendí que también era necesario empezar a cuidarme a mí misma.

Me gusta escribir; publiqué “Historia de colores y sabores”, un cuento pensado para pacientes y familias, en el que intento dar color y palabras a una enfermedad crónica difícil de transitar. 

Me definen la creatividad, el pragmatismo y la convicción. Y creo, profundamente, que también hay medicina en la palabra. 

Por eso escribí mi segundo libro: Donde arde lo que no se ve, contando sobre mi experiencia sobre el burnout

Muchas personas me preguntan cómo llegué a ese diagnóstico. Sinceramente yo no me daba cuenta del agotamiento mental y emocional en el que me encontraba. Con mi psicóloga llevaba algunos meses trabajando, ella me hablaba de tomarme una carpeta, yo le decía: “no lo necesito, me tomo unos días de vacaciones y listo”. Yo misma, siendo personal de salud, no quería verlo. 

Si uno piensa en la manifestación desde los síntomas, estos empezaron siendo muy sutiles. Insomnio, algo bastante frecuente hoy en toda la población, pesadillas relacionadas con el hospital, con muertes de pacientes, con que todo se prendía fuego y yo corría sola. 

Luego se sumaron síntomas como despertares nocturnos con dolor de pecho, mialgias en los miembros (dolor muy molesto como agujas en las piernas), un cansancio extremo, que nada se explicaba con laboratorios y controles de rutina normales (aclaro que antes de atribuir síntomas al estrés hay que hacer la consulta y descartar otro tipo de enfermedades). 

Empecé a sentir desmotivación y a sentirme totalmente ajena a mi trabajo; sencillamente perdí la pasión por lo que hacía. Una pregunta recurrente: “¿qué hago acá?”. 

La salud mental tiene mala prensa; ninguna persona esperaría meses aguantando el dolor por una fractura de pierna, concurriría rápidamente a un médico para que le resolviera el problema. Pero en cambio soportamos otros síntomas que asumimos menores. Cuando no pude más y la angustia era tan intensa que no podía bajar del auto y entrar al trabajo, mi psicóloga me dijo: “Nati, necesitás ayuda de otro profesional”, y junto a una médica especialista en psiquiatría y mi psicóloga continué el tratamiento. Dos “hadas”, como las nombro en mi libro, que me tomaron con profesionalismo y me ayudaron a detenerme con ternura. 

La familia, los amigos y mis colegas fueron un pilar fundamental que me sostuvieron. El problema no es falta de amor ni de vocación. Allí donde todo quemaba, había una humanidad que me sostenía. Eran esos mismos colegas expuestos al desgaste diario de un sistema que lleva años dándonos la espalda, pero tal vez todavía el fuego no ardía en ellos. 

Estuve sin trabajar tres meses con carpeta médica, luego de la cual me reintegré al mismo lugar de trabajo, a un sistema de salud fracturado, pero yo reconstruida con herramientas para enfrentarlo. Actualmente ya estoy sin tratamiento. Esto me gustaría que sirviera de ánimo a otras personas: se transita y se supera.

Estoy o trato de estar desde otra posición frente al trabajo, aprendí que el perfeccionismo fue la cuerda que me ahogaba y que no puedo tener el control de todo. Pero también encontré otras formas de hacer medicina: por ejemplo, escribiendo. 

¿Qué mensaje me gustaría dejar a todas las personas que lean esta nota? 

En mi libro describo en primera persona y con crudeza lo que significa padecer el desgaste que se transforma en padecimiento y en síntomas de enfermedad. 

En mi caso soy médica de un hospital pediátrico de alta complejidad y trabajo cerca de muertes pequeñas todos los días, pero el mensaje llega a todas las personas. La gente que ya lo ha leído y no pertenece al sistema de salud, puede atravesar ese pasillo de la portada y sentirse identificada con su realidad. 

También dejo ver el lado B: médicos que lloramos, que nos quebramos ante el dolor ajeno, que ardemos ante las injusticias.

“A veces no hace falta tocar fondo. A veces, el cuerpo susurra mucho antes de gritar. Y si aprendemos a escuchar esos susurros, tal vez podamos cambiar el rumbo. Frenar no es fallar. Pedir ayuda no es debilidad. Detenerse a tiempo es coraje.”

“Allí donde todo quemaba, había una humanidad que me sostenía”
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