Eternidad

Mariápolis Lía.

por Belén Ehrman

A unos pocos kilómetros del pueblo de O’Higgins, en la pampa húmeda de la provincia de Buenos Aires, se encuentra un lugar muy especial, capaz de detener el tiempo para aquellos corazones que sepan percibir la magia que habita allí, oculta a la vista de la retina y abrazada por el sentir del corazón. Físicamente, pasas por la tranquera, aquella con muchas memorias e historias por contar, mates compartidos con nostalgia, muchos corazones y abrazos por impregnarse en la piel. ¿Acaso aquel lugar sabrá lo preciado que es? Una tranquera, un atardecer y alguien con quien compartir.

Un camino de árboles, que en sus hojas cómplices guardan abrazos internacionales. Espero que nunca se revelen los secretos que aquel camino oculta, espero que se puedan revelar mis lágrimas y las manos que me sostuvieron al andar. Una capilla y emociones un millón de veces sentidas, lágrimas y despedidas, con la compañía de charlas a corazón abierto.

Lugar con mucha memoria y corazón, que en sus rincones guarda los mejores recuerdos al andar, lugar de la eternidad en el tiempo al amar en el andar, donde siempre podremos abrir el candado del corazón y recorrer sus recuerdos, donde un adiós siempre significa un “hasta pronto”.

Se dice que el amor se impregna para revolucionar tu sentir, y quizás he descubierto el enigma del porqué mi sentir sigue teniendo la estampa de Mariápolis en el accionar de mi corazón. Pues me entenderán que allí se vive de una forma distinta, donde el idioma universal se define por un corazón con sangre internacional. Entenderán el motivo del brillo de mi retina y el palpitar de mi corazón cuando logro detenerme en el tiempo y observar el rincón de O’Higgins, como si mi sentir pudiese tocar lo eterno, así como tocar el cielo en cada abrazo recibido y sentido. Observar ese amor que solo se ve con la retina del corazón, aquel lugar donde amar es una revolución del sentir.

Como una oruga que se anima a saltar al vacío porque cree que será mariposa, o un árbol que luego del crudo invierno se anima a florecer en primavera, se estampa dentro de nosotros aquello que con el corazón vemos minuto a minuto: la eternidad. El fuego que de tanto en tanto, por miedo, callas, es el idioma universal, y el oxígeno de aquel lugar, conocido como amor, es el mismo que nos desafía a llevarlo como escudo en el día a día frente a la oscuridad del mundo, desde el mínimo instante donde sientes la eternidad en todos tus sentidos, con cada sonrisa cruzada al andar.

Dicen y dicen que lo eterno no se siente, pero en este lugar se revoluciona el dicho cuando, con el corazón abierto, te enamoras del alma del otro, en cada cruce de retina, en aquellas copas de árbol con el verde forestal, en los pequeños instantes de magia donde aquel paraíso es abrazado y mínimamente iluminado por aquel rayo de luz. Son en aquellos pequeños instantes de paraíso donde percibes con el corazón la eternidad. Mariápolis es aquel lugar de magia en donde los astros se mueven para percibir instantes de eternidad con el sentir del corazón en su mayor plenitud.

Eternidad
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