La presente reflexión del prefecto del Dicasterio Vaticano para la Comunicación, Paolo Ruffini, aborda cuestiones cruciales: ¿qué significa vivir, comunicar y dar testimonio del Evangelio de Jesús en un mundo cada vez más dominado por los algoritmos? Con el amable permiso del autor, reproducimos aquí amplios fragmentos de la intervención que el autor realizó el 3 de marzo de 2026 ante la Asamblea General del Movimiento de los Focolares.
Comienzo mi reflexión a partir del Mensaje del papa León para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año 2026, “Cuidar voces y rostros”, para situarnos luego en la realidad de los desafíos que nos esperan. Las palabras del Papa nos recuerdan cómo la evangelización, la misión, el conocimiento y la comunicación están intrínsecamente ligados; intrínsecamente, no funcionalmente.
Cuidar las voces y los rostros. ¿Qué significan estas tres palabras hoy, en una época de fragmentación social e inteligencia artificial, si no es cuidarnos a nosotros mismos? La singularidad de cada persona y la unidad del género humano, es decir, nuestra humanidad, nuestros carismas, y convertirnos a nosotros mismos en el instrumento más extraordinario de comunicación; de testimonio de la verdad y de búsqueda de la unidad.
Todos estamos llamados a compartir la verdad que hemos encontrado
¿Qué significa, entonces, evangelizar en esta época que corre el riesgo de volverse inhumana, si no es compartir con sencillez evangélica la única verdad capaz de devolverle sentido a todo? Este es —o debería ser— el secreto de nuestra comunicación. Ir más allá de todo tecnicismo que lo reduce todo a velocidad, cálculo, función y resultado. Elegir, más bien, caminos que nos hagan comprender a nosotros y a los demás que no todo puede calcularse. Comprender que ningún algoritmo podrá jamás sustituir la belleza, en el encuentro humano, de compartir el saber.
Los algoritmos basados en la monetización de cada clic han contaminado la infosfera con noticias falsas. Millones de personas han terminado creyendo en todo o dudando de todo, lo cual, al final, es lo mismo, porque lleva a no creer en nada. Es en este contexto que el Papa nos ha invitado a arremangarnos. A volver a empezar desde el principio. A volver a ofrecer a la historia la perspectiva de la redención.
En la sociedad de la comunicación, todos somos comunicadores, discípulos misioneros. Todos estamos llamados a compartir la verdad con la que nos hemos encontrado. Este desafío lo han aceptado ustedes desde el principio, antes que muchos otros. Contemplando la aparente paradoja de Jesús en la cruz que clama: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Intuyendo que es aquí, en la cruz, en el vaciamiento de sí mismo, donde se encuentra el paradigma supremo de la comunicación divina. De Dios que se hace hombre para mostrarnos de nuevo el camino de su Reino y recomponer la unidad quebrantada por el pecado original.
Un camino diferente, completamente opuesto al de quienes confían sin cuestionamientos en la Inteligencia Artificial para resolver cualquier problema. Porque la cuestión es otra. Somos nosotros. Nosotros, que hemos creado la tecnología digital, las redes sociales, la inteligencia artificial. Pero que podemos convertirnos en esclavos de ella si no protegemos nuestra humanidad. La inteligencia no puede ser artificial. Y de lo que estamos hablando no es de verdadera inteligencia, de sabiduría, sino de cálculo, de erudición. Una apuesta estadística. Extraordinariamente eficaz. Pero también extraordinariamente capaz de ocultar sus propios límites tras su eficacia. Sus propios errores tras su velocidad. Y los intereses de sus propietarios tras su aparente neutralidad. Basta con saberlo. Lo importante es entenderlo. Y reflexionar entonces sobre cómo equilibrar los reflejos con la reflexión, la velocidad con la conciencia del destino, para no terminar como ratones que corren rápido e inconscientemente dentro de una rueda que gira.
Evitar el riesgo de que se deteriore el valor de cualquier relación
Debemos preservar la diferencia entre lo falso y lo verdadero, lo correcto y lo incorrecto, Kronos y Kairos. Debemos seguir viendo los rostros humanos detrás de los datos. El cambio posible que se esconde detrás de cada cosa. La inteligencia artificial puede incluso generar arte, música y textos a velocidades sobrehumanas. Pero si, como sugería Saint-Exupéry, es “el tiempo perdido por la rosa” lo que la hace importante, deberíamos ser conscientes de cómo evitar el riesgo de provocar el colapso del valor intrínseco de cualquier relación, e incluso del silencio dedicado a contemplar el mundo y a escuchar al otro. Un silencio que no calcula, no produce una respuesta inmediata. Pero nos lleva a mirar juntos en la misma dirección.
Esto es lo que nos convierte, lo que los convierte, en un extraordinario instrumento de comunicación. Ser una red de personas y no de datos. Donde lo que importa no es lo que nos “recompensa” de inmediato en términos de “me gusta” o de influencia, sino si somos instrumentos de la única Palabra libre y de qué manera; y nos integra en el único tejido de sentido que puede explicar todo: el amor.
Debemos, pues, aprender a comprender que la IA ofrece una relación simulada “yo-tú”, pero sigue siendo ontológicamente una relación “yo-ello”. Es un objeto que, si se lo interroga como si fuera una persona y no una máquina, solo refleja nuestro narcisismo sin ofrecernos jamás ninguna resistencia real. Solo suavidad, sin alteridad, sin conflicto. La IA se presenta como la pareja perfecta, siempre disponible. Y esta falsa intimidad hace vulnerables sobre todo a los jóvenes que no están acostumbrados a la “lentitud” y al “esfuerzo” de las relaciones humanas. Debemos reflexionar y hacer reflexionar sobre el frágil don que es la libertad, sin la cual todo está perdido.
Evitar que el cálculo ocupe el lugar de la profecía y la sabiduría
¿Quién nos puede garantizar que, una vez que todos estemos “en la red de la IA”, la historia no será reescrita a su antojo por quienes tienen el poder de hacerlo? Es necesario que todas las personas de buena voluntad actúen para replantearnos radicalmente la forma de gestionar estas tecnologías. De lo contrario, delegaremos en un oligopolio el poder de definir qué es verdad, qué es ético y qué se puede decir para miles de millones de personas. Esto debería asustarnos mucho más de lo que parece.
Por lo tanto, si queremos reparar nuestras redes y utilizar la Inteligencia Artificial para construir un nuevo humanismo, la Iglesia, nosotros y ustedes, tenemos una gran oportunidad y una enorme responsabilidad. Ser una red. Ofrecer una interpretación cristiana al mundo y construir un ecosistema de comunicación adecuado, no solo para nosotros mismos, sino para todos. Como un espacio más seguro de encuentros, conocimiento, información, invito a la acción. Si hay algo que el pensamiento cristiano no es, es el cálculo. La media estadística, verdadera alma de la IA, incluso cuando produce buenas predicciones, sigue siendo una operación impersonal sobre patrones estadísticos. El amor que lo explica todo es, en cambio, impredecible.
El reto no es rechazar el cálculo, sino impedir que ocupe el lugar de la profecía y la sabiduría, es decir, impedir que la “máquina de la media” pretenda tener la última palabra sobre el destino humano, transformando las decisiones en problemas de optimización; la escritura en compilación asistida; las relaciones en gestión de flujos de comunicación. Depende de nosotros, depende de ustedes, que para esto han nacido, cultivar la libertad humana en el diálogo con los demás, con Dios, con la Gracia.
Transparencia, claridad, pureza de corazón
La forma de comunicarse de Jesús nos invita a la transparencia, a la claridad. A no escondernos tras tantas palabras. A llamar a las cosas por su nombre. A no tener miedo del mundo ni siquiera en situaciones de crisis. La comunicación de crisis, a la luz del Evangelio, se revela así como un espacio privilegiado de verdad, misericordia, cercanía y transformación. Jesús, ante situaciones de crisis —traición, fracaso, incomprensiones, escándalo o provocaciones— muestra un estilo comunicativo que no elimina el conflicto, sino que lo atraviesa. Lo convierte en un espacio de crecimiento y de revelación del rostro auténtico de Dios.
En toda época, además, lo que más necesitamos para comunicarnos es la pureza de corazón. Romano Guardini escribió: “Nuestro lugar está en el devenir. Debemos insertarnos en él, cada uno en su lugar. No debemos endurecernos contra lo ‘nuevo’, intentando conservar un bello mundo condenado a desaparecer. Ni tampoco tratar de construir al margen, mediante una fantasiosa fuerza creadora, un mundo nuevo que quisiéramos poner a salvo de los daños de la evolución. Se nos impone la tarea de dar forma a esta evolución y solo podemos cumplir esa tarea adhiriéndonos a ella honestamente; pero permaneciendo, sin embargo, sensibles, con un corazón incorruptible, a todo lo que hay en ella de destructivo y de inhumano”.
*Nota: el artículo fue publicado originariamente en la edición italiana de la revista Ekklesia.
- León XIV, “Cuidar las voces y los rostros humanos”. Mensaje para la 60.ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 de enero de 2026.



