Optimismo Crítico

Este artículo contiene fragmentos de la presentación de la investigadora en comunicación Laura Gherlone el 3 de marzo de 2026 ante la Asamblea General del Movimiento de los Focolares.

Me gustaría empezar con una experiencia personal: la semana pasada estaba tratando de recordar una receta y como mi hijo de seis años me vio bastante preocupada, me dijo: “Preguntale al tipo más inteligente que existe”. “¿Y quién es?”, le pregunté. “Google”, me respondió, como si fuera la respuesta más lógica del mundo.

Indignada, me apresuré a decirle que Google no era una persona. “Pero vos, Andrés, ¿sabés cuál es la diferencia entre una máquina y una persona?”. Y ahí intervino su hermana Francesca, de 9 años, quien con gran seguridad puso fin a la discusión: “Sí, pero él, Google, piensa y responde a todo”.

Me hubiera gustado decirles que responder de inmediato a todo no es necesariamente sinónimo de inteligencia, y mucho menos un indicio de que estamos interactuando con una persona. Pero tuve que detenerme a reflexionar; no quería demonizar la tecnología, pero tampoco evitar problematizarla.

Por si fuera poco, hace ya unos meses tanto Francesca como Andrés me habían hablado de una plataforma que a mí me resultaba incomprensible, pero que estaba muy de moda entre los más jóvenes. En esta plataforma se intercambian objetos virtuales de enorme valor, los brainrots, que literalmente significan “cerebro podrido”. La particularidad de estos objetos radica en que fusionan los planos del mundo vivo con el no vivo. Mis hijos hablaban de ellos como si existieran de verdad; también en este caso, preocupada, les pregunté: “Pero saben que las personas, los animales, las plantas y los objetos inanimados son realidades diferentes, ¿verdad?”. Sí, lo sabían. Sin embargo, la realidad híbrida, a medio camino entre lo ficticio y lo real, no era ni es motivo de dudas para ellos. Todo es posible gracias a la computadora.

Así descubrí que lo digital —como forma radical de concebir la realidad, cuya máxima expresión tal vez hayan oído llamar “transhumanismo”— ya se había metido en mi casa de una manera absolutamente natural e inocua. 

Y fue ahí donde se me ocurrió la expresión “optimismo crítico”, sobre la que me gustaría reflexionar con ustedes en este espacio. De hecho, cuando hablamos de nuevas tecnologías, debemos pensar que, en cierto sentido, estamos hablando de nuevos mundos híbridos y alternativos, donde la ficción, más que superar la realidad, la modela y le da nuevas coordenadas y nuevos lenguajes. Por lo tanto, me gustaría analizar cómo estos ayudan positivamente a comprender los últimos resultados de la evolución tecnológica y comunicativa.

Mi esperanza es que la interpretación de la tecnología, desde una perspectiva a la vez optimista y crítica, pueda traducirse concretamente en decisiones estratégicas, opciones de formación y decisiones de gobernanza. 

Por lo tanto, primer punto: la construcción del conocimiento y el estilo de comunicación.

Desde los motores de búsqueda como Google hasta las plataformas de recursos informativos y educativos como Wikipedia, pasando por los últimos programas de conversación como el chat GPT, Microsoft Copilot o Gemini, Internet ha cambiado nuestra forma de concebir la búsqueda de información, la construcción del conocimiento, pero también nuestro estilo conversacional. ¿Podríamos llamarlo un modelo?

De hecho, en el universo de Internet los recursos son casi siempre de libre acceso, multilingües, gratuitos y, en algunos casos, colaborativos; además, se basan en bases de datos a gran escala, lo que garantiza, en teoría, la precisión de la información.

En segundo lugar, la búsqueda de información se ha simplificado y se ha vuelto más democrática, fomentando un conocimiento por puntos clave, fácil y accesible. Si, por ejemplo, buscamos en Google qué es el Día Internacional de la Paz, Google nos responde con puntos clave: propósito, significado y actividades relacionadas con el tema.

Otro punto: ciertas aplicaciones, como los programas de movilidad y geolocalización —por ejemplo, Google Maps—, así como las de reproducción y creación de contenido audiovisual y las de interconectividad social, han simplificado nuestra vida cotidiana y laboral, haciéndola, por así decirlo, más creativa. De hecho, el entretenimiento nos acompaña en cada momento del día.

Por último, en cuarto lugar, es positivo que ciertos ámbitos, como la atención al cliente o el comercio electrónico, se hayan beneficiado en términos de eficacia y eficiencia. En lugar de llamar al número gratuito y pasar media hora al teléfono, los problemas se resuelven por chat.

Muy bien, hasta aquí los aspectos positivos, pero también hay algunos puntos críticos.

En primer lugar, la información obtenida a menudo requiere una verificación cada vez mayor cuando se trata de temas delicados o complejos. Surge el problema de las fake news; seguramente habrán oído hablar de noticias tendenciosas o incluso falsas que se difunden con fines instrumentales. 

Segundo aspecto crítico: los usuarios tienden a elegir respuestas que simplifican conceptos complejos y, al mismo tiempo, a evitar construcciones lingüísticas complicadas. 

Tercer punto: los usuarios acríticos, por así decirlo, tienden a confundir los programas de conversación con situaciones de interacción humana. Basta con pensar en los casos en que se solicita asistencia a través del chat de GPT para diagnósticos médicos o psicológicos.

Por último, en cuarto lugar, las bases de datos a gran escala y la clasificación lingüístico-temática son diseñadas, construidas y administradas por unos pocos grupos con enormes recursos financieros, generalmente ubicados en el llamado Norte del mundo. Esto implica que los resultados de las búsquedas suelen ser sesgados. Hace unos años, por ejemplo —aunque ahora la situación ya ha cambiado—, si se buscaba la palabra baby en Google, solo aparecían imágenes de niños blancos. O, por experiencia personal, el mapa de Luanda en Google Maps no tiene el mismo nivel de precisión que el de Houston.

Así pues, otro tema fundamental, otro punto sobre el que reflexionar: la sociabilidad y las formas de convivencia.

Las redes sociales como Twitter (ahora X), Instagram, Facebook y TikTok son las grandes protagonistas de la comunicación contemporánea; han arrastrado consigo a los llamados medios tradicionales —periódicos, revistas, televisión, radio y cine—, los cuales se han visto obligados a replantearse drásticamente sus formatos y sus lenguajes. Las redes sociales han traído consigo varios aspectos positivos: la dimensión de la convivencia y la cohesión social; la dimensión de las emociones y los sentimientos; la experiencia en primera persona; se ha comenzado a hablar de lo que se conoce como la “planetarización” de la humanidad. 

Sin embargo, también hay aspectos críticos: las redes sociales favorecen dinámicas de convergencia, conexión y propagación extremadamente viscerales, primitivas, potencialmente coercitivas; las emociones se convierten en el mensaje mismo de la comunicación; la llamada esfera digital, que surge de estas nuevas prácticas sociales mediadas por la tecnología; la multiplicación de la individualidad, el protagonismo y la autocelebración. El concepto de identidad se ha vuelto mucho más fluido e improvisado dado que las redes sociales permiten y fomentan una negociación continua del yo.

Muy bien, entonces, ¿qué significa todo esto para el mundo en el que vivimos?

Una dimensión que ninguna tecnología puede satisfacer por completo es el espíritu y el vínculo, que trasciende la materialidad. Las personas buscan la espiritualidad, que a menudo se percibe como una exploración incipiente para sanar la sensación de inquietud, insatisfacción e insuficiencia; buscan canales para calmar las ansiedades y los miedos de una sociedad global que se centra en la apariencia, el rendimiento y la seducción, en la autocelebración y la espontaneidad, la materialidad, las ganancias fáciles, sin profesionalismo.

Hay que tener en cuenta, sin caer en el pesimismo, que, debido también al debilitamiento de la idea misma de autoridad religiosa, los interesados a menudo se acercan a lo espiritual no tanto como una adhesión, sino más bien como una prueba, un intento, una curiosidad, un aperitivo, por así decirlo. En otras palabras, no tienden tanto a convertirse en miembros.

¿Pero cómo pasar con fluidez de una propuesta a otra?

Internet, sin duda, responde a estas necesidades al brindar acceso a un sinfín de posibilidades en materia de búsqueda espiritual. Ideas, prácticas, líderes, grupos, etcétera.

Por lo tanto, el estar juntos, es decir, la convergencia social propia de las redes del mundo contemporáneo, no es necesariamente sinónimo de calidad relacional: ofrecer espacios personalizados a las personas, identificando los vínculos y las necesidades, y fortaleciendo el lazo humano para la construcción de comunidades basadas en la confianza; buscar soluciones comunicativas que transmitan libertad a las personas; ofrecer espacios para alimentar la interioridad, una de las dimensiones menos valoradas por la cultura contemporánea, de modo que sea el amor mutuo lo que atraiga.

Y, por último, otro punto: brindar a las generaciones más jóvenes espacios libres, sin censura, por así decirlo, en los que puedan compartir y explicar a las generaciones adultas sus mundos y sus formas de comunicarse, un poco como lo han hecho mis hijos conmigo. Esto podría ser un primer paso hacia el entendimiento mutuo y la oportunidad de iniciar reflexiones críticas sin demonizar nada ni a nadie. Podemos adoptar, como decía al principio, una actitud optimista que valorice las posibilidades sin perder de vista una perspectiva crítica que debemos construir juntos.

1. El brainrot, o “cerebro podrido” es un fenómeno de internet que describe la obsesión con contenidos digitales absurdos, repetitivos o virales que afectan la atención y la concentración.

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